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Plumas de Kabul: historia de un mercado de aves en medio de la guerra

© Mohammad Ismail / Reuters | En el mercado de Ka Faroshi docenas de gallos son vendidos a diario, aquí un hombre con tres de ellos el 18 de enero de 2018.

Texto por Eél María Angulo

Última modificación : 02/02/2018

En los callejones de Ka Faroshi los gallos ahuyentan el eco del conflicto afgano y decenas de hombres intentan olvidar los bombardeos concentrados en el cuidado de pájaros multicolores.

Los callejones de Ka Faroshi esconden ilusiones con alas. Hasta este tradicional mercado afgano no llegan las balas. Entre los muros de adobe el canto de los pájaros es más fuerte que el de los disparos. Aquí, al eco de la guerra solo lo ahuyentan los gallos.

Los puntiagudos picos de los canarios se asoman entre los metálicos barrotes de sus jaulas. Están encerrados, pero aún cantan. Sus trinos cautivan a los compradores. Hafizullah es uno de ellos. No es su primera vez. Este hombre de barba espesa y rústico ropaje asegura que visita esta pintoresca plaza con frecuencia. Vive con aves y moriría por ellas, son su pasión.

En las tiendas, los muros son de barro y las vigas de madera. Casi todo es café, menos las plumas de los pájaros. Docenas de ellas se desprenden de los menudos cuerpos de algunos recién nacidos, caen al suelo y se mezclan con la arena.

A pocos kilómetros de la zona de conflicto, los recovecos de Ka Faroshi se convierten en un oasis ambientado por sonidos naturales, justo lo que buscan quienes desean olvidar por un momento los bombardeos y regresar a casa con un pedacito de cielo, aunque sea atrapado en una jaula.

Decenas de jaulas cuelgan de los muros de las tiendas en el mercado de Ka Faroshi. © Mohammad Ismail / Reuters

Despertar arrullado por los trinos de los pájaros es para Mohammad Zahir Tanha un placer irremplazable. Él los vende, pero también los ama. Tiene motivos para hacerlo. Padece una enfermedad mental y los médicos le recomendaron no alejarse de ellos, dicen que su cuidado le regala paz.

Tanha tiene 50 palomas y la lucidez suficiente para recordarlo. Afirma que las protege de la misma forma que a sus hijos. “Cuando las mantienes en una jaula debes cuidar de ellas, debes amarlas porque no pueden hablar, no pueden decir lo que necesitan”, señala postrado a un costado de la entrada de su negocio.

La pasión de Tanha es la tradición de Ka Faroshi. Entre sus sombras también trabaja Rafiullhah Ahmadi, otro vendedor veterano. Pero su caso es diferente. Las que él ofrece son criadas para pelear. Como si se tratara de un sello estampado en sus alas, estas aves nacen sin la menor posibilidad de volar. Enclaustradas en pequeños corrales techados, aguardan por un dueño que las suelte en la tierra para luchar.

El combate es la especialidad de Abdul Khetab. Los últimos 60 de sus 80 años los pasó en medio de una batalla distinta, una de cacareos y garras. Una en la que los luchadores son gallos, pero en la que el honor también se libra con sangre.

Khetab dice que en el mercado todos lo conocen. Se autoproclama como el primero en entregarse a las peleas de gallos y perdices. Tiene amigos a lo largo de Kabul y se reúne con ellos a pleno sol.

Cualquiera de los fornidos gallos de Khetab puede costar una elevada suma de dinero, los mejores pueden llegar a los 14.000 dólares. Aunque la mayoría son afganos, algunos son importados desde Irán o Paquistán. Los hay negros, blancos, cafés y hasta rojos. Todos comparten el mismo destino, pelear.

Dos afganos alientan a sus gallos a enfrentarse en la arena en Kabul el 18 de enero de 2018. © Mohammad Ismail / Reuters

Una vez en la arena, no tienen más alternativa que atacar. Con espuelas o sin ellas se enfrentan a sus rivales y agitan la cresta en una especie de danza de combate. Cada dueño alienta a su ave y apuesta por ella. En las esquinas de los campos de pelea, se acumulan curiosos que, a falta de asientos, se acomodan sobre troncos y piedras.

En Kabul hay tantas aves como agonía. Tanto miedo como canto. Tantos trinos como lamentos. Pero en Ka Faroshi esa agonía, ese miedo y esos lamentos escapan entre la brisa, arrullados por los pájaros, empujados por las plumas, las plumas de Kabul.

Con Reuters

Primera modificación : 02/02/2018

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