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Los obuses, el pan de cada día de los habitantes de Damasco

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Damasco (AFP)

Los rostros de dos hermanos, Karim y Nayef Kabbani, fallecidos por el disparo de un obús, sonríen en inmensos retratos colocados en la fachada de un edificio de un suburbio de Damasco.

"Todos los muros están cubiertos de fotos de mártires", dice Rowad Shahada ante el retrato de Karim, cerca del agujero que dejó el obús que mató a su amigo.

A pesar de la ofensiva del régimen de Bashar Al Asad contra el bastión rebelde de Guta Oriental, al este de la capital, los disparos de obuses y cohetes rebeldes en dirección de Damasco no se han interrumpido.

El régimen justificó la ofensiva que empezó el 18 de enero por los disparos de obuses rebeldes contra la capital, que en un mes causaron 50 muertos, según la oenegé Observatorio Sirio de Derechos Humanos (OSDH).

"Cada vez que cuelgan un nuevo retrato tengo miedo de mirarlo y descubrir que se trata de alguien que conozco", dice Shahada, de 28 años, que vive en Jaramana, un suburbio al este de la capital siria.

Aunque la intensidad de los bombardeos en la capital se redujo en las últimas semanas, siguen cayendo obuses casi a diario en Jaramana y en los barrios del este de Damasco, al alcance de los rebeldes.

En todas las esquinas hay cráteres en la acera.

En Bab Tuma, un barrio del casco antiguo de Damasco célebre por sus bares y restaurantes, los establecimientos anularon sus programas de noche por falta de clientes.

- "Guerra demente" -

En el este de Damasco los habitantes se han acostumbrado a vivir con el ruido de fondo de los bombardeos y de los combates de Guta Oriental.

En su casa, Rua Maaruf, una mujer de 30 años, intenta escapar a esa realidad poniendo la música a fondo. También dejó de seguir las noticias. "Trato de escaparme de la guerra, pero me sigue por todas partes", lamenta la joven, que trabaja en una organización caritativa.

"Día y noche hay explosiones. Los conductores de taxi escuchan las noticias en la radio. Las ambulancias trasladan heridos todo el día", dice Maaruf.

A la inversa, Kanana, una madre de 34 años, se ha vuelta adicta a las noticias y quiere que "el régimen gane para poner fin a los disparos de obuses".

La mujer dice poder diferenciar "el ruido de los obuses y el de los disparos de artillería" y sueña con un país en paz para su único hijo, Mayyar, de cuatro años.

La guerra en Siria, que empezó en 2011, ya ha dejado más de 350.000 muertos.

"Quiero que esta guerra demente termine antes de que crezca. No quiero que viva lo que viví. No tendría respuestas si me pregunta", dice.

En Bab Sharqi, otro barrio del viejo Damasco, en el este de la capital, Melhem Melhem cuenta cada obús que cae cerca de su café. "Hubo 25", dice este hombre de 38 años.

Su establecimiento está casi vacío y sus empleados se pasan el día delante de la televisión siguiendo las noticias.

"Bab Sharqi era un barrio lleno de vida, donde la gente venía a pasar la noche. Ahora es un lugar donde la gente se acuesta temprano", lamenta.

Por su parte, Zein Jazam, una socorrista de 27 años, envía todas las horas un mensaje por Whatsapp a su madre, que vive en Alepo (norte), únicamente con un signo de puntuación.

"Es sólo para que se tranquilice y que sepa que sigo viva", explica.

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