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Entre pasado y presente, dos abuelos tangueros dan cátedra de 2x4

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Buenos Aires (AFP)

Tienen casi siete décadas de tango. Lejos de la academia, son la generación que lo bailó en Buenos Aires en el apogeo tanguero de los años cuarenta. Con 90 él y 82 ella, no necesitan ensayos: se abrazan y compiten en el Mundial de Tango.

"Somos la esencia del tango. El tango nuestro es otra cosa: caminado, cruzado, es tango de piso, nada de revolear las piernas", explica Oscar a la AFP.

Elegante y erguido pese a su edad, Oscar aprendió en los patios de Parque Patricios, en el sur de la capital argentina, donde hombres y mujeres practicaban por separado para lucirse en salones y hoteles, bailando al ritmo de grandes orquestas.

"Respirábamos tango, nos enamorábamos con tango, llorábamos y reíamos con tango", recuerda Nina.

Aunque no ganaron el último Mundial de este baile, que se celebró hasta el 22 de agosto en Buenos Aires, recibieron una ovación al pisar el escenario. Compitieron con ellos otras cuarenta parejas de bailarines, todos profesionales no mayores que sus quince nietos.

- Ilustres tangueros -

En la milonga "La Baldosa" del barrio de Flores, salón de baile que frecuentan cada viernes, no hay quien no conozca a Oscar Brusco y Nina Chudoba.

La flor y nata tanguera se dio cita en este lugar la semana previa a la final del Mundial de Tango en Buenos Aires, donde compiten cada agosto cientos de bailarines.

En La Baldosa es noche de exhibiciones. Hay parejas de Rusia, Hungría, Japón, Indonesia, Chile y Rumania, entre muchos otros países donde esta danza rioplatense es plato exótico.

Ninguno pasa por alto a Oscar y Nina, sentados en la mesa central. Se toman fotografías con ellos, les piden consejos, les muestran sus pasos.

"Son una institución, fueron los jóvenes que crearon el estilo, no hay nada de artificial en su baile", dice Adriana, una bailarina de 30 años.

Oscar se acomoda el traje, el nudo de la corbata y sale a la pista junto a Nina, con vestido de terciopelo rojo y altísimos tacones al tono.

"Las manos tienen que estar con los dedos entrelazados, así, ¿ves? En el tango hay que abrazarse con cuerpo y alma", explica esta mujer de ojos y piel transparentes, hija de polacos que emigraron a Buenos Aires y se afincaron en Valentín Alsina, el barrio tanguero por excelencia en el sur de la capital argentina.

La viudez y un cáncer a los 50 años la empujaron al tango como modo de vida que alternaba con su arte de modista.

En una milonga se cruzó con Oscar, también viudo. "La vi pasar y me enamoré. La saqué a bailar y desde entonces estamos juntos", dice al recordar los 15 años que llevan compartiendo baile y vida.

- Ese sentimiento -

A la hora de bailar eligen tangos de Juan D'Arienzo, el violinista y director de orquesta fallecido en 1976 y preferido de bailarines por ser "el rey del compás".

"A ella le gustan los valses, a mí ya me agitan un poco", se excusa Oscar.

Con cuatro noches de "milonga" a la semana prescinden de todo ensayo para el Mundial.

"Bailo desde 1945, ¿qué vamos a ensayar?", se ríe él encogiendo los hombros. "¡Tenemos kilómetros de tango!".

Pero, ¿qué se necesita para bailar el tango?

"Hay que metérselo adentro", responde Oscar señalando el corazón. "Si no lo sentís, no lo podés bailar", sostiene quien a los 17 años ya hacía exhibiciones.

Aunque celebran el acercamiento de los jóvenes al tango, lamentan cierto estancamiento. "Todos bailan igual", afirma Nina.

"Antes, cada cual tenía su estilo y los hombres innovaban las figuras. A lo mejor te gustaba un paso y lo practicabas frente al espejo antes de ir a dormir", recuerda Oscar.

A veces bailan con los ojos cerrados, la mueca de sonrisa, yéndose a un mundo privado.

"Son los recuerdos de la juventud, los amigos, los amores, las cosas que te hacían feliz... todo eso bailás cuando escuchás un tango", enumera Nina.

- Legado -

"Los jóvenes que lo aprenden bien se van como golondrinas y triunfan afuera. Acá hay poco trabajo para bailarines y músicos", dice ella enojada porque "para ver bailar tango hay que ir a la milonga, no está en la televisión".

Entre las bambalinas del Mundial, los bailarines Juan Manuel Rosales y su esposa Liza, también finalistas, pasan a saludarlos antes de competir.

"Los veo y para mí son parte del tango porque vivieron la época real del tango, lo que ocurría en los 40 con una sociedad entera bailándolo", dice él con un dejo de nostalgia.

Frente al espejo algunos jóvenes de traje se repasan la gomina del cabello y llevan bigotes al estilo del actor Errol Flynn, meros disfraces para recrear el pasado.

"El legado se transmitió, lo hemos entendido, trataremos que la esencia no se pierda", dice Liza.

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