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Una rusa nacida en 1917 cuenta cien años de historia

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San Petersburgo (AFP)

La rusa Maria Riabtseva tenía apenas tres meses de edad cuando la Revolución de Octubre de 1917 removió Rusia en sus cimientos y cien años después es una testigo corriente de un siglo de acontecimientos excepcionales, desde el nacimiento de la Unión Soviética (URSS) hasta la llegada al poder de Vladimir Putin.

Nacida el 14 de junio de 1917 al norte de Moscú, Riabtseva era demasiado joven para acordarse de la Revolución, comenta con una sonrisa. "Mis primeros recuerdos se remontan a los años 1920", aclara.

En un siglo de vida vivió tres guerras. Nació sobre el final de la Primera Guerra Mundial. Sobrevivió luego a la guerra que enfrentó al Ejército Rojo al Ejército Blanco, formado por exzarista y opositores, y, más tarde, a la Segunda Guerra Mundial, que le arrebató a dos de sus hijos.

También fue testigo de la colectivización forzosa de las tierras agrícolas, en los años veinte, de las purgas estalinistas en los treinta, así como de la Perestroika que condujo a la caída de la URSS en 1991.

Pero, de lo que más se acuerda esta anciana es de "haber trabajado toda su vida". "Trabajé desde muy joven", confía a la AFP, quien se recicló de campesina a enfermera y luego a obrera.

"Nuestra familia contaba con cinco hijos, éramos campesinos normales", recuerda.

"Nos expropiaron nuestros dos caballos y una vaca para los koljoses (granjas colectivas). ¿Qué podíamos entonces hacer? Nos integramos en un koljós", dice.

Durante la Segunda Guerra Mundial, en la que murieron más de 20 millones de soviéticos, Maria Riabtseva trabaja como enfermera en el hospital de Rostov-Iaroslavki, a 200 km al norte de Moscú.

"Era duro, no había gran cosa para comer (...) Era necesario trabajar mucho, había tantos soldados heridos, las camas estaban llenas", suspira.

"¡Pero, qué felices estábamos el día de la Victoria, como todo el mundo, yo bailaba y cantaba", exclama, en tanto los ojos se le iluminan de alegría por aquel recuerdo.

- Hay que vivir -

De la muerte de Stalin, ocurrida en marzo de 1953, Riabtseva conserva pocos recuerdos. "No fue una catástrofe", dice, encogiendo los hombros. "Pero todo el mundo estaba triste", acota.

Algo que marcó la memoria de esta anciana, cuyo humor sigue intacto, fue sobre todo la mudanza en 1961 a un apartamento de dos ambientes ubicado en el este de Leningrado (San Petersburgo, excapital imperial de Rusia).

"Eso era la verdadera felicidad: agua caliente, calefacción central (...) ¿Con qué otra cosa se podía entonces soñar?", lanza.

Esa vivienda le parecía un verdadero paraíso después de haber vivido durante una década en un barracón rústico, glacial en invierno, junto a su familia durante los años difíciles vividos tras la Segunda Guerra Mundial.

Los tiempos también difíciles de la Perestroika, precedente a la caída de la URSS, "realmente no cambió mi vida, salvo que se volvió más dura que antes", mientras que la llegada de Vladimir Putin al poder a fines de 1999 mejoró considerablemente la vida cotidiana de esta señora, viuda desde hace más de 40 años.

Maria Riabtseva comparte su apartamento con la familia de uno de sus nietos. Ella, que afirma no interesarse en política, asegura que no tiene la intención de festejar el centenario de la Revolución de Octubre, que tendrá lugar el 7 de noviembre.

"Pienso que hubiese tenido la misma vida, con o sin revolución. De cualquier manera, nada se puede cambiar", filosofa.

"¿Si fui feliz? No lo sé. Vivía. Si naciste, hay que vivir, ¿no es así?. Sobre todo porque la vida pasa muy rápido", sonríe.

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