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En el tren Madrid-Barcelona, la vida (casi) normal de los españoles

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En el tren Madrid-Barcelona (España) (AFP)

El tren de alta velocidad Madrid-Barcelona arranca con sus 384 pasajeros a bordo. Los raíles atestiguan los vínculos entre Cataluña y el resto de España. Y los pasajeros se inquietan ante el referéndum de autodeterminación prohibido pero convocado por los líderes independentistas regionales.

Beatriz Migens, una sevillana de 43 años, se dirige este viernes, dos días antes del referéndum, a la boda de uno de sus mejores amigos, catalán.

Marisol Martín y su compañera Beatriz Barco están invitadas por su empresa, un gran bufete de abogados en Barcelona, a la fiesta de los 100 años de la compañía.

Montse Rodríguez vuelve a casa de sus padres en Manresa, pequeña villa independentista en el centro de Cataluña, una rica región del noreste de España donde vive un 16% de su población.

Y los dos empresarios Carles Rivadulla y Juan Arza regresan a casa tras una reunión con un cliente y una conferencia contra la independencia.

Cada día miles de españoles viajan así, en un sentido u otro. "La gente es muy educada, comienza hablándote catalán y, si no lo hablas, enseguida cambia al español", cuenta el jefe de la tripulación.

Beatriz Migens, una morena delgada de larga melena rizada recogida en una cola de caballo, se expresa con cierto nerviosismo mientras el sol se levanta entre brumas en el campo español.

Por la tarde, esta mujer, que vive entre Barcelona y Madrid desde hace 14 años (dos días en Cataluña y cinco en Madrid), irá con el novio a escoger la corbata para una celebración que no escapa a la actualidad.

Su amigo tuvo que tener en cuenta la tensión palpable entre algunos para distribuir las mesas: "Me ha dicho que hay dos personas en mi mesa que no va a sentar juntas porque habrá lío" por sus divergencias políticas.

También prefirió volver a Madrid la mañana del domingo para evitar problemas: "Mis amigos me dijeron 'corre, Forrest'".

"Me paso el día defendiendo a los catalanes normales" ante los madrileños, dice Beatriz, comercial en una empresa de cosmética, arremetiendo contra ambas partes: los catalanes que afirman que "España nos roba" porque entienden que se les discrimina fiscalmente y los españoles que dicen a los independentistas "coge y vete".

Cataluña, dividida a partes iguales sobre la cuestión, se tensa. "Mis padres no quieren la independencia y son catalanes, catalanes. Pero en su grupo de amigos hay divisiones, muchos conflictos", se lamenta Beatriz Barco, una secretaria de 34 años.

La joven Montse Rodríguez, de 23 años, creció en Cataluña pero está contenta tras haber estudiado un máster de derecho en Madrid. Su madre es catalana de nacimiento, su padre vino de Andalucía, como millones de inmigrantes del resto de España que llegaron a la rica región en la segunda mitad del siglo anterior.

Ella ama Madrid, cuya "gente es muy acogedora", y también Barcelona, "más cosmopolita". El problema, dice, viene sobre todo de los políticos ?el Gobierno de Mariano Rajoy, decidido a impedir el voto, y los independentistas, determinados a seguir adelante cueste lo que cueste?, dirigidos hacia un choque frontal.

Pero a su alrededor, el comentario es "que se debería hablar ya". "La idea es que ninguno de los dos se levante de la mesa sin haber cedido", dice esta abogada.

No quiere revelar si votará o no el domingo, pero asegura estar tranquila: será un "movimiento pacífico".

Pero si Juan Arza la oyera, discreparía. Este consultor en recursos humanos que milita contra la independencia y estudió ciencias políticas se juró quedarse en casa y no dejar salir a sus hijos de ocho y seis años el domingo, jornada prevista del referéndum.

"Estoy muy preocupado porque veo a mis vecinos salir todas las noches a golpear la olla con furia", en una típica manifestación catalana. "Hay un resentimiento social muy fuerte".

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