La historia del exmandatario brasileño

El camino de Lula, de presidente a prisionero

El expresidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva durante una manifestación en Río de Janeiro el 2 de abril de 2018.
El expresidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva durante una manifestación en Río de Janeiro el 2 de abril de 2018. Ricardo Moraes / Reuters

El exmandatario brasileño tiene una historia marcada por la lucha sindical que lo respalda, aún tras el encierro con el que empezó a pagar la condena a 12 años que pesa en su contra por corrupción.

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Luiz Inácio Lula da Silva nació pobre. Tenía pocos zapatos y conoció el trabajo a los cinco años, cuando empezó a vender naranjas. Su historia es la de un niño soñador que se convirtió en el presidente más popular de Brasil y que, tras un escándalo por corrupción, terminó como un líder prisionero.

Tiene canas, 72 años, cinco hijos y un pasado gris. Sacó a millones de brasileños de la miseria y ahora no encuentra la salida hacia la libertad. Pasó a vivir en una celda, luego de haber dirigido su país. El 7 de abril empezó a cumplir su pena. Se entregó.

Pese a los cargos que pesan en su contra, aquel aliento de sindicalista curioso que salió de una familia analfabeta marcada por el alcoholismo de su padre, Aristides Inácio da Silva, parece seguir brillando ante los miles de seguidores que aún creen en él, los mismos que se agolpan a las afueras de la sede de la Policía de Curitiba clamando su regreso a la arena política y que convocan que marchas en su defensa.

Es visto por muchos como un trabajador que defendió el trabajo. A los 14 años ya sabía lo que era entregarse 12 horas diarias a su labor en una productora de tornillos. La necesidad económica de su familia no permitió que continuara con sus estudios, aunque era un alumno ejemplar. Solo logró retomar la academia cuando se formó como tornero en el Servicio Nacional Industrial de Brasil. En una extensa jornada como tornero perdió parte de un dedo meñique, pero no la entrega.

Con su ascenso al poder, continuó con la premisa que lo llevó a erigirse como precursor de la mejora de las condiciones laborales para los empleados del sector de la metalurgia, el segmento industrial del que hizo parte en su juventud.

El expresidente Lula durante el lanzamiento de su libro, que se llevó a cabo en Sao Paulo, Brasil, el 16 de marzo de 2018.
El expresidente Lula durante el lanzamiento de su libro, que se llevó a cabo en Sao Paulo, Brasil, el 16 de marzo de 2018. Paulo Whitaker / Reuters

Creció en un país desigual y se empeñó en demostrar que la voluntad puede más que la clase social. Quiso lograr lo que no había ocurrido en la historia de su nación y lo consiguió, hasta que luego de alcanzar la cima, figuró como el primer expresidente brasileño en ir a prisión.

De la casa de Gobierno a una celda de 15 metros cuadrados, así cambió su realidad en medio de la controversia en la que fue acusado de recibir un lujoso apartamento cerca a la playa por favorecer a una compañía en el otorgamiento de una serie de contratos. Entonces, quedó lejos de la playa y de la libertad, dos de sus pasiones.

El segundo encierro de Lula

Su infancia transcurrió en Caetés, una precaria población de Pernambuco a la que años atrás se le conocía como la aldea de Vargem Grande. Varios de sus hermanos son hijos de la prima de su madre, Eurídice Ferreira de Melo. Se enorgullecía de su origen humilde y aseguró no deberle a su padre nada más que la vida.

No le temía a nada. Presidió las huelgas que hicieron tambalear la dictadura militar que dominaba el territorio brasileño, fue allí cuando conoció por primera vez el encierro. Pero eso no lo detuvo. Años más tarde, fundó el Partido de los Trabajadores.

Intentó tres veces llegar a la Presidencia, en 1989, en 1994 y en 1998, hasta que en 2002 lo alcanzó. Para entonces, ya no era aquel barbudo y desarreglado político que prometía revolucionar la administración de los recursos públicos, sino un maduro representante listo para gobernar bajo el que describía como un gobierno pacífico.

Un grupo de manifestantes con retratos del expresidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva en una manifestación en Buenos Aires, Argentina, el 6 de abril de 2018.
Un grupo de manifestantes con retratos del expresidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva en una manifestación en Buenos Aires, Argentina, el 6 de abril de 2018. Agustin Marcarian / Reuters

Su falta de preparación educativa no le impidió hacer parte del listado de los personajes más influyentes del mundo que fue publicado por la revista ‘Newsweek’ en 2008. Tuvo tres relaciones. La última fue con Marisa Letícia Rocco Casa, a quien unió su vida en 1974 y de quien la muerte lo separó en febrero de 2017 a causa de un accidente cardiovascular.

Aunque los rumores en su contra empezaron a sonar desde 2005, solo lo alcanzaron hasta 2016, cuando se convirtieron en la mayor piedra en su camino, una enorme piedra llamada Petrobras.

A medida que los juicios se fueron acumulando en su nombre, la incertidumbre sobre el dictado de una sentencia creció a su alrededor como una amenaza latente que se materializó en 2017, cuando escuchó la declaratoria que muchos no querían: “Lula es culpable”.

Declarada su culpabilidad, su condena, que en principio era de nueve años, fue ampliada a doce por un juzgado en segunda instancia. Sentencia que comenzó a purgar en una celda que espera que no sea la última estación de su camino, aquel que lo condujo por el rumbo de presidente a prisionero.

Con EFE y Reuters

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