En Israel, los migrantes africanos se sienten víctimas de "racismo"

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Tel Aviv (AFP)

En un parque cercano a la estación de autobuses de Tel Aviv, decenas de migrantes africanos esperan que los israelíes vengan a ofrecerles un trabajo por el día, algo que les permita vivir en un país donde muchos no los quieren.

Hace una semana, el primer ministro Benjamin Netanyahu acabó con las esperanzas de miles de inmigrantes clandestinos, en su mayoría de Sudán y Eritrea, al anular por sorpresa un acuerdo con la ONU que habría permitido a algunos de ellos ser reubicados en países occidentales y a otros obtener un permiso de residencia temporal en Israel.

"Yo no tengo futuro", lamenta Mohamed Idris, un sudanés de 32 años entrevistado por la AFP unos días después de la medida de Netanyahu que les cayó como un balde de agua fría.

Este hombre llegó hace seis años a Israel, vive de forma modesta en una habitación que alquila en Tel Aviv con otros cuatro migrantes. Suele trabajar en la construcción para empleadores israelíes.

- ¿A dónde nos llevará el viento? -

Hoy por hoy, frente a la intransigencia del gobierno, muestra su angustia: "No sabemos a dónde nos llevará el viento".

Desde hace meses, los cerca de 42.000 migrantes africanos que viven en Israel están pendientes, acechados, por los anuncios del gobierno.

La mayoría llegó al país después de 2007, desde Egipto. Esa frontera, antes porosa, es ahora prácticamente hermética.

Netanyahu prometió el año pasado "devolver a los ciudadanos de Israel" el sur de Tel Aviv, donde viven una gran parte de estos africanos.

Un primer plan gubernamental ordenaba a estos migrantes partir a sus países de origen u otro país antes del 1 de abril. De lo contrario podrían ser condenados indefinidamente a la cárcel. Las mujeres, los niños y los hombres con familia no estaban incluidos en este plan.

Sin embargo, el Alto Comisionado para los Refugiados de la ONU y personalidades israelíes, entre ellos sobrevivientes del Holocausto, denunciaron este proyecto.

Israel admitió que no podía devolver a sus países a los sudaneses y eritreos sin poner en riesgo sus vidas. El régimen de Eritrea fue acusado por la ONU de cometer crímenes contra la humanidad "generalizados y sistemáticos", mientras el presidente sudanés es investigado por la Corte Penal Internacional (CPI) por acusaciones de crímenes de guerra.

Entonces Israel pensó en reubicar a estos migrantes en un tercer país, Ruanda, que se negó.

Una vez anulado ese plan, fue reemplazado por un acuerdo que preveía la reinstalación de más de 16.000 sudaneses y eritreos que viven en Israel en países occidentales, y regularizar la residencia de otros migrantes en territorio israelí.

Pero confrontado por el ala más dura de su coalición de derechas, Netanyahu tuvo que anular también aquel plan que había anunciado con gran pompa. Según un sondeo reciente, dos tercios de los judíos israelíes apoyan la expulsión de migrantes.

En los barrios pobres del sur de Tel Aviv, algunos habitantes celebran su eventual salida del país.

"Hay que expulsarlos a todos", declaró a la AFP Meir Bashar. "Yo no quiero parecer racista o extremista pero no hay ninguna razón para expulsar una parte y dejar a otros".

- Color de piel -

Para una parte de quienes se oponen a los migrantes africanos, lo que está en juego es la sostenibilidad del carácter judío del Estado de Israel, que desde su punto de vista, está amenazado por estas personas que no son judías.

Los habitantes del barrios de Nevé Shaanan en Tel Aviv afirman que su presencia es uno de los factores del aumento de la criminalidad y la prostitución.

Los migrantes denuncian racismo.

"Lo que les molesta es nuestro color de piel. Es por eso que quieren expulsarnos", afirmó Halofom Sultan, presidente del comité de migrantes eritreos de Nevé Shaanan.

Yordonsh Tekla, una joven eritrea de 28 años, contó que llegó en 2010 a este país siguiendo a su marido.

Mientras prepara una comida para la fiesta de Pascua, en su apartamento decorado con imágenes de Jesús, cuenta que estuvo presa en Eritrea con su suegra después de que su esposo se escapara del país.

Fredi Karabuskel, otro eritreo que no puede volver a su país, sostiene: "Yo creo que aquí la gente está de acuerdo con nuestra presencia, pero eso que hace el primer ministro es racismo (...) Él detesta a los negros".