Una década después del inicio de la Primavera Árabe, en Egipto el exilio y la frustración se imponen

Activistas antigubernamentales se enfrentaron con la policía antidisturbios en El Cairo, Egipto, el 28 de enero de 2011.
Activistas antigubernamentales se enfrentaron con la policía antidisturbios en El Cairo, Egipto, el 28 de enero de 2011. © Ben Curtis, AP
Texto por: Nuria Tesón
11 min

Cuando los egipcios salieron a las calles por primera vez el 25 de enero de 2011, las fuerzas de seguridad del Estado se retiraron y, en menos de tres semanas, el entonces presidente Hosni Mubarak dimitió. Una década después, se estima que miles de personas han huido al extranjero para escapar del gobierno del presidente Abdelfatah al-Sisi, que muchos consideran aún más opresivo.

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“Únete a nosotros. Somos miles”. El activista que enviaba este mensaje el 25 de enero de 2011 está ahora en la cárcel. Por motivos de seguridad, su nombre no puede ser revelado. El de la mayoría de los que dan su voz a este reportaje tampoco. Amenazados, vilipendiados o en el exilio. Aquellos que derrocaron a Hosni Mubarak durante enero y febrero de 2011 tuvieron que enfrentarse a una dura contrarrevolución.

Hacer caer al dictador no supuso la caída del régimen. Aún peor: acabó con un Golpe de Estado y la imposición de un régimen mucho más duro que no deja siquiera el espacio para respirar que durante años había logrado establecer la sociedad civil. No es que hubiera libertad, pero al menos algunas redes y movimientos sociales se habían ido fortaleciendo. El movimiento 6 de abril, fruto de las protestas obreras en Mahalla en 2006 o Kifaya, fueron el germen de la Primavera Árabe que arrancó en 2011.

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Todo ha desaparecido con Abdelfatah al-Sisi, el general convertido en presidente y elegido dos veces en las urnas (con oponentes de paja mientras la oposición real era amenazada o encarcelada). Uno de los fundadores del 6 de Abril, Ahmed Maher, sigue en libertad condicional. Otros líderes que surgieron tras las protestas y que intentaron formar partidos políticos siguen entre rejas. Periodistas, blogueros, abogados como Mahienour al Masry, activistas como Alaa Abdelfatah. No hay lugar para que ninguno demande respeto a los Derechos Humanos. 

Pero en aquellos días de enero aún había espacio para soñar. El 25 comenzó muy temprano, las protestas se convocaron en distintos puntos de la ciudad sin revelar la localización exacta. La emoción y la alegría llevaron a muchos a deambular sin rumbo gritando: "pan, libertad y justicia social". Algunos blandían carteles, pero la mayoría solo se dejaba arrastrar por la multitud que, por primera vez, se atrevía a pedir la caída del régimen. Los aledaños de la plaza de Tahrir, donde se encuentran entre otras las embajadas estadounidense y británica o el Museo de Antigüedades, estaban plagados de policías. Todos pertrechados de antidisturbios. 

Manifestantes huyen del gas lacrimógeno durante los enfrentamientos en El Cairo, Egipto, el 28 de enero de 2011.
Manifestantes huyen del gas lacrimógeno durante los enfrentamientos en El Cairo, Egipto, el 28 de enero de 2011. © Amr Abdallah Dalsh / Reuters

No fue hasta la tarde, antes de que cayera el sol, cuando empezaron a olerse los primeros gases lacrimógenos a reprimirse con camiones de agua o a lanzar piedras. Los reclutas destrozaban el alicatado de los edificios colindantes y las lanzaban contra los manifestantes. Estos respondieron cantando el Himno Nacional mientras el ruido de las botas contra el asfalto se acercaba y las fuerzas de seguridad se arengaban entre sí. Hubo apaleados, detenidos, pero los jóvenes mantuvieron la plaza. Era el Día de la Policía y contra ellos protestaban.

La chispa se había encendido en Túnez, decían las noticias, un joven se había inmolado y algunos lo hicieron también en las primeras semanas de enero en Egipto. La chispa prendió y 18 días y 1.000 muertos después caía Mubarak. Nunca fue condenado por el asesinato de manifestantes de aquellos días. 

La revolución tuvo varios logros claros y tangibles, según Gamal Eid, fundador de la Red Árabe para la información de Derechos Humanos (ANHRI por sus siglas en inglés), “el más importante es el derrocamiento de un dictador corrupto que gobernó Egipto durante 30 años, pero también restauró la confianza de la gente en su capacidad para generar un cambio. La revolución devolvió a millones de egipcios la sensación de que Egipto es su país y que se podían recuperar”, detalla el abogado, sobre el que pesa una prohibición de viajar fuera del país y que denuncia el acoso constante de las fuerzas de seguridad.

Romper el silencio y “atraer la atención de los egipcios hacia los asuntos públicos” es otro de los logros que destaca Eid. Elecciones presidenciales, referendo. Había mucho que debatir al caer el dictador y las esperanzas eran grandes. Tras un año en la Presidencia, sin embargo, Mohamed Morsi, que había sido elegido en las urnas y perpetuado la represión de Mubarak, fue destituido en un Golpe de Estado.

Años después, el abogado declaraba que fue en 2013 que se dio cuenta de que iban a querer hacer pagar a los hermanos musulmanes por todos los crímenes cometidos. Así fue. Los Hermanos Musulmanes son ahora una organización terrorista, su cúpula ha sido encarcelada y muchos egipcios, simpatizantes o no, han sido acusados y condenados. En las cárceles egipcias hay más de 60.000 prisioneros políticos. 

Manifestantes antigubernamentales se manifiestan en la plaza Tahrir en el centro de El Cairo el 25 de enero de 2011.
Manifestantes antigubernamentales se manifiestan en la plaza Tahrir en el centro de El Cairo el 25 de enero de 2011. © Amr Abdallah Dalsh / Reuters

Es donde más se acusa la involución que han sufrido las esperanzas revolucionarias: “incremento del número de cárceles y las torturas, un enorme aumento de presos de conciencia”, explica Gamal Eid. El rol de la Policía ha cambiado, apunta, “además de su papel represivo ahora también es un método de venganza, especialmente contra los que pertenecen a la revolución de enero". Lo peor de todo, en su opinión, es la "ausencia de la independencia del poder judicial y su uso como herramienta de represión". La multiplicación exponencial de las penas de muerte dan muestra de ello. Entre 1981 y 2000, se condenó a la pena capital a 709 personas. Solo en 2017 se emitieron un total de 375, de acuerdo con los datos de la Iniciativa Egipcia por los Derechos Personales (EIPR ) y el Centro Adalah para Derechos y Libertades  (ACRF). Más de 2.300 personas han sido condenadas a muerte desde la llegada de Sisi al poder.

Toda gran revolución se enfrenta a contrarrevoluciones violentas y represivas, aduce Gamal Eid. Algo que, para el abogado, puede ser útil para revelar la hostilidad del régimen “hacia las libertades y derechos de los egipcios”, y acelerar un cambio que asegura inevitable. 

Observando la plaza de Tahrir tomada por las fuerzas de seguridad y plagada de policías, resulta difícil imaginar otro alzamiento. El espíritu, sin embargo, sigue ahí. Recordar y sobrevivir al régimen para cuando llegue ese momento que apunta Gamal Eid es, sin duda, para muchos egipcios un acto de rebeldía en sí mismo estos días. 

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