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Una transición caótica se eterniza en Libia siete años después de la revuelta

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Trípoli (AFP)

Siete años después del inicio de la revuelta que ocho meses después puso fin a los 42 años del régimen autoritario de Muamar Gadafi, los libios siguen esperando el fin de una transición caótica que perdura y el nacimiento de un Estado democrático.

Para celebrar el aniversario de la revolución del 17 de febrero de 2011, las autoridades prevén festejos en la plaza de los Mártires, en donde Muamar Gadafi pronunciaba discursos, ubicada en el corazón de la capital.

Pero para muchos libios no hay gran cosa que celebrar en este país petrolero en donde siguen ausentes los servicios básicos y la violencia y divisiones no cesan.

Hamdi al Beshir sólo tiene 17 años, pero dice esperar "la liberación desde hace siete años". "No quiero esperar 42 años como lo hizo mi padre con Muamar" Gadafi, añade.

"No quiero esperar que me roben mi juventud y mi vida. Me voy a tirar al mar con los migrantes, sin dar la vuelta", se indigna delante de un negocio de ropa en donde trabaja.

Desde la caída de Gadafi en 2011, que provocó el derrumbe del aparato de seguridad del país, Libia está desgarrada por la lucha de influencia de las numerosas milicias y decenas de tribus que componen la sociedad libia.

En medio de la anarquía, el grupo Estado Islámico (EI) se implantó en el país, ocupando durante meses la ciudad natal de Gadafi, Sirte, de donde fue expulsado en diciembre de 2016. Pero incluso debilitados, los yihadistas siguen merodeando en el desierto y su amenaza persiste.

El país se convirtió asimismo en un lugar predilecto para la inmigración clandestina.

En la arena política, dos autoridades se disputan el poder y ninguna logró restablecer completamente el orden en las porciones de territorio que dicen controlar.

- Inseguridad y escasez -

El gobierno de Unión Nacional (GNA), que nació a fines de 2015 tras un acuerdo impulsado por la ONU, está establecido en Trípoli, mientras que una autoridad rival se instaló en el este del país, controlado en gran parte por las fuerzas del mariscal Jalifa Haftar.

A diario los libios sufren la inseguridad y la escasez. Los cortes de energía y las filas de espera delante de los bancos es la norma.

La industria petrolera, principal fuente de ingresos del país, afectada por la violencia, tiene dificultades para alcanzar los niveles de producción de la época de Gadafi, o sea, los 1,6 millones de barriles por día (mbd).

Para Federica Saini Fasanotti, de la Brookings Institution, con sede en Washington, "los procesos de democratización son -como nos enseña la historia- siempre largos, crueles y muy difíciles".

"Crear una nación puede ser un tema de décadas, siglos en algunos casos", dijo a la AFP.

Todo intento para restablecer el orden se enfrenta cada vez más a la hostilidad de una multitud de grupos armados que cambian su lealtad en función del interés del día.

A modo de ejemplo, miles de los habitantes de Tauarga (oeste) fueron expulsados de la ciudad en 2011 por su apoyo al régimen de Gadafi. El GNA y la ONU negociaron un acuerdo para su regreso. Pero a principios de febrero los grupos armados les impidieron ingresar en la ciudad.

Pero el emisario de la ONU, Ghassam Salamé, prevé la organización de comicios presidenciales y legislativos en 2018, como un medio para restablecer el orden.

El mariscal Haftar, que intentó imponerse en 2017 como la única alternativa al poder, tuvo que plegarse a las exigencias de las potencias occidentales, que reconocen al GNA, y anunció que apoyaba la organización de elecciones.

Haftar, respaldado por Egipto y Emiratos Árabes Unidos, entre otros, logró el verano pasado derrotar a las milicias yihadistas en Bengasi, al cabo de tres años de combates. Pero la violencia continúa en la segunda ciudad de Libia.

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