El estadio Mané Garrincha, el "elefante colorido" y solitario de Brasilia

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Brasilia (AFP)

El estadio de Brasilia es un gigante de 73.000 asientos erigido para la Copa del Mundo de 2014 y los Juegos Olímpicos de Rio-2016. Pero un año y medio después de su última gran cita tiene un desolador promedio de 100 espectadores por partido.

Apoyado en sus 288 finas columnas de 36 metros de alto y con sus tribunas rojo sangre, el Mané Garrincha fue la obra más cara del mundial.

Una joya de la arquitectura deportiva que en todo 2017 no albergó un solo juego relevante y debió recurrir a casamientos, carreras de obstáculos, fiestas privadas y grabaciones de videos de folclore para cubrir parte de sus costos.

Incluso algunas de sus oficinas interiores fueron reconvertidas en despachos de la administración municipal. Todo un retrato de una ciudad sin tradición futbolera y apartada de la ruta de los eventos culturales masivos.

Ocioso y con un costo de 1.600 millones de reales (cerca de 500 millones de dólares), que más que duplicó el presupuesto original, el mote de elefante blanco era inevitable.

Pero en el gobierno del Distrito Federal (DF) le inventaron otro para aludir a la mirada de negocios que son necesarios para explotar un estadio de clase mundial en una ciudad sin ningún equipo en las primeras tres de las cuatro divisiones profesionales del fútbol brasileño.

"Es un elefante, pero más colorido que blanco (...) con todas esas medidas conseguimos que sea un poco más colorido que otros que fueron construidos para la Copa", afirma sonriendo Jaime Recena, secretario adjunto de Turismo del DF.

El Mané Garrincha, nombrado en honor a uno de los grandes cracks brasileños de la historia, quizá no llegó a su magrísima media de cien personas el pasado 21 de febrero cuando el Brasiliense derrotó 1-0 al Bolamense con un gol de penal.

El juego por el Campeonato Candango disputado en un día laboral fue la postal del anticlima. Un puñado de simpatizantes esparcido en un océano de asientos vacíos escuchaba nítidamente los gritos de los jugadores retumbando por las gradas silenciosas.

A tres meses del Mundial de Rusia, la arena es una lección de lo que debe evitarse cuando se piensa en megaobras deportivas, afirma Recena.

- Fuera de ruta -

Lo primero que se ve al llegar al estadio en pleno centro de la ciudad futurista inaugurada en 1960 es un anillo de estacionamientos en desuso, aprovechados por las empresas de transporte para dejar sus ómnibus.

En su interior, aún decorado con gigantografías de Rio-2016, las oficinas tienen una maravillosa vista sobre el campo de juego. En una de ellas, una pizarra escrita a mano enumera la breve serie de eventos previstos en 2018: Foro Mundial del Agua, 42º Congreso de la Sociedad de Zoológicos y Acuarios de Brasil, un show del cantante lírico Andrea Bocelli y otro de Roger Waters.

"Construirlo fue una decisión muy mala", resume Júlio César Reis, presidente de la Agencia de Desarrollo del DF (Terracap), que financió la obra con dinero público.

"Desde entonces, pasamos por muchas dificultades financieras y dejamos de invertir en infraestructura urbana, como agua, cloacas, pavimento, energía", agrega.

Terracap espera lanzar en marzo un proceso de concesión por 35 años, que incluya el desarrollo de un paseo a cielo abierto con tiendas y lugares de entretenimiento. Una especie de rambla de Barcelona en la sabana brasiliense, según la presentación del plan.

"Precisamos atraer grandes eventos, pero esa no es la tarea del Estado", explica Reis.

- Corrupción -

Estrenado para la Copa Confederaciones de 2013 con un puntapié de la entonces presidenta de izquierda Dilma Rousseff (destituida en 2016), el estadio es hoy uno de los tantos símbolos de un tiempo en que Brasil parecía destinado a dejar de ser el país del futuro que nunca llega.

Después vinieron el Mundial y los Juegos de Rio, y como tantas otras obras públicas del gigante sudamericano, pasó a ser investigada por corrupción.

"El corrupto va donde está el dinero. Y el dinero en estos últimos años estaba en las obras y la construcción de esos grandes eventos deportivos", explica Gil Castello Branco, secretario general de Contas Abertas, entidad civil dedicada a controlar presupuestos públicos.

El año pasado la policía arrestó a un asesor del actual presidente Michel Temer y a dos exgobernadores del DF en un caso que indaga desvíos en la construcción del estadio.

La cancha fue soñada como parte del recorrido que llevaría a la selección más premiada de la historia a su sexto campeonato mundial. Pero Brasil fue masacrado por Alemania 7-1 en la semifinal y la gesta tuvo un final amargo.

"Era un año de elecciones (...) La fiesta estaba programada. Brasil sería campeón del mundo (...) Pero el 7-1 cambió completamente esa realidad", recuerda Castello Branco.

"La Copa trajo muy pocos beneficios a Brasil", sentenció.