La triple pena de las africanas seropositivas en Francia

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Bobigny (Francia) (AFP)

Para ellas el VIH es más que un virus, es la muerte social. Contagiadas por un cónyuge polígamo o violadas por traficantes de personas, las africanas seropositivas que han hallado refugio en Francia luchan por salir adelante pese a la triple pena de la enfermedad, el "rechazo" y la precariedad.

"Cuando me dijeron que tenía sida, me quise tirar por la ventana. Los enfermeros me retuvieron". Catherine (cuyo nombre ha sido modificado) recuerda con todo detalle ese día de 2013 y el hospital en la periferia de París al que acudió por unos granos extraños que le salieron en el rostro.

"Cuando tienes esa enfermedad, todo el mundo te da la espalda, incluso tus hijos. Das miedo. Para nosotros, el sida es la prostitución. Se dice que viene de las mujeres cuando en realidad son los hombres polígamos los que nos contagian", afirma esta maliense de 43 años que "huyó de la guerra".

Sola y con dos niños a su cargo, encontró refugio, "un oído" y "esperanza" en la asociación Sol en Si en Bobigny, a las afueras de París, que acompaña a cerca de 200 familias afectadas por el virus y ofrece servicios de guardería para 14 bebés.

Desde hace más de 20 años, trabajadores sociales y psicólogos ayudan a estas madres, en su mayoría sin pareja, a "proyectarse hacia el futuro".

Además del acompañamiento psicológico y social, reciben ayuda material, como comida, pañales y leche, así como dinero para financiar sus permisos de residencia.

En el local no hay ni carteles ni folletos que sugieran que allí se acoge a personas seropositivas. "Existe un tabú enorme... El tema del secreto es central. Tenemos a mujeres que cortan toda relación con su familia, otras que esconden su condición a su esposo e hijos", explica Florence Buttin, psicóloga de la asociación.

Ela, una mujer de 34 años con sonrisa de carmín y turbante en la cabeza, explica que "decidió no decir nada a nadie". Esta madre, que en su casa esconde el cuchillo que utiliza para cocinar por miedo a contagiar a su familia, acude al centro varias veces por semana "para compartir este peso".

- "Mostrar que la vida continúa" -

En la planta baja, el salón está lleno de mujeres jóvenes y niños pequeños. Las "veteranas" se sienten como en casa, conversan, ríen, se calientan con una sopa o un café y se ocupan de los bebés de las "nuevas".

Entre ellas, Fatu, de 36 años, madre de gemelos de pocos meses. Llegó de Costa de Marfil por mar, pasando antes por Libia, un viaje "muy duro", que realizó embarazada de varios meses.

"Desde hace poco vemos llegar a mujeres migrantes que han realizado viajes complicados. Algunas cruzaron varios países solas, fueron violadas en los barcos, encarceladas. Otras recibieron 'ayuda' de hombres a cambio de papeles. Están destrozadas", denuncia la psicóloga.

A esto se suma la precariedad en la que viven estas mujeres, señala Hortense Ngaleu, trabajadora social.

"Pero tratamos de solucionar un problema detrás de otro. La atención médica, los papeles, la vivienda... Avanzamos poco a poco. Ver a las más antiguas con buena salud y empleo ayuda a las nuevas", cuenta Edith Dimfa, que trabaja como asistente social desde hace 17 años.

Catherine comenzó hace poco a limpiar casas. Pero sueña con "regresar a Malí y crear una asociación para informar a las mujeres". Quiere "mostrar que podemos tener hijos y que la vida continúa aunque se tenga VIH".