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Donald Trump y la política del miedo

La gente se involucra en una marcha de mujeres en Chicago, Illinois, EE. UU., el 20 de enero de 2018.
La gente se involucra en una marcha de mujeres en Chicago, Illinois, EE. UU., el 20 de enero de 2018. Joshua Lott / Reuters

El presidente estadounidense, Donald Trump, ha encontrado en la amenaza una fórmula efectiva para cumplir sus objetivos. Análisis de Bricio Segovia, corresponsal de France 24 en Washington.

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El 8 de octubre de 2016, Donald Trump prometió a Hillary Clinton que, si él ganaba las elecciones, nombraría a un fiscal especial para investigarla. “Nadie ha mentido tanto”, dijo el entonces candidato en un debate televisado aludiendo al polémico caso de los correos electrónicos de la exsecretaria de Estado. La amenaza no quedó más que en eso, pero marcó un tono para su presidencia.

En su primer año de mandato, el magnate convertido en político no ha escatimado en ataques personales a medios de comunicación, periodistas y congresistas por igual. No ha conseguido acallar a la prensa ni tampoco a un pequeño flanco conservador. “Cuando alguien en el poder constantemente acusa de falsa a la prensa que no le conviene, deberíamos sospechar de esa persona y no de los medios”, sentenció esta misma semana Jeff Flake, que también fue uno de los cinco senadores republicanos que se opuso el viernes a la propuesta temporal de su partido para evitar un cierre parcial del Gobierno.

Trump se estrena en su segundo año como comandante en jefe con un Ejecutivo sin fondos. Desde luego, un golpe bajo para el mensaje de éxito que pretende mandar el presidente, sobre todo porque es la primera vez en la historia que ocurre con una misma fuerza política al frente de la Casa Blanca y las dos cámaras del Congreso.

La actitud agresiva de Trump funciona.

Sin embargo, la actitud agresiva de Trump funciona. La gran mayoría de los miembros de su partido no suele replicarle. Ven cómo, día tras día, el presidente es capaz de acabar con la carrera de alguien con un solo tuit como con su su exestratega jefe, Steven Bannon, siendo este el último ejemplo.

La intimidación también la ha utilizado contra los empresarios de una manera muy efectiva. No han sido pocas las multinacionales que se han visto nombradas en un tuit del presidente para que devolvieran sus plantas de producción a Estados Unidos bajo la amenaza de un aumento de los aranceles. Las cifras son muestra de la efectividad de la estrategia del mandatario. Wall Street ha alcanzado una cantidad histórica de récords, se han creado 2 millones de trabajos y el desempleo ha igualado su nivel más bajo de los últimos 17 años. Además, con su reforma fiscal -el gran logro legislativo de Trump hasta la fecha-, decenas de corporaciones han aprovechado la rebaja impositiva para ofrecer pagas extras a sus trabajadores o incluso para generar nuevas oportunidades laborales.

¿Y qué pasa en política exterior? Pues que el presidente ha calcado esta fórmula.

Empezando por Naciones Unidas. Después de que los miembros del Consejo de Seguridad rechazaran de manera unánime su decisión de reconocer a Jerusalén como la capital de Israel, el presidente amenazó a esas naciones con retirarles las ayudas que reciben de Estados Unidos: “Vigilamos sus votos. Voten contra nosotros, así ahorraremos mucho”. En ese momento, la comunidad internacional dio un toque de atención a Trump, pero por lo general, le siguen la corriente. De hecho, no hay que olvidar que Washington aporta la mayor parte del presupuesto de la ONU.

Sea como sea, los gritos de Trump también parecen estar dando resultados con Corea del Norte. Se puso al nivel de Kim Jong-un al decir que enfrentarían las provocaciones del régimen “con un fuego y una furia jamás vistas”. Y también al referirse al líder norcoreano como “el hombre misil” en la Asamblea General de la ONU, el principal foro de la diplomacia.

Pese a las numerosas amenazas militares y nucleares intercambiadas entre ambos líderes, para sorpresa de muchos, las dos Coreas desfilarán bajo una misma bandera en los Juegos Olímpicos de invierno.

Para Trump, el migrante es la causa de todos los males: violencia, narcotráfico, desempleo, terrorismo.

En el continente americano, Trump ha repartido una buena dosis de sus arrebatos. Amenazó a Venezuela con una “posible opción militar”, algo que ha llevado al límite las tensiones con el gobierno de Nicolás Maduro, al que Estados Unidos también impuso sanciones. Esta declaración aparentemente unilateral incomodó al Departamento de Estado, que vio cómo se esfumaban en un segundo años de esfuerzos diplomáticos. Sin embargo, Trump consiguió atraer la atención de la comunidad internacional hacia la situación del país bolivariano.

El mandatario también se ha buscado enemistades con sus dos vecinos a causa del Tratado de libre comercio de América del Norte (TLCAN). Trump considera que beneficia más a sus socios que a Estados Unidos y afrontó la cuestión del mismo modo que el resto: “estamos en pleno proceso de renegociación del TLCAN (el peor acuerdo jamás alcanzado) con México y Canada. Ambos nos lo están poniendo muy difícil. ¿Quizá deba ponerle fin?”, tuiteó el pasado agosto.

Trump suele hacer uso de la amenaza para presionar hasta salirse con la suya. Pero en este caso, no le están dando el mismo resultado. Los tres gobiernos inician este lunes la sexta ronda de negociaciones y, de momento, ni Canadá ni México están dispuestos a ceder a las exigencias estadounidenses. Las conversaciones están completamente estancadas.

La negociación también está atascada en el tema migratorio. A día de hoy, el Senado no ha aprobado ni un centavo para la construcción del muro en la frontera sur y los republicanos están utilizando DACA como moneda de cambio para presionar a los demócratas y cumplir con su gran promesa de campaña. Pero esto le está saliendo bien caro a Trump (y a los estadounidenses). La falta de acuerdo ha llevado al país a un cierre parcial del Gobierno que, dependiendo de su duración, puede llegar a costar miles de millones de dólares - en 2013, una situación similar resultó en pérdidas de 24.000 millones. La oposición no está dispuesta a negociar una ley presupuestaria ni a financiar el muro, a no ser que el mandatario ofrezca una vía hacía la ciudadanía a los casi 800.000 migrantes que llegaron a Estados Unidos siendo menores y a los que DACA, la ley que Trump amenaza con cancelar, protege de la deportación.

En el caso migratorio, el factor del miedo no solo está presente en las amenazas del mandatario, sino también en su discurso. Para Trump, el migrante es la causa de todos los males (violencia, narcotráfico, desempleo) y el importador del terrorismo. Y este mensaje ha calado hondo entre los conservadores, que piden más de ese elixir Trump. La base dura de los republicanos no quedará saciada hasta que el presidente proteja sus fronteras con el muro que les prometió; una barrera que ni su propio Congreso ni México acepta financiar.

Independientemente de si se trata de retórica o de una amenaza real, Trump ha descubierto que la política del miedo le funciona. Y podemos estar seguros de que la seguiremos viendo, por lo menos, tres años más.

 

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