Nicco Beretta, experto en confusión de géneros

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Nueva York (AFP)

Hace 20 años, antes de la popularización de internet, Nicco Beretta iniciaba un cambio de sexo. Su metamorfosis llevó años, costó decenas de millones de dólares y lo transformó en una suerte de experto en el desbarajuste de géneros.

Hoy, a los 43 años, este empresario de barba y múltiples tatuajes, soltero, trabaja como pintor de brocha gorda y hace pequeñas reparaciones. Dice ser "queer" (marica) y creer en el "poliamor"; está abierto a aventuras atípicas tanto con hombres como con mujeres.

Se le nota tranquilo, relajado. Pero le costó encontrar esa serenidad. Nació mujer en 1974 en Génova, de padres ítalo-estadounidenses, y durante años, sin la ayuda de internet, se preguntó sobre su diferencia y sobre la definición de géneros.

Durante toda su infancia, Naima -el nombre que le pusieron sus padres cuando nació- luchó para vestirse como un niño. Un calvario sobre todo en los años en que estaba obligado a vestir una falda para ir al colegio en Londres, adonde su familia se había mudado.

Sus padres se instalaron luego en Estados Unidos, donde los códigos de vestimenta eran menos estrictos y Naima pudo vestir la ropa de su hermano para ir a la escuela. Sus padres aceptaron esta evolución. Era tratada de "marimacho", y ella se sentía "diferente".

"Cuando llegué a la pubertad, me sentía enferma todo el tiempo (...). Luego, cuando tuve mi primer período, vomitaba, literalmente no comprendía lo que le sucedía a mi cuerpo", cuenta. "Todo eso me perturbaba".

- Aislado en la era pre-internet -

Naima dejó de crecer cuando alcanzó la altura de 1,63 metros, andrógina e incómoda en su cuerpo de mujer. Frecuentaba los medios artísticos y homosexuales, más abiertos al cuestionamiento de los géneros.

"Mi cuerpo era en general el gran obstáculo. Cuando me miraba en un espejo, no veía a aquella que observaba", explica.

La instrospección continuó hasta sus 21 años, cuando descubrió un libro del fotógrafo transgénero Loren Cameron. Fue entonces que tuvo su epifanía.

Se autobautizó Nicco. Y a tientas buscó identificar los tratamientos disponibles para dejar de ser mujer, cuando internet solo estaba disponible en las bibliotecas.

A los 24 años, inició un tratamiento hormonal muy caro. Y partió un año a San Francisco, la única ciudad donde en ese momento había algunos médicos especializados reconocidos. Pidió prestados 11.000 dólares para financiar una mastectomía. Reembolsar el préstamo le llevaría varios años.

Una segunda operación siguió tres años después, en 2004. Fue "total", dice sin rodeos: una histerectomía completa, ablación de los ovarios y del útero, por 10.000 dólares, con un médico de un pueblo al norte de Nueva York recomendado por un amigo.

Y se detuvo allí. No quiso una faloplastia completa, la reconstrucción estética de los genitales masculinos. Solo hormonas que se inyecta aún dos veces por mes, "como quien va a la peluquería". Y se somete a exámenes médicos bianuales, sobre todo para verificar su equilibrio hormonal.

Al inicio de su transformación, los hombres transgénero eran tan raros que incluso la comunidad homosexual lo trataba como a un extraterrestre.

"Yo decía que era transgénero, y ellos no tenían ni idea. Me respondían: 'ni siquiera sé lo que quiere decir eso'. Había mucha confusión, rechazo", recuerda.

Luego internet se popularizó y "todo cambió porque la información estaba inmediatamente disponible".

"Hubo un boom de las transiciones. De golpe jóvenes de 19, 20 años salían del armario, se operaban y tomaban hormonas. Fue un poco perturbador para mí al comienzo, ¡a los 24 años yo no conocía la palabra 'trans'!", dice.

- "Machismo" estadounidense -

También aparecieron opciones inexistentes en su juventud. "Hoy puedes ser transgénero fluido, género no conformista, no binario...", enumera sonriendo.

"No hubiera cambiado nada para mí, hubiera hecho de todos modos mi transición (...) pero estoy contento de ver cómo los géneros se derrumban", sostiene.

El "sistema de géneros" es particularmente rígido en Estados Unidos, que explica en parte la militancia estadounidense sobre estos temas, señala.

Tras haber crecido en Europa, estima que las diferencias entre los sexos son allí más matizadas.

"Estados Unidos tiene esta fascinación por la cultura machista con los deportes, el dinero y el poder, sobre todo para los hombres blancos", reflexiona.

Al punto que esto frenó al inicio su cambio de sexo. "Me preguntaba, ¿por qué convertirme yo también en un hombre blanco en esta sociedad?".

Pero al final, convertirme en hombre "no era una elección". "De lo contrario, me hubiera suicidado", estima.

Hoy Nicco vive en el apartamento que comparte con un amigo en un barrio de moda de Brooklyn, con sus dos perros, tranquilo con sus decisiones pero lleno de preguntas sobre el sentido de la vida, algo común entre los cuarentones.

"Soy abierto sobre quién soy, me siento muy cómodo en el mundo, pero aún no sé lo que voy a hacer", dice riendo. "Las cosas que me preocupan ahora tienen todo que ver con la vida, y nada con la transición".