Morir contándolo: así trabajaban los dos periodistas españoles asesinados en Burkina Faso

Combo de dos fotos que muestra a los periodistas españoles David Beriain (i) y Roberto Fraile, asesinados en Burkina Faso.
Combo de dos fotos que muestra a los periodistas españoles David Beriain (i) y Roberto Fraile, asesinados en Burkina Faso. © Discovery Max/Jm García

Los reporteros españoles Roberto Fraile y David Beriain fueron asesinados el martes en Burkina Faso, junto con un ciudadano irlandés y un burkinés. Ambos destacados periodistas, con décadas de trayectoria contando historias desde zonas en conflicto, estaban en la nación africana para realizar un documental sobre la caza furtiva. 

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Cargar con la mochila de años de experiencia detrás de la lente, documentando las historias más inaccesibles y difíciles, no protege a los reporteros de las desgracias. Este martes, después de más de dos décadas retratando la muerte ajena a miles de kilómetros de casa, los periodistas españoles Roberto Fraile y David Beriain fueron asesinados en Burkina Faso tras un ataque de un grupo armado contra el convoy en el que viajaban.

La ministra de Exteriores de España, Arancha González Laya, dio a conocer la trágica noticia en una rueda de prensa. Los reporteros españoles viajaban junto a un irlandés y un burkinés, que también habrían muerto en la emboscada, para documentar una historia sobre la protección del medio ambiente y la caza furtiva en el país africano.

Según Reporteros Sin Fronteras España, los españoles habrían desaparecido el lunes en la zona de Fada N´Gurma-Pama, al este del país, cerca de la frontera burkinesa con Togo y Benín. “Es una zona peligrosa, campo habitual de grupos terroristas y bandidos”, dijo la ministra.

El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, se sumó a las condolencias en Twitter: “Se confirma la peor de las noticias. Todo el cariño para los familiares y allegados de David Beriain y Roberto Fraile, asesinados en Burkina Faso. Y nuestro reconocimiento a quienes, como ellos, realizan a diario un periodismo valiente y esencial desde las zonas de conflicto”.

Desde primera hora de la mañana, las redes sociales se coparon con mensajes de lamento y ánimo a las familias de los reporteros, por parte de la comunidad periodística española e internacional. La prensa española homenajeó a dos grandes reporteros que se jugaban la vida para asomarse a los abismos más oscuros de la humanidad, cuyo incansable trabajo en el terreno es un ejemplo para la profesión.

“La muerte de David y Roberto es una pérdida irreparable para el periodismo más inquieto y dinámico, el que va al lugar de los hechos, se mancha los zapatos de barro, cuenta la realidad desde cerca y en toda su complejidad. Los documentales que durante años han elaborado han inspirado a muchos colegas y jóvenes periodistas y es un trabajo que va a perdurar”, afirmó Alfonso Armada, presidente de Reporteros Sin Fronteras-España.

Roberto Fraile, cambiar las vacaciones en familia por reportar la guerra

Contaba Roberto Fraile, de 47 años, en una cafetería de Salamanca (España) que terminó tomando la cámara de vídeo “porque soy muy malo escribiendo y hablando. No me quedó otra”. El licenciado en Geografía siempre quiso ir a cubrir conflictos, “más que cubrir conflictos, siempre quise estar donde pasaban las cosas y parece que solo pasan cosas cuando hay conflictos o revueltas”, decía aquel verano de 2015, haciendo énfasis en que nunca fue un adicto al peligro, pero sentía “la necesidad de contar las historias de la gente” con imágenes. Su pasión.

Como tantos otros periodistas 'freelance' –sumidos en la precariedad laboral de una maltratada profesión– para cubrir las historias de trinchera y los relatos que solo se consiguen durmiendo al raso y con la ropa manchada de lodo, Roberto trabajó durante años en la televisión local de Salamanca, donde estaba afincado con su mujer Lidia –también periodista– y sus dos hijos. “Compaginaba su trabajo como operador de cámara local con los viajes. Su pasión era informar llegando a esos lugares para que quienes no pueden verlo por ellos mismos, tengan la información”, cuenta su compañero y fotógrafo salmantino, Alberto Prieto.

Roberto Fraile, periodista español fallecido en Burkina Faso, Imagen de su trabajo en Kosovo, 2003.
Roberto Fraile, periodista español fallecido en Burkina Faso, Imagen de su trabajo en Kosovo, 2003. © Alberto Prieto

“Era un auténtico fuera de serie, una persona excepcional, con una mirada privilegiada sobre las cosas, capaz de hacer de los mayores paisajes grises toda una explosión de significado, algo que se tiene o no se tiene, él lo tenía”, así lo recuerda Francisco Gómez, compañero de Fraile en la televisión local, recordando como su colega tenía muy clara la labor social del periodista, "la de contar las historias que nadie quiere que se sepan" y por las que “hacía el petate” y se marchaba una y otra vez en sus vacaciones.

“No tienes tiempo de pensar en el miedo. Piensas en cómo salir de allí, en no meter la pata y no hacer ninguna locura", decía Roberto

Con las ganancias de ese “empleo oficial” se financiaba los costosos gastos de los viajes como periodista independiente a lugares remotos, siguiendo la ruta del kafir (no creyente, en árabe) como se hacía llamar en las redes sociales. Esa ruta, la de ir al lugar de los hechos a verificar las historias, lo llevó a Afganistán, Kosovo, Irak, Congo, Laos o Siria, donde en 2012 fue herido mientras cubría la guerra civil que sacude al país desde hace más de diez años.

Roberto conocía el dolor de la guerra grabado en las pupilas de los civiles que tantas veces retrató con su cámara. “No tienes tiempo de pensar en el miedo. Piensas en cómo salir de allí, en no meter la pata y no hacer ninguna locura. El miedo llega por la noche, cuando te acuestas, cuando editas las imágenes”, señalaba, mientras fumaba un cigarro. 

Estaba en Alepo, empotrado con el Ejército Libre Sirio, cubriendo la ofensiva militar del régimen de Bashar al-Assad cuando le explotó una granada de mano a uno de los rebeldes sirios. “Fue un accidente”, dijo entonces Roberto.

Sus colegas recuerdan cómo llegó gravemente herido a Turquía y él inmediatamente quería volver a trabajar. Fue uno de los primeros en arribar a Siria cuando iniciaron las revueltas y volvió varias veces tras el accidente.

“Creo que si te dedicas a esto tienes que tener muy claro lo que quieres hacer y dónde vas. Sabes el riesgo que conlleva y cuando vas a un sitio lo tienes más o menos claro”, relata en el documental de Netflix ‘Morir para contar’, del periodista español Hernán Zin.

David Beriain: "No hay historias pequeñas: hay ojos pequeños"

Más tarde, este periodista de carácter serio y silencioso, trabajador solitario y discreto, que siempre dejó que sus documentales y proyectos hablaran por él, comenzó a trabajar con el periodista navarro David Beriain, de 44 años, asesinado en el mismo ataque en Burkina Faso.

Juntos investigaron historias en los campamentos de la guerrilla de las FARC en Colombia, desde las entrañas del cártel de Sinaloa en México, o entre los kalashnikovs de los talibanes en Afganistán. Juntos cruzaron líneas impensables para narrar de forma gráfica y sin aditivos los relatos más oscuros, aquellos que muchos se niegan a mirar. Sus documentales como 'El Ejército perdido de la CIA' o la serie 'Clandestinos' le valieron premios y el reconocimiento de sus colegas de profesión, que hoy lloran su pérdida.

Curtido en el terreno, después de seguirle la pista a los veteranos reporteros españoles como Manu Lenguineche, Miguel Gil o Enrique Meneses, David no tenía nada que envidiar a aquella generación de periodistas de conflicto. Aprendió de sus reportajes, pero se fraguó una carrera a base de constancia y dignidad humana. “Cuando la gente se pone en la piel de otras personas no pasan más cosas buenas, pero pasan menos cosas malas”, decía Beriain en sus conferencias, cuando volvía por cortos periodos de tiempo a casa.

Fue precisamente en España donde surgió la idea de crear una productora de documentales. El nombre, 93metros, es en honor a su abuela y a las historias que están cerca, tan cerca como los escasos 93 metros que separaban la casa de su abuela del banco de la iglesia donde rezaba. Es un homenaje a la verdad, porque como contaba David incansablemente: “No nos olvidamos nunca de que a veces la historia más grande está en el lugar más pequeño”.

David era consciente del sacrificio personal que suponía tener la mochila siempre lista para partir: "Mis padres, mi familia y mi mujer me han querido de la manera más hermosa que se puede querer a alguien: libre. Aunque eso suponga que un día pueda haber una llamada que les diga 'No va a volver'. Es un acto de generosidad del que yo no sé si sería capaz", contaba en el documental de Netflix.

"Hay que decir que son personas humanas preocupadas por la humanidad"

Los premios cosechados por su buen trabajo acompañan a la endémica precariedad del periodista internacional, ellos mismos lo sufrieron y criticaron. Sus documentales son también eso, la reivindicación de un reporterismo molesto para el público y los propios editores.

Decía Alberto Prieto que estos reporteros, que van a lugares muy complicados del mundo para que los demás que están cómodamente en sitios tranquilos, sin riesgos, puedan conocer o tener un atisbo de lo que ocurre en esos espacios y valoremos lo que significa, "no son héroes". No hay que llamarlos héroes, "hay que decir que son personas humanas preocupadas por la humanidad, por los débiles”, recalca. 

No le dan voz a los que no tienen voz, todo el mundo tiene voz, pero estos reporteros amplifican sus voces y eso les honra. “Honrar la labor que hace esta gente. Todo lo que no sea eso, serán palabras huecas”, concluye Prieto.

No hay mejor manera de hacerlo sino escuchando, viendo y compartiendo los documentales que nos dejaron Roberto y David, que como repetían sus allegados: murieron cumpliendo con su vocación. 

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