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Presidenciales en Rusia: la economía, ¿talón de Aquiles de Putin?

Vladimir Putin, buscando el crecimiento perdido.
Vladimir Putin, buscando el crecimiento perdido. Alexey Nikolsky / AFP

Seguro de su reelección el domingo, Vladimir Putin goza de un equilibrio económico a medias. La razón: no aprecia para nada este sector, que considera como una simple influencia al servicio de su estrategia global de poder.

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“It’s not the economy, stupid !” La esperada victoria de Vladimir Putin en las presidenciales rusas del domingo 18 de marzo no tendrá nada que ver con la economía, lo que desafia la célebre frase de James Carville, estratega de Bill Clinton, quien aseguraba en 1992 que una elección se ganaba siempre con base en las cuestiones económicas.

Vladimir Putin parece omnipresente, tanto en sus tierras como en la escena internacional, pero hay un sector que todavía se resiste a él: la economía: “El presidente ruso no es un economista, está lejos de serlo. Acude a sus consejeros sobre estos temas, siempre fijándoles una directriz: la economía debe reforzar la soberanía de Rusia y, de ser posible, su estrategia de poder”, explica Julien Vercueil, especialista en economía rusa del instituto nacional de lenguas y civilizaciones orientales (Inalco), contactado por France 24.

Estancamiento económico

La situación económica del país se abordó claramente durante el debate televisado entre los candidatos a la presidencia, el 28 de febrero… pero como Vladimir Putin se negó a participar “no es posible decir que se trate de un reto electoral”, anota el experto francés.

El jefe del Kremlin también trató de simular un cambio mejorando las condiciones de vida de los rusos y adaptando el país a las transformaciones económicas prioritarias, tras su comunicado a la nación el 1º de marzo, pero se trató más de promesas en vano que de intervenciones con medidas concretas.

Los dieciocho años de Vladimir Putin en el poder (completando los cuatro años entre 2008 y 2012 cuando fue Primer ministro) ilustran su falta de interés por la cuestión económica. “Los primeros años estuvieron marcados por algunas reformas importantes como el establecimiento de un impuesto único (en 2001), pero luego de esto no hizo nada significativo”, resume Alexander Libman, especialista en Rusia de la universidad de Munich (Alemania), contactado por France 24. Más moderado, Julien Vercueil considera que “las grandes orientaciones durante los últimos dieciocho años nunca han sido muy coherentes”.

La economía se vengó de haber sido relegada al segundo plano de las prioridades. “Rusia vive en un estado de estancamiento económico. Si bien ha tenido períodos de crecimiento, fueron contrarrestados por recesiones (2009 y 2015-2016)”, explica Alexander Libman.

Los rusos sufren directamente con esta apatía económica. Su nivel de vida ha disminuido un 20% frente a 2014 y el número de personas que viven por debajo del umbral de pobreza pasó de 15,5 millones en 2013 a 20 millones en 2017.

Sin embargo, comparando la situación actual con la del comienzo del mandato de Putin, el panorama es menos sombrío. “El nivel promedio de vida aumentó más del doble, la pobreza disminuyó, las condiciones sanitarias mejoraron notablemente, la esperanza de vida y la natalidad aumentaron”, recuerda Julien Verceuil.

Pero Vladimir Putin no ayudó mucho. “Lo esencial de la mejoría se produjo entre 2000 y 2008, período durante el cual los precios del petróleo se multiplicaron por diez”, apunta el economista.

“El impacto de las sanciones está sobrevalorado”

Una conclusión que demuestra hasta qué punto Rusia, primer exportador de petróleo, depende del oro negro. El Kremlin trató, sin éxito, de cortar este cordón umbilical. “Pero, ni Vladimir Putin ni los grandes productores nacionales lo controlan, lo cual debilita la soberanía económica del país”, asegura Julien Verceuil.

Si la buena salud económica del país depende esencialmente de factores externos, no ocurre lo mismo con sus debilidades. El Kremlin trata con frecuencia de justificar sus males con las sanciones internacionales impuestas tras la anexión de Crimea en 2014, pero el “impacto de las sanciones está sobrevalorado”, asegura Alexander Libman.

Si bien estas han reducido los intercambios comerciales y afectado los bolsillos de algunos oligarcas, sus efectos se sienten sobre todo a corto plazo. Las debilidades estructurales vienen “de cargas administrativas, del nivel de las infraestructuras y de la corrupción”, enumera el experto alemán.

Todos problemas para los cuales el poder no ha encontrado una solución. A esto se le añade el activismo del presidente ruso en la escena internacional. Su propensión a querer imponer la impronta rusa en cada expediente, las crisis provocadas por sus esfuerzos en jugar el juego diplomático junto a Estados Unidos (sospecha de intervención durante las elecciones estadounidenses, anexión de Crimea, rol jugado en Siria), han “creado un clima de inestabilidad nefasto para las empresas rusas y los inversionistas, quienes no tienen visibilidad sobre la evolución del país”, subraya Alexander Libman.

Así, la anexión de Crimea, “obligando a replantearse un orden geopolítico regional garantizado por Rusia misma, sacudió completamente el ambiente de los actores económicos. Esto explica que le haya seguido la fuga más importante de capitales en la historia reciente de Rusia –más fuerte aún que en el momento de la crisis de los ‘subprimes’”, anota Julien Vercueil.

Tentación soviética

Cuando Vladimir Putin no está ocupado sacrificando la economía en aras de su búsqueda de poder internacional, trata de controlarla. “Los primeros signos se remontan al desmantelamiento del loukos [el imperio del oligarca Mikhaïl Khodorkovski], en 2003-2004”, recuerda Alexander Libman. Desde entonces, la tendencia no ha hecho más que acentuarse.

Tras los años de privatizaciones desenfrenadas luego de la caída de la Unión Soviética, el Estado central hizo su gran retorno a la economía real bajo Putin. Primero, volviendo a ganar un cierto control sobre las empresas consideradas como estratégicas (materias primas energéticas), luego en todos los sectores. “Hoy en día, las empresas controladas por el Estado pesan casi tres cuartos del PIB ruso”, apunta Konstantin Sonin, especialista en Rusia de la universidad de Chicago.

Para Alexander Libman, esta evolución traduce la tentación de un regreso al modelo centralista de la Unión Soviética. Un regreso a una época en el que el Estado disponía de su riqueza para comprar los favores y el apoyo de distintos lobbies. “Si Vladimir Putin sucumbe ante esto, multiplicando las nacionalizaciones o estableciendo un control de los precios, por ejemplo, la economía rusa se iría al piso”, considera este economista.

Por ahora, el riesgo es apenas teórico porque el presidente ruso “es lo suficientemente astuto como para evitar ceder ante todas las presiones”, reconoce Alexander Libman. En cambio, el peligro de una crisis social es más real. No inmediatamente porque “los rusos encuentran trabajo –la tasa de desempleo es menor del 5%–, ganan un salario que les permite subsistir y se alimentan de la propaganda rusa”, estima el economista alemán.

Pero a largo plazo, “un estancamiento prolongado volvería a hundir en la pobreza una parte de los hogares, los cuales se beneficiaron del crecimiento a comienzos de los años 2000, lo que podría provocar protestas”, analiza Julien Vercueil. En cualquiera de los casos, la pregunta sería saber hasta dónde está dispuesto a llegar el poder para tener la situación bajo control.

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