Uagadugú, entre la impotencia y la ira tras el ataque yihadista

Anuncios

Uagadugú (Burkina Faso) (AFP)

Con las ventanas rotas, bloques de hormigón arrancados y edificios calcinados, el Estado Mayor general del ejército de Burkina Faso en Uagadugú, considerado un lugar casi intocable en el corazón de la capital, ofrecía un panorama de desolación un día después del ataque de un comando yihadista.

Una escena "apocalíptica" según el primer ministro burkinés, Paul Kaba Thiéba.

El doble ataque perpetrado el viernes contra el Estado Mayor y la embajada de Francia en Uagadugú dejó ocho muertos y más de 80 heridos entre los militares, según un último balance de fuentes de seguridad. Fue reivindicado el sábado por el Grupo de Apoyo al Islam y los Musulmanes (GSIM). Ocho atacantes fueron abatidos, según la misma fuente.

En los pasillos del Estado Mayor, todas las ventanas tenían los cristales rotos. El edificio quedó aislado por un perímetro de seguridad de 150 metros de radio, constató un periodista de la AFP.

En los alrededores, los parabrisas de los vehículos estaban destrozados y había cristales rotos en la calle, al pie de los inmuebles.

Es el resultado de la explosión de un vehículo bomba, que precedió a un tiroteo, afirmaron los comerciantes cuyas tiendas, pese a encontrarse lejos del lugar de los hechos, también tenían los escaparates rotos.

En la entrada este del Estado Mayor, cuyo portón también fue devastado, el periodista de la AFP pudo ver ventanas, aparatos de aire acondicionado e incluso bloques de hormigón arrancados, así como impactos de bala en las paredes, algunas de las cuales quedaron calcinadas.

Y en el lateral de la entrada sur, la garita se incendió, mientras que de los árboles del patio solo quedaban los ennegrecidos troncos.

La policía científica se movilizaba buscando pistas, mientras que los militares sacaban de los edificios los efectos personales, bolsas y ordenadores.

- Miedo en 'Uaga' -

"El Estado Mayor es el lugar con más seguridad, en pleno centro de Uaga", exclamaba un comerciante, Ablassé Uedraogo, utilizando el diminutivo del nombre de la capital.

Desde su tienda, presenció el insólito ataque la víspera, en pleno centro de la capital de Burkina Faso, reconociendo haber tenido mucho "miedo".

Como otros vendedores capitalinos, no ha vuelto a abrir su tienda, pero acudió a ver cómo estaba la situación, todavía conmocionado.

"Ayer [viernes] hubo mucho pánico, la gente corría en todas direcciones por la ciudad, intentaba volver a sus casas. Las tiendas cerraban, las escuelas también", cuenta Sayuba Uedraogo, un conductor de 36 años. Los ladrones aprovecharon la confusión para robar los teléfonos y accesorios de telefonía que vende en un pequeño puesto callejero, lamenta.

Cuando empezó el ataque, el viernes por la mañana, "la gente corría, dejaron todo, incluso las motos, las bicicletas, trepamos una valla para refugiarnos", cuenta Zondi Mahamadi, de 52 años, vendedor de cigarrillos frente a la embajada de Francia, a dos kilómetros del Estado Mayor.

"¿Acaso la religión ordena a la gente que se mate? La religión nunca dice eso", exclama.

"En la época de Blaise [Campaoré, expresidente derrocado protestas populares en 2014], no veíamos este tipo de cosas". "El régimen sólo tiene que negociar con los yihadistas si no puede combatirlos", considera Alassane Sawadogo, un guardia de seguridad de un banco situado cerca del Estado Mayor, cuyo escaparate también quedó destrozado por la explosión.

"Hace falta una reconciliación, hace falta que el Mogho Naba [el jefe tradicional más importante de Burkina Faso] y los jefes religiosos se impliquen para que haya una reconciliación nacional franca", considera Ablassé Uedraogo.

El ataque del viernes es el tercero en dos años en la capital burkinesa, después de los de agosto de 2017 contra un café restaurante en la principal avenida de la ciudad (19 muertos) y el de enero de 2016 contra un hotel y un restaurante, en la misma avenida, que apuntó especialmente a los occidentales, dejando 30 fallecidos.