La tradición manda: nada de hoteles en tierra tribal iraquí

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Ramadi (Irak) (AFP)

Encontrar un hotel en la provincia iraquí de Al Anbar es misión imposible. Para los habitantes de esta zona tribal acoger a los viajeros en casa es una cuestión de honor.

Esta región fronteriza con Siria estuvo durante tiempo bajo control de los yihadistas del grupo Estado Islámico (EI) y pocos se aventuraban en su capital, Ramadi, hasta la liberación en 2016.

Ahora, comerciantes, inversores, empresarios y obreros de la construcción llegan a esta provincia, atraídos por los negocios florecientes después de años de depresión.

"Recientemente tenía que reunirme con un cliente en Faluya (...) Llamé a la puerta para preguntar a los habitantes si lo conocían", cuenta Karim al Basrawi, un comerciante de piezas sueltas de coches.

"Me hicieron creer que sí para convencerme de que entrara en sus casas. Me sirvieron té y dieron de cenar antes de confesar que no conocían a esa persona. Y cuando les dije que tenía que encontrar un hotel para pasar la noche, se ofendieron y me rogaron que durmiera allí", cuenta este hombre de 35 años originario de Basora (sur).

Una tradición tribal que trasciende la pertenencia a una u otra comunidad, ya que el visitante era chiita y la mayoría de la población de Al Anbar es sunita.

- 'Respetamos a Dios' -

"Respetamos al visitante como respetamos a Dios", explica el jeque Mohamed Jalaf, jefe de la poderosa tribu Shaabani, que vive en Ramadi.

Mejor no mentar los hoteles. "No autorizaremos nunca su contrucción", sostiene el hombre de 45 años, tocado con kufiya de cuadros rojos y blancos.

"Cuando construimos nuestras casas, pensamos primero en la diwaniya (sala de recepción), que debe ser grande, aunque tengamos que dormir en una habitación", añade el jeque.

"Si no se ofrece hospedaje al viajero, todas las personas que te conocen lo considerarán una deshonra", explica el peluquero Omar al Nimr.

En 2008, durante la guerra entre yihadistas de Al Qaida y las fuerzas estadounidenses e iraquíes, un adolescente de 12 años llevó, en pleno bombardeo, yogur y dátiles a un periodista de la AFP que se escondía en un vergel de Faluya, otra ciudad importante de Al Anbar. Y el niño lo convenció para que pasara la noche en casa de sus padres.

Este comportamiento se debe, según el antropólogo francés de origen iraquí Dawod Hosham, al "tribalismo".

"En estas condiciones, es difícil imaginar que un visitante pueda buscar un hotel donde las tradiciones locales imponen un deber de hospitalidad. Es el caso de otras ciudades de la provincia", precisa a la AFP.

- 'Las tribus se oponen' -

En el centro de Ramadi hay una estructura de hormigón abandonada. Fue el único intento en 2013 de una compañía turca de levantar un hotel, pero el grupo EI se apoderó de la ciudad y las obras se detuvieron. "Ni siquiera los yihadistas quisieron entrar en ella", comenta Moaz, un habitante.

Athal Obeid Dhahi, miembro del consejo provincial de Al Anbar, considera necesario construir hoteles "para bodas, fiestas o la acogida de delegaciones", pero según él más vale no plantearlo, porque "las tribus están en contra".

Según Hosham Dawod, aparte de la oposición tribal, "la situación política y de seguridad es tal que resulta difícil imaginarse un movimiento turístico hacia Anbar".

La provincia no se deshizo del todo de los yihadistas; todavía quedan algunos en regiones en la frontera con Siria.

En Al Anbar los habitantes se rebelaron contra el gobierno chiita de Bagdad y acogieron a los yihadistas del EI (sunitas al igual que ellos) como si fueran protectores. Lo mismo hicieron antes con Al Qaida.

Se desengañaron pronto, pero era demasiado tarde y el grupo logró imponer su ley despiadada en la provincia.

Para el jeque Mohamed al Shaabani, lo importante es preservar la tradición. "Siempre les decimos a nuestros invitados: 'Vosotros sois los propietarios y nosotros los invitados' (...)".