EE.UU. / Corea del Norte

Washington – Pyongyang: la engañosa metáfora del “botón nuclear”

AFP

En respuesta a Kim Jong-un, quien hablaba de la presencia de un “botón nuclear” en su oficina, Trump presumió del suyo, “más grande y más potente”. Pero en Estados Unidos no existe un dispositivo como ese que permita ordenar un ataque nuclear.

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El fantasma del botón nuclear, gran pedazo de plástico rojo que bastaría con hundir para ordenar un ataque nuclear, fue alimentado en estos días por la competencia entre Donald Trump y Kim Jong-un. Los jefes de Estado norteamericano y norcoreano se enfrentan a distancia para saber quién tiene el “más grande y más potente” botón nuclear, siendo que tal dispositivo no existe, por lo menos en los Estados Unidos.

El “balón de fútbol nuclear” y la “galleta”

Información ultra-sensible, las minucias del procedimiento para desencadenar un ataque nuclear son un secreto bien guardado por las naciones involucradas pero se conocen los detalles del dispositivo americano. El presidente de Estados Unidos no tiene un botón –aparte del que le permite pedir una Coca al mayordomo de la Casa Blanca a cualquier hora del día y la noche– sino dos objetos a su disposición: una tarjeta plastificada del tamaño de una de crédito bautizada como la “galleta” y un maletín. Este bolso, forrado en cuero negro por el exterior y de aluminio en el interior, de unos veinte kilos y relativamente abombado, es más comúnmente llamado el “balón de fútbol nuclear”, denominado así desde 1963, por su forma casi ovalada.

La “galleta” debe ser llevada por el presidente mismo, aunque algunas fuentes adelantan la hipótesis de que la tarjeta pueda guardarse en el maletín. En esta tarjeta están encriptados los códigos que le permiten al presidente ordenar un ataque nuclear. El maletín contiene una libreta negra, auténtica “guía práctica para llevar a cabo una guerra nuclear”, como lo describe el Washington Post.

Cinco soldados se turnan para llevar permanentemente el “balón de fútbol” a los lados del presidente. Los cinco son sometidos a una investigación “muy, muy profunda” por el Pentágono, los servicios secretos y el FBI, incluyendo exámenes psiquiátricos y evaluaciones psicológicas, según un antiguo portador del “balón” citado por CNN. Al término de cada mandato, la transmisión de los códigos y del maletín ocurre tras la prestación del juramento del nuevo presidente. “El oficial (que carga el “balón”) cambia de lugar y se sitúa detrás del nuevo presidente luego de que éste presta el juramento”, explica el investigador Bruno Tertrais al Figaro. En privado, el jefe de Estado enseguida recibe instrucciones complementarias.

Un segundo maletín acompaña al vice-presidente, en este caso Mike Pence, en caso de que el presidente no pueda llevarlo. Si este último no puede hacerlo, la autoridad militar le da la tarea al secretario de Defensa. El presidente o su vicepresidente encuentran en el “balón” una lista de blancos potenciales y otra con bunkers asegurados a su disposición, según el antiguo director del despacho militar de la Casa Blanca entre 1966 y 1977, Warren Gulley.

Una vez que el presidente ha “escogido”, la instrucción es transmitida a la célula de crisis (war room) del Pentágono, que, a su vez, la delega al cuartel general encargado del control de las armas nucleares norteamericanas en el Nebraska, Stratcom, por medio de códigos de autenticación encriptados, explica con precisión la BBC. En ese momento, en teoría, la suerte está echada.

¿Un último obstáculo?: posible motín de los militares

La metáfora del “botón rojo” tiene el mérito de vehicular una idea evocatoria: en los Estados Unidos, la decisión de lanzar un ataque nuclear no le corresponde, como lo sería con solo hundir un botón, a una sola persona, en este caso, al presidente. El único obstáculo visible sería un motín por parte de los militares, encargados de aplicar la orden presidencial.

Sin embargo, esta hipótesis no es del todo improbable. Estuvimos cerca, el 9 de agosto de 1974. Al borde de ser destituido tras el escándalo del Watergate, Richard Nixon se embriagó toda la noche. “Puedo ir a mi oficina, descolgar el teléfono y en 25 minutos, millones de personas morirán”, habría afirmado en el curso de una reunión, cuenta Politico. Advertido por un senador, el que era entonces su secretario de Defensa, James R. Schlesinger, le ordenó entonces al estado-mayor de informarle personalmente, o de consultarle al secretario de Estado, Henry Kissinger, en caso de recibir instrucción presidencial relacionada con el arsenal nuclear.

Más recientemente, varios militares de alto rango advirtieron que ellos mismos podían negarse a ejecutar una orden como esa. El general retirado Robert Kehler, que tuvo bajo su comando Stratcom del 2011 al 2013, le indicó al Senado en noviembre que se habría negado a llevar a cabo un ataque nuclear si este no hubiese respondido a los criterios de proporcionalidad y de necesidad definidos por el derecho de guerra. “Le habría respondido (al presidente): ‘No estoy listo para proceder (…) El ejército está obligado a obedecer las órdenes legales pero no está obligado a seguir las que son ilegales”, afirmó bajo juramento. Acto seguido, fue imitado por el actual comandante de Stratcom, el general John Hyten. Declaraciones tranquilizadoras, en el momento de los incendiarios tweets hechos por Donald Trump a Corea del Norte.

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