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Carnaval de Barranquilla

Batalla de Flores: el desfile de carnaval con el que Barranquilla desafía al conflicto

Decenas de bailarinas agitaron sus amplias faldas al son de la cumbia.
Decenas de bailarinas agitaron sus amplias faldas al son de la cumbia. Ricardo Maldonado Rozo / EFE
4 min

Miles de personas gozaron del desfile central del carnaval más importante de Colombia, en una colorida jornada en la que Barranquilla dejó atrás el temor provocado por los ataques perpetrados en enero por el Ejército de Liberación Nacional, ELN.

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Diez mil bailarines se enfrentaron contra el sol. Con amplias faldas de cumbia, tocados de plumas y máscaras multicolores participaron en una batalla única. Todos se fundieron en un combate festivo, en una lucha en la que una lluvia de flores desplazó los ataques y las ráfagas de balas y provocó sonrisas en vez de lágrimas y heridas, una a la que Barranquilla bautizó hace más de 100 años como la Batalla de Flores.

En esta ciudad del norte de Colombia, la alegría se escurrió entre los dedos de las mujeres que sostuvieron enormes velas encendidas mientras contoneaban sus caderas al son de los tambores. No les importó el calor. La temperatura aumentó su entusiasmo. Ruborizó sus sonrientes rostros sudorosos y destacó el rojo encendido de sus labios.

Hasta el Cumbiódromo de esta capital costera conocida como la Puerta de Oro de Colombia, llegaron los primitivos sonidos africanos que hicieron vibrar los cuerpos de los danzantes. Por unas horas desparecieron las diferencias. Se desdibujaron las fronteras, las razas y los estratos económicos.

Negros, blancos y mulatos bailaron al mismo ritmo. Todos disfrutaron de una fiesta en la que ser feliz no cuesta más. Se mezclaron en la corriente de aplausos que cercó la mayor avenida contigua al cauce del Río Magdalena, la Vía 40, aquella en la que la celebración solo es sinónimo de sentimientos.

La presentación de cada comparsa fue particular. Mientras que unas se destacaron por el brillo de las lentejuelas, las más tradicionales ocultaron el rostro de sus miembros detrás de llamativos disfraces con un significado popular.

Monos, tigres y hasta lobos mostraron sus inofensivos colmillos de plástico incrustados sobre las pieles de peluche debajo de las cuales se escondían hombres fornidos llenos de vigor y amor por la tradición de esta selva de cemento que en noviembre de 2003 fue declarada por la Unesco como Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad.

Uno de los grupos más grandes fue el de las Marimondas del Barrio Abajo. Entre sus filas, hombres y mujeres se confundieron con peculiares capuchas de las que colgaban enormes orejas y largas narices al estilo de las trompas de los elefantes.

El fulgor se convirtió en música y de los clarinetes salieron notas que inspiraron canciones caribeñas. Todos fueron libres. Pintaros sus cuerpos. Gritaron. Gozaron. Entre ellos estuvo Ricardo Corredor Cure, un colombiano de traje colorado y sombrero épico que desde su rol como capitán de la comparsa 'Disfrázate Como Quieras' destacó el valor de la memoria cultural del Caribe.

Para él, el Carnaval es mucho más que una fiesta. Es un ritual anual en el que las almas se movilizan a través del folclor durante cuatro días en los que se piensa en pasado, presente y futuro. Sin dudas, sin temor, Corredor representa el espíritu de los miles de caribeños que se preparan año tras año para desfogar el orgullo de haber nacido en una tierra marcada por la magia.

Sobre palcos o entre palmeras, los asistentes se contagiaron de la energía propagada por quienes le entregaron el corazón al diseño de las 19 carrozas que engalanaron la ruta. Desde ellas, reinas y actrices lanzaron claveles y besos que el público correspondió con delirio, con la misma pasión desenfrenada con la que los barranquilleros dejaron atrás el martirio que produjeron hace pocos días los atentados perpetrados por el Ejército de Liberación Nacional, ELN, porque en esta ciudad de fiesta, la vida reta a la muerte y el carnaval desafía al conflicto.

Con EFE

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