París abre sus puertas a artistas en el exilio

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París (AFP)

"Desde niña, tuve que aguantar que los hombres me tocaran en las calles de Kabul". Años más tarde, cuando Kubra Khademi denunció ese acoso paseándose con una armadura y fue atacada con piedras, supo que debía huir.

París la acogió, como a otras decenas de artistas llegados de países desgarrados.

"Vengo a Europa buscando una vida. Como todos los refugiados. Algo en casa está mal. ¿Por qué? Es una pregunta a la que no hallo respuesta", explica esta afgana, de 28 años, cuyas "performances", desde Pakistán a Francia, revelan una asombrosa determinación, falta de todo temor.

"¿El exilio? Redobla el sufrimiento. Me pregunto por qué escapé. Debería estar con mi gente", admite con una mueca de dolor el poeta y periodista sudanés Moneim Rahma, de 57 años y padre de familia, condenado a muerte por criticar al gobierno de Jartum.

Para el sirio-palestino Samer Salameh, cineasta de 32 años, "incluso durante la guerra, las cosas pueden ser más fáciles en casa, porque es tu país, tu lengua". "Aquí me siento como un pez fuera del agua", dice tímidamente este joven, que mientras era obligado a servir en el ejército, rodó bajo las bombas una película en su devastado campo palestino de Yarmouk, cerca de Damasco.

- La única opción -

Pese a ello, el exilio para los tres era la única opción. Dejaron atrás sus vidas y fueron acogidos por el Taller de Artistas en el Exilio, una asociación que cuenta con ayudas públicas, y en cuyo local parisino unos 120 extranjeros reciben apoyo desde para su instalación hasta para seguir creando su arte, su motor vital.

"Históricamente, París ha sido un lugar adonde llegaban los artistas exiliados, fue el caso de muchos rusos durante los años 1920 y de españoles que huían de la guerra civil" y del franquismo, explica la cofundadora del Taller, Judith Depaule.

Colgados en las paredes de la asociación, pinturas, dibujos, esculturas... cada artista canaliza sus emociones. "El exilio concentra gran parte del trabajo de algunos artistas, en otros no aparece en absoluto, al menos no de forma frontal", dice Depaule.

En momentos en que el gobierno francés se apresta a lanzar una nueva política de migración muy criticada por las asociaciones, la ministra de Cultura, Françoise Nyssen, brindó su apoyo a la asociación, recibiendo el mes pasado a varios de sus artistas.

- La vida itinerante -

Quince de ellos exponen desde entonces sus obras en la fachada del ministerio, entre estas la armadura - de pecho y trasero sobredimensionados - que Khademi encargó a un hojalatero en un mercado de Kabul.

"No dejaba de preguntarme para qué lo quería", recuerda la artista, cuya "performance" a mediados de 2015 en Kote Sangi, uno de los barrios más poblados de Kabul, dio la vuelta al mundo.

A su denuncia contra el acoso sexual en los lugares públicos en Afganistán, Khademi ha sumado otras batallas: en Lahore, en el noreste de Pakistán, donde vivió previamente con su familia, instaló los enseres de su habitación en medio de una carretera en la que los autos debían desviarse para no atropellarla. Su objetivo, subrayar la vida itinerante del refugiado.

"Ahora camino mucho por París, aquí es donde reflexiono sobre mi arte" y donde realiza sus "performances", como en el museo de la Inmigración, explica esta joven, que en 2016 recibió una beca del ministerio de Exteriores y el título de Caballera del Orden de las Artes y las Letras.

- La prisión y la tortura -

Para Rahma la situación es más complicada. Llegó a Francia hace dos años tras haber sido objeto de torturas diarias en prisión.

"Me rompieron las rodillas porque tenía una columna en una revista que se llamaba 'Golpeando las rodillas"', donde abordaba cuestiones sensibles".

Este periodista logró escapar poco después de ser excarcelado, gracias a una campaña internacional, pero su esposa y sus cuatro hijos viven en Etiopía. Rahma sigue luchando para que su familia sea acogida en Francia, donde ha participado en un libro con varios pintores franceses sobre los refugiados.

Salameh pudo finalizar su filme, "194, nosotros, niños del campo", en París. "Las películas para mí son arte. Necesito hacerlas", explica.

"Me obligaron a hacer el servicio militar en 2011. Durante tres años fui un soldado, pero no tuve que batallar. Estaba en el departamento de teatro del ejército". "Salir a filmar era casi imposible. Pero quería mostrar" la guerra, afirma el cineasta.

Ahora, Salameh baraja varias ideas para filmar en Francia, pero todavía se está "recuperando emocionalmente" de su película. "Fue muy duro".