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Ai Weiwei cuenta la crisis migratoria, el arte remplaza al periodismo

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Venecia (AFP)

En un campamento de refugiados, un niño insiste para que su madre le dé botas nuevas. Es una escena cualquiera, pero refleja la sensibilidad que el artista chino Ai Weiwei utiliza en "Human flow", ambicioso documental sobre las migraciones, presentado este viernes en la Mostra de Venecia.

Es también el tipo de detalle que los medios de comunicación no cuentan nunca al cubrir la crisis migratoria a la que el artista, y célebre disidente, ha querido poner rostro, explicó en una entrevista con la AFP al margen de la 74º edición de la Mostra.

"Cada día, ves reportajes sobre estas tragedias. Pero, tras haber trabajado un poco el tema, te das cuenta de que esos reportajes son todos los mismos. Dicen lo que sorprende, hablan de la violencia, de la crisis", considera el artista, convertido en uno de los símbolos mundiales de la disidencia.

"Nuestra película es diferente. Trata de meter a los refugiados en un contexto más histórico, darles más humanidad y contar su vida de todos los días: cómo abraza una mujer a su hijo, cómo se calza un niño, cómo un hombre se enciende un cigarrillo", agrega.

"Todos estos detalles nos hablan. Así, uno puede entender que ellos son seres humanos, incluso en esas condiciones que uno no podría ni imaginarse", explica el artista, que acaba de cumplir 60 años.

El periodismo intenta, ante todo y desde hace mucho tiempo, reunir las imágenes más impactantes de un acontecimiento, según Ai Weiwei. En lo que respecta a los refugiados, el periodismo "nunca se ha interesado verdaderamente por evocar en profundidad quiénes son esos refugiados o las razones por las que están ahí", afirmó.

- "Bonito muro" -

En este documental, Ai Weiwei se embarca en un largo viaje que lo conduce hasta la isla griega de Lesbos, que devino la principal puerta de entrada de los migrantes a Europa entre 2015 y 2016.

O hasta el inmenso campo de refugiados de Dadaab, en Kenia, pasando por los barrios de chabolas de Gaza, la frontera entre Afganistán y Pakistán y los campos de batalla de Irak, antes de terminar entre México y Estados Unidos, donde el presidente estadounidense Donald Trump prometió levantar "un bonito muro".

Ai Weiwei ya había tratado antes la crisis de los refugiados en su trabajo, en concreto cuando "envolvió" el Konzerthaus de Berlín, donde vive ahora, con miles de chalecos salvavidas naranjas recogidos en Lesbos o utilizando su propio cuerpo para recrear al pequeño niño sirio Aylan Kurdi, cuyo cadáver arrastrado por el mar y capturado por el objetivo de un fotógrafo se convirtió en una imagen emblemática de la crisis migratoria.

"He intentado desesperadamente dar un grito, hacerme oír", afirma al explicar estos trabajos, "pero me di cuenta de que no era suficiente". Pero eso, dice, decidió hacer este filme, con la idea de "decir todo lo que aprendí y mostrárselo a otra gente".

El artista, que estuvo en arresto domiciliario durante tres meses en China en 2011, ya había producido varios documentales pero esta es la primera vez que se lanza con un filme tan ambicioso, en cuya realización participaron 200 personas y cuyo resultado final mezcla texto, a veces poético, imágenes fijas y secuencias grabadas.

"Uno no ve la película, uno experimenta", señaló por su parte su productor ejecutivo, Andrew Cohen.

No se trata de una película "didáctica o polémica, él no toma partido. Ai Weiwei no es un reportero de moda con un gran ego, él mismo es un refugiado desde hace mucho con unas dotes muy prácticas, que nos llevan directamente al corazón de su experiencia", asegura Cohen.

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