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El viaje agotador de los evacuados de Guta en una Siria dividida

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Qalaat al-Madiq (Syrie) (AFP)

Con la frente pegada al cristal de la ventanilla, la niña observa el paisaje de edificios destruídos mientras el autobús se pone en marcha. Para los civiles evacuados de Guta oriental es el comienzo de un periplo extenuante en una Siria dividida.

Miles de evacuados se van del último bastión rebelde a las puertas de la capital, reconquistado en más del 90% por el régimen, con rumbo a la provincia de Idlib (noroeste) que escapa al control de Damasco. Les espera un viaje de doce horas, generalmente de noche, bajo escolta de militares rusos.

Antes tienen que armarse de paciencia y esperar horas a las afueras de Damasco, hasta que las decenas de autobuses se llenen.

Desde el 22 de marzo, más de 17.000 personas -en su mayoría combatientes desarmados con sus familias y simples habitantes- se fueron de los territorios rebeldes de Guta.

"Nos cachearon, anotaron nuestros nombres y quitaron varios cargadores de municiones a cada combatiente", declara Mohamed Omar Jeir, de 20 años, cuando se dispone a salir de Guta.

"La policía militar rusa supervisaba toda la operación", añade.

En medio de un paisaje apocalíptico en Arbin, exfeudo rebelde devastado por el bombardeo del régimen, hombres, mujeres y niños, encaramados a montículos de escombros, esperan su turno para embarcar con sus escasas pertenencias: sacos de yute, mantas y hatillos modestos.

En la autopista de las afueras de Damasco, el convoy se va alargando a la espera de luz verde para partir. Un autobús está adornado con racimos de uva de plástico y pieles falsas.

- Insultos -

Un militar ruso sube al vehículo y supervisa a los soldados sirios que realizan una última inspección. El ambiente es distendido. "No habla una palabra de árabe", bromea uno de los evacuados.

Un poco más lejos, la Media Luna Roja siria reparte galletas, pistachos y agua.

El convoy sale de la región de Damasco. A lo largo de toda la ruta hacia Idlib, más al norte, equipos de militares rusos, que escoltan los autobuses en sus propios vehículos, se van relevando.

El cansancio se nota. Los niños se quejan. "¡Para ya!", grita una madre. "Siéntate", le dice un padre a su hija.

El convoy avanza hacia el norte por territorio del régimen. El puerto mediterráneo de Tartús, la ciudad de Banias y la provincia de Hama.

En la carretera se ve un barrio residencial modesto controlado por el gobierno. No hay destrozos, sino palmeras a lo largo de una calle de edificios con fachadas cuidadas. En un cruce hay retratos del presidente Bashar al Asad y de su predecesor, su padre Hafez, acompañados por los colores de la bandera siria.

En un retén del régimen, varios soldados ven pasar el autobús y lo graban con su teléfono móvil o hacen un gesto obsceno levantando el dedo del medio. Los pasajeros los insultan.

- "Un infierno" -

El convoy llega al pueblo de Qalaat al Madiq, un sector bajo control rebelde de la provincia de Hama (centro) en la carretera hacia Idlib. En las dos primeras horas de viaje, reina el silencio. Los más jóvenes duermen y los adultos están agotados.

Bajan maletas llenas a rebosar y bolsas de plástico con sus enseres. Unos socorristas transportan a los heridos a una clínica móvil para cuidados básicos. Un joven con la cabeza vendada espera su turno en una silla de ruedas.

Los viajeros descansan en el suelo y reponen fuerzas para el resto del viaje. Su destino: los campos de desplazados o casas de conocidos. Sentada junto al equipaje, una joven devora un plátano.

Desde el lanzamiento de una ofensiva devastadora el 18 de febrero, el régimen reconquistó más del 90% de los territorios rebeldes de Guta.

Más de un mes de bombardeos aéreos y de combates mataron a más de 1.600 civiles, según el Observatorio Sirio de los Derechos Humanos (OSDH).

"Nuestra situación era realmente muy difícil. Nos privaron de lo más básico. No teníamos agua, muchas enfermedades se desarrollaron", afirma Mohamed. "Transformaron nuestra vida en un auténtico infierno".

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