Para los rohinyás, "antes morir" que volver a Birmania

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Cox's Bazar (Bangladés) (AFP)

La enfermedad, el hambre y la miseria absoluta reinan en los gigantescos campamentos rohinyás en el sur de Bangladés. Pero aun así, pocos refugiados de esta minoría musulmana se plantean regresar a Birmania.

Las organizaciones internacionales y la comunidad rohinyá ve con escepticismo el acuerdo de repatriación de los refugiados, firmado por los gobiernos bangladesí y birmano el mes pasado.

"Firman acuerdos, pero no los respetarán", afirma Mohamad Syed, un refugiado rohinyá. "Cuando volvamos, otra vez nos torturarán y nos matarán".

Estos temores tienen sus fundamentos. Más de 655.000 musulmanes rohinyás de Birmania huyeron a Bangladés desde finales de agosto para escapar a lo que la ONU considera como una limpieza étnica por parte del ejército.

Solo entre finales de agosto y finales de septiembre, al menos 6.700 rohinyás murieron a manos de los militares birmanos, según una estimación publicada el jueves por Médicos Sin Fronteras (MSF). La oenegé estima sin embargo que el balance real podría ser mucho más grave.

Los testimonios de los refugiados sobre masacres, violaciones colectivas e incendios de pueblos parecen "elementos de genocidio", declaró a principios de mes Zeid Ra'ad Al Husein, el Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos.

El acuerdo para volver "es una trampa. Nos dieron garantías similares en el pasado y sin embargo han hecho de nuestras vidas un infierno", dice Dolu, una refugiada.

A pesar de la precariedad en los campamentos de la región de Cox's Bazar, "preferiría vivir aquí. Aquí tenemos comida y cobijo, y podemos rezar libremente. Tenemos autorización para vivir", agrega.

- 'Los echaré de menos' -

La región del Estado de Rakáin de la que huyeron los refugiados, en el oeste de Birmania, tiene un largo pasado de violencia.

Los rohinyás son tratados como extranjeros en Birmania, donde el 90% de la población es de confesión budista. Están considerados como apátridas aunque algunas familias viven en ese país desde hace generaciones.

Desde que en 1982 les retiraron la nacionalidad birmana, están sometidos a numerosas restricciones y no pueden viajar o casarse sin autorización. Tampoco tienen acceso al mercado de trabajo ni a servicios públicos como escuelas o hospitales.

En los últimos 40 años, se han producido tres series de éxodos masivos de los rohinyás a Bangladés (1978, 1991-1992, 2016-2017), aunque en las anteriores oleadas no se alcanzó las proporciones actuales.

Los rohinyás que se quedan en Rakáin están sometidos a muchas limitaciones. Desde los disturbios de 2012, unos 100.000 de entre ellos se encuentran bloqueados en campamentos en el centro de la región.

Varias organizaciones humanitarias advirtieron que boicotearían cualquier nuevo campo para los rohinyás en Birmania. Consideran que los refugiados tienen derecho a volver a sus casas, a menudo destrozadas, y no tienen que ser obligados a vivir en esas condiciones de gueto.

"(Los birmanos) tienen que reconocernos como ciudadanos del país. Tienen que darnos auténticos documentos de identidad de rohinyás. Solo entonces regresaremos", explica Aziz Khan, de 25 años, en un campamento de Kutupalong. "Si no, antes morir aquí en Bangladés", zanja.

El gesto humanitario de Daca, que abrió sus fronteras a la marea humana de rohinyás, fue saludado por la comunidad internacional.

Pero para el Gobierno bangladesí, estos refugiados solo tienen que ser huéspedes temporales que van a volver a Birmania. Por eso las autoridades rechazan que los campos provisionales de tiendas se desarrollen más y se conviertan en zonas habitables a largo plazo. En la práctica, sin embargo, hay refugiados que llevan décadas viviendo en ellos.

Esta crisis humanitaria ejerce una gran presión sobre los bangladesíes de la región de Cox's Bazar, que han visto cómo se disparaban los precios de los productos de base.

El acuerdo para volver "es una buena noticia, (les diremos) adiós a ellos. Es hora que vuelvan de dónde vienen", dice Ehsaan Hosain, un comerciante de Cox's Bazar.

En cambio, Mohamad Ali, conductor de 'rickshaw', teme que si los rohinyás se van perderá una parte de sus ingresos, que se habían duplicado con su llegada. "De alguna manera, los echaré de menos si se van", declaró.