Producción en Bolivia

Las almas amazónicas tras la cosecha de castañas bolivianas

Las mujeres quiebran de manera natural la leñosa cáscara de las castañas para extraer las almendras.
Las mujeres quiebran de manera natural la leñosa cáscara de las castañas para extraer las almendras. Elena Rodríguez / EFE

Decenas de mujeres amazónicas se entregan al tradicional oficio de recolectar, limpiar y seleccionar castañas para la exportación a los principales países de Europa.

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A los costados del cauce del río Madre de Dios, justo a la altura de la ciudad de Riberalta, se esconden pequeños tesoros marrones que cuelgan de las ramas de enormes y tupidos árboles amazónicos. Les dicen cocos, pero en su interior no guardan agua y en lugar de la blanca carne de estos frutos tropicales, contienen las apetecidas almendras bolivianas.

La recolección y limpieza de las leñosas corazas recae, en su mayoría, en manos de mujeres. Ellas se encargan de quebrar las rígidas cáscaras de manera natural. Con una delicadeza incomparable, sacan de sus centros las pequeñas nueces como si de ellas extrajeran las raíces de la vida. Y, en efecto, parece ser así, ellas y sus familias viven de las cosechas.

Las recolectoras de castañas sufren desnivel salarial

Son madres, esposas y trabajadoras. De la fortaleza de sus almas depende la calidad de la producción. Marta Teresa de Alarce lo sabe. Por eso, a pesar del esfuerzo que le implica mantener su hogar y recolectar castañas, no se aparta de este oficio. Desde hace 38 años se dedica a ello en Puerto Gonzalo Moreno.

Integran toda una legión de recolectoras. Esta es una ocupación popular desde la comunidad en la que vive Marta Teresa hasta el municipio de Contravaricia. Allí, Heidi Galindo lo hace desde hace cuatro décadas. Ella trabaja con sus hijas. Pero su caso es distinto. Pese a la tradición, prefiere que estudien. Quiere para ellas un futuro también entre las hojas, pero únicamente las de los libros.

El proceso de limpieza de las almendras bolivianas es realizado de manera manual.
El proceso de limpieza de las almendras bolivianas es realizado de manera manual. Elena Rodríguez / EFE

En las fábricas en las que trabajan Marta Teresa y Heidi persiste el desnivel salarial basado en la diferencia de género. Ambas ganan menos solo por ser mujeres. Aunque se expongan a los mismos riesgos, sus cuentas son inferiores. En sus recorridos de recolección el peligro hace parte del paisaje y cuando llevaban a sus niños a las extensas jornadas se incrementaba más.

Hace cuatro años eso cambió. La normatividad de protección infantil boliviana prohibió el trabajo infantil aún más en entornos de riesgo como ese. Ante la imposibilidad de llevar a sus hijos con ellas, las recolectoras sufrieron el impacto de no tener dónde dejarlos mientras cumplían con sus horarios.

En Riberalta, industrias como Santa Isabel establecieron acuerdos con las autoridades locales para que ellas pudieran dejar a sus pequeños en una guardería instalada en cercanías a la planta de limpieza de castañas. Un panorama ideal para el trabajo de las recolectoras que tristemente no se repite en los otros puntos de procesamiento.

El 80% de los empleados de las industrias de procesamiento de castañas son mujeres, así lo confirman las cifras de la Federación de Trabajadores de Riberalta. Pero el liderazgo del sector comercial es abanderado por hombres, ellos dominan el 90% de los cargos directos en este mercado natural.

Las castañas, de la Amazonía a Europa y Estados Unidos

Los frutos extraídos y limpiados por las amazónicas manos de mujeres como Marta Teresa y Heidi son sometidos a un proceso secado. Una vez seleccionados y empacados, son exportados. Miles de ellos cruzan el océano para ser consumidos en los principales países de Europa y un porcentaje es enviado al mercado estadounidense.

En los últimos cinco años, Bolivia exportó 123 toneladas de castañas, según cifras del Instituto Boliviano de Comercio Exterior.
En los últimos cinco años, Bolivia exportó 123 toneladas de castañas, según cifras del Instituto Boliviano de Comercio Exterior. Elena Rodríguez / EFE

Marta Teresa, Heidi y la mayoría de las relectoras ganan poco más del salario mínimo estipulado por las autoridades de Bolivia. Sus ingresos no superan los 290 dólares mensuales. Todas hacen malabares para estirar el presupuesto tanto como sus brazos para alcanzar las castañas que desprenden de los árboles.

A la meticulosa misión de extracción contribuyeron las manos de ellas. Cada etapa fue importante para la exportación de las 123.000 toneladas reportadas por el Instituto Boliviano de Comercio Exterior en los últimos cinco años.

No saben durante cuántos febreros más utilizarán los auriculares con los que se protegen del sonido de la planta. Ni cuántas veces más sus codos rozarán las planchas rotativas sobre las que ponen las almendras seleccionadas. Pero, por el momento, sobre sus hombros seguirá el título de las femeninas almas amazónicas que se ocultan tras la codiciada cosecha de castañas bolivianas.

Con EFE

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