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La cerámica: el encanto artesanal del Huila

© Éel María Angulo | Las artesanas Indira Osorio y Gina García en un taller de producción cerámica en el departamento del Huila, en el sur de Colombia.

Texto por Eél María Angulo

Última modificación : 25/05/2018

En el departamento del Huila en el sur de Colombia, 15 personas moldean arcilla blanca y roja para convertirla en pequeños tesoros pintados a mano que reflejan la riqueza natural del país.

A Gina García no le gusta el negro. Tiene 40 años y ama pintar. Ella es el penúltimo eslabón de una cadena de producción de piezas cerámicas en un pueblo del sur de Colombia llamado Campo Alegre, en el departamento del Huila. Es zurda. Durante cuatro horas diarias empuña en su mano izquierda el mango de un delgado pincel rojo que sumerge en las tres botellitas plásticas en las que disuelve sus pigmentos naturales. Dice que Colombia es arte. Es artesana.

Nunca abandona su delantal y siempre lleva el cabello recogido. Sus uñas son cortas, pero su pasión es larga, como las jornadas que pasa en el Patio de la Cerámica, el taller en el que trabaja. Su misión es clara, darle color a las tazas, platos, bandejas y floreros que elaboran a base de arcilla, la cual puede ser de dos tipos: blanca o roja.

Le preocupan los detalles. Luego de que Luz Amanda Rocha, su compañera artesana, le entrega las piezas secas y pulidas, ella inicia su proceso. Afirma que es como una travesía en la que recorre con sus dedos cada comisura para calcular de qué tamaño lucirían mejor las siluetas que dibuja. Con las que más práctica tiene es con las flores. Pinta los pétalos uno a uno. Lo hace con delicadeza, con un cuidado casi maternal.

Decenas de platos y tazas llenan los estantes del taller de cerámica en Huila, Colombia. © Éel María Angulo

Gina y Luz tienen la misma edad, pero diferentes pasiones. Mientras que la primera prefiere pintar. La segunda, se entrega al moldeado arcilloso. Ella lo ve como una especie de juego en el que su vida depende del amor con el que le da forma a aquella mezcla tan elásticamente parecida a la plastilina.

En este lugar trabajan 13 personas más. Cada uno tiene una función particular. Uno mezcla, otras moldean, algunas pulen, y dos pintan. Solo hay un hombre. Se trata de Alberto Fernández, el "dueño" del que todas describen como el "toque" secreto. Él tiene ocho años menos que Gina y que Luz, pero domina las técnicas de preparación y vaciado de la combinación como si llevará décadas dedicado a esto.

Alberto alista la barbotina, una espesa unión de agua y arcilla con la que rellena cada molde de yeso o piedra. Los deja reposar cinco minutos y luego los sopla, busca que aquel menjurje grisáceo se distribuya bien. Se asegura de que no se cuelen burbujas de aire.

El artesano Alberto Fernández sopla los moldes de piedra en los que vierte la mezcla de arcilla para que se distribuya y no queden burbujas. © Éel María Angulo

Entre los estantes atiborrados de piezas aparece Laly Zulena Cuellar, la fundadora del taller. Viste de blanco y camina rápido. Creó esta iniciativa en julio de 2015 y afirma que cuando empezó, apenas lograban terminar unas pocas por semana. Pasados tres años, producen al menos 500 por mes. Todas con un sello único.

La cocción de cada una se produce a 1.900 grados centígrados. Cuando entran al horno se secan y se endurecen, se convierten en un legado sólido que aguarda por ser decorado. Los bordes son lo más importante, sus acabados deben ser perfectos. Algunos son sometidos a un proceso extra que los deja con una sutil capa de brillo, como esmaltados, vitrificados.

Aunque están hechas de barro, estas piezas no parecen haber salido de un recurso de la tierra. Aquí nada está industrializado. Gina dice que son el reflejo de la tradición.

“Cada una muestra el esfuerzo de este pueblo por preservar las costumbres. Pintamos flores y pájaros porque nos representan y queremos que quien tenga las piezas dentro o fuera de Colombia guarde en ellas un pedazo del país”, comenta Gina con las manos salpicadas de un ligero pigmento verde.

En la producción tradicional, así como en la naturaleza, ningún elemento es igual. El diámetro de cada figura varía. La distancia entre flor y flor nunca es la misma, aunque el peso y tamaño de cada molde sean idénticos. Este efecto solo se debe a las manos, a la originalidad que persiguen quienes se entregan a preservar el cerámico encanto artesanal del Huila.

Primera modificación : 03/03/2018