Los pocos civiles de Al Qaim en Irak salen tímidamente de sus casas

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Al-Qaim (Irak) (AFP)

Tímidamente, los pocos habitantes que aún quedan en Al Qaim salen de sus casas para descubrir la importancia de los daños ahora que los yihadistas del grupo Estado Islámico (EI) fueron expulsados de la ciudad iraquí, que durante tres años convirtieron en una "prisión a cielo abierto".

"Vamos a poder finalmente dormir tranquilos sin miedo a ser bombardeados o que alguien nos detenga, no tenemos más miedo a la prisión o a lo que sea", afirmó Qasem Derbi con una gran sonrisa de alivio.

En las calles polvorientas luego de una tormenta de arena y la destrucción provocada por los combates, este joven iraquí recuerda la vida bajo el yugo del EI, que en 2014 entró en Al Qaim, una ciudad en el desierto, en la frontera con Siria.

"No teníamos autorización para usar el teléfono, no lográbamos dormir, no podíamos hacer nada, sólo podíamos caminar, todo el resto podía ser usado en nuestra contra", contó. "Vivíamos en una prisión a cielo abierto".

El domingo la bandera iraquí ondeó nuevamente en Al Qaim, clavada en la localidad por el mismo primer ministro iraquí, Haider al Abadi.

No muy lejos las tropas iraquíes continúan los combates con los yihadistas en el último sector que controlan en Irak. Del otro lado de la frontera las fuerzas de Damasco estrechan el cerco sobre Estado Islámico.

En Irak, el grupo ultrarradical ya sólo controla Rawa, localidad vecina a Al Qaim, así como sus alrededores.

Las Fuerzas Armadas iraquíes planean ahora retomar el control de esta aislada localidad del oeste del país, que había perdido incluso antes del fulgurante ingreso a Irak de los yihadistas hace tres años.

Antes de 2014 y la huida de las tropas iraquíes frente a Estado Islámico, el gran desierto de Al Anbar y su frontera con Siria era una zona de tráficos de todo tipo.

- 'La paciencia pagó' -

Delante de su vivienda, Aqil Musa cuenta a la AFP "la opresión y la humillación" bajo el control de los yihadistas.

"No teníamos acceso a nada, ni escuela, ni electricidad, ni agua. Incluso pan faltaba", asegura.

Pero "la paciencia valió la pena" para los pocos civiles que se quedaron, dice Qasem Derbi, un puñado de los 50.000 habitantes de la localidad antes de la llegada de EI. "Las fuerzas de seguridad nos liberaron", agrega.

Para Qasem Derbi la partida de los yihadistas significa también el regreso de las familias. "No los vimos en meses, algunos desde hace años", dice.

No muy lejos, un grupo de hombres con una bandera blanca se aventura en las calles en donde aún están las carcasas calcinadas de los coches bomba de los yihadistas.

En otros sectores las calles siguen con las trincheras erigidas por los combatientes de EI que las topadoras intentan aplanar. Al paso de los soldados y policías desplegados en las calles algunos niños extienden sus dedos en forma de "V" de victoria.