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Myanmar: Aung San Suu Kyi, de la aceptación al centro de la ira global

Aung San Suu Kyi habla durante una conferencia de prensa con el primer ministro de India Narendra Modi en Naypyitaw, Myanmar, el 6 de septiembre de 2017.
Aung San Suu Kyi habla durante una conferencia de prensa con el primer ministro de India Narendra Modi en Naypyitaw, Myanmar, el 6 de septiembre de 2017. Soe Zeya Tun / Reuters

El símbolo moral de Myanmar está en la palestra pública. Tras años de ser admirada por su defensa de los derechos humanos, hoy es cuestionada por su falta de acción ante el éxodo de la etnia Rohingya.

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Aung San Suu Kyi, conocida como ‘la Dama’, por su lucha democrática en Myanmar, al sudeste asiático, y por ser Premio Nobel de Paz, inició su actividad política en 1988.

Hija del general Aung San, prócer de la independencia del país y asesinado por la junta militar, estuvo dispuesta a poner a su familia en un segundo plano para trabajar por los derechos humanos de este territorio gobernado desde 1962 hasta 2011 por una junta militar.

A los dos meses de haber ofrecido su primer discurso, fundó su partido, la Liga Nacional por la Democracia.

En julio de 1989 fue detenida bajo arresto domiciliario por hacer reuniones políticas con más de cuatro personas, una prohibición del Gobierno militar de Myanmar y luego de solicitar la formación de un comité independiente para celebrar elecciones democráticas.

Pese a estar detenida, su partido ganó las elecciones con el 82 por ciento de los escaños, pero la junta militar no los reconoció.

Desde ese año y hasta el 2010, Suu Kyi permaneció privada de la libertad de forma casi continua, rechazando en varias oportunidades la oferta de terminar la prisión con la condición de abandonar Myanmar. Dos años después recibió el Premio Nobel de Paz.

No ha podido ser presidenta de su país porque según la Constitución redactada por los militares, el jefe de Estado no puede tener ningún familiar extranjero, lo que en 2016 dejó a Suu Kyi fuera de la presidencia.

Sus dos hijos tienen pasaporte británico, al igual que su esposo, el académico Michel Aris, hoy fallecido. Aris, quien desde la distancia la acompañó en su trabajo por los derechos humanos, no alcanzó a ver el resultado de su lucha y murió en 1999 tras padecer un cáncer de prostata.

Un Premio Nobel de Paz que podría ser revocado

Con la misma velocidad de su aceptación, por buscar las libertades políticas y económicas, lo que la llevó a encargarse de tres ministerios y de la Oficina de Presidencia como Consejera de Estado, su figura se ha convertido hoy en centro de ira global.

El momento en el que el prestigio de la Premio Nobel comenzó a cambiar fue cuando empezó el éxodo masivo de la etnia minoritaria Rohingya hacia Bangladesh, desde un lugar de mayoría budista.

Su silencio frente a la situación hizo que organismos internacionales, como la ONU, Amnistía Internacional y otros premios nobel de paz se pronunciaran y la tildaran, incluso, de cómplice por la muerte de decenas de rohingyas.

Esta ha sido la mancha más oscura en la figura de Suu Kyi. A pesar de que ha prometido en diferentes ocasiones respetar los derechos humanos y proporcionar asistencia humanitaria a todos los ciudadanos, se niega a condenar la situación que vive esta etnia de manera tajante.

Después de casi un mes de esperar su pronunciamiento desde el momento en que se agudizó el desplazamiento, el pasado 18 de septiembre la líder habló en su primera reacción pública ante la situación de la minoría musulmana.

Justificó su silencio diciendo que no había tenido suficiente tiempo para superar los retos y luego añadió sentir profundamente el sufrimiento de todas las personas atrapadas en el conflicto.

Hoy, la reputación de Suu Kyi está en cuestión y la petición para que le sea revocado el Premio Nobel de Paz está a punto de conseguir medio millón de firmas.

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