Los caballos de buzkashi de Afganistán, entre el espectáculo y la guerra

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Mazar-i-Sharif (Afganistán) (AFP)

En las grandes estepas del norte de Afganistán, se cría a los caballos de buzkashi como a príncipes guerreros, y se los prepara para el esfuerzo que exige una competición salvaje alrededor de un ternero decapitado.

Las monturas, como sus jinetes, deben demostrar valentía, fuerza y rapidez. El buzkashi -"arrastrar a la cabra", en persa- consiste en hacerse con el esqueleto, de 50 kilos, en una lucha cuerpo a cuerpo, y depositarla en el "círculo de justicia" dibujado con cal, tras haber dado una vuelta alrededor del campo al galope.

"Apenas un caballo de cada cien puede estar a la altura de uno de buzkashi", considera Haji Mohammad Sharif Salahi, presidente de la federación de buzkashi en la provincia de Balj, insistiendo en el valor de los campeones. "Hace cien años que tenemos caballos en la familia".

"Los sementales del general Dostum (un jefe de guerra uzbeko del norte) cuestan hasta 70.000 dólares", dice, maravillado. "Algunos de [el exjefe militar del Panjshir] Marshall Fahim alcanzan los 100.000 dólares".

"Todo depende de su velocidad y de su resistencia", añade el presidente de la federación. "Están entrenados para respetarse y comportarse con calma, pero si uno lo deja, ¡se come a los demás!".

La provincia de Balj cuenta con más de 150 propietarios, algunos de los cuales tienen más de 400 caballos. Los grandes buzkashíes reúnen a 500 caballos para el acontecimiento y hasta a 2.000 si lo que se celebra es un matrimonio. El buzkashi, que ahora se disputa hasta en Kabul, sigue siendo el orgullo del Norte.

En Argentina, existe un juego similar llamado el "pato".

- Centauro encabritado -

Sea el valor real o ilusorio, los precios imponen respeto. Pues el caballo de buzkashi es una muestra de riqueza y de poder de cara al exterior.

"Todo hombre rico debe tener una cuadra y shopendoz (caballeros especializados)", confirma Haji Rais Moqim, de 52 años, montado a un monumental bayo castaño, de 1,90 m.

Este empresario de Mazar-i-Sharif tiene 22 corceles, como su padre antes que él.

Por la mañana, en medio del polvo, a unos 20 km de Mazar, cabalga junto a sus "sais" (mozos de cuadra). "Un caballo es un miembro de la familia. Lo criamos como lo hacemos con un niño en la escuela. Cuidamos de él como de un humano".

Cada caballo tiene su domador. "Siempre el mismo. Es como una pareja", insiste. "Es el shopendoz el que elige sus caballos, una decena por buzkashi".

En ese juego, la pareja es fusional como un centauro encabritado que se yergue por encima de la pelea abriéndose paso, a golpe de látigo.

"Nuestros caballos vienen de Uzbekistán: hacen falta años para formarlos. Están preparados hacia los siete años y compiten hasta que tienen 20 años o más", destaca Mohammad Musa, el "sais" de Rais Moqin.

Su jefe ya se lo ha avisado: Musa, que lleva con él desde hace 18 años, no lo dejará hasta que muera el gran semental negro que está a su cargo.

- Ayuno -

A medida que se acerca la temporada -de noviembre o diciembre hasta finales de marzo-, los caballos adoptan un ritmo maratoniano. Durante el verano, han engordado y alcanzado su peso máximo. En ese momento, son sometidos a la prueba del "kantar", un ayuno para adelgazar y recuperar la forma física para enfrentarse a sus rivales.

En otoño, dos meses antes de reanudar la actividad, los mozos los sacan al paso, con la mordaza en la boca, para que ganen musculatura poco a poco, hasta cuatro horas seguidas, explica Amir Jan, el mozo del presidente que monta un bayo castaño.

"En cambio, los dejo una hora sin comer y luego les sirvo 7 kilos de cebada, diez huevos batidos con un vaso de aceite de sésamo y plátanos. Y lo mismo por la noche".

Se los cepilla a menudo y se lavan en días alternos.

"Cada ganadero tiene sus métodos y sus supersticiones", señala el francés Louis Meunier, que llegó a Afganistán con una oenegé para integrar, luego, el equipo de buzkashi de Kabul entre 2007 y 2009.

"Las creencias cambian de un valle a otro: aquí, se considera al alazán como el más inteligente, y allí al negro como al más rápido".

Meunier lamenta que el caballo se haya convertido en "un objeto de especulación" para "mostrar la fuerza" e impresionar, hasta el punto de haberlos "estereotipado en bestias de guerra".

"¡Esos caballos son demonios! Nosotros, los 'sais', estamos en peligro constante", confirma Amir Jan.