Treinta y dos años después de Chernóbil, Natalia regresa finalmente a casa

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Pripyat (Ucrania) (AFP)

Natalia acaricia con la mirada las paredes desconchadas pero no toca nada, por miedo a la radiación, mientras las lágrimas corren por sus mejillas. Treinta y dos años después de la catástrofe de Chernóbil, está de vuelta en su casa, en la ciudad fantasma de Pripyat.

La vida de su familia cambió radicalmente el 26 de abril de 1986, cuando el reactor nº4 de la central nuclear de Chernóbil explotó, contaminando buena parte de Europa.

Los 50.000 habitantes de Pripyat, ciudad construida a solo dos kilómetros de la central para alojar a sus empleados, fueron evacuados al día siguiente de la peor catástrofe nuclear de la Historia. Entre ellos, los padres y la hermana de Natalia.

Marchada a estudiar a Kiev dos años antes, la joven volvía frecuentemente para visitarles. Se suponía que debía hacerlo también el día de la explosión, un sábado, pero le dijeron en la estación que los trenes y autobuses ya no iban allí.

Cerca de 350.000 personas fueron evacuadas en un radio de 30 kilómetros alrededor de la central, un área de exclusión todavía deshabitada.

"Mis padres no podían resignarse al hecho de que ya no podían volver allí", recuerda Natalia. "Fue un golpe muy duro para ellos".

Su padre fue el único en volver a su casa abandonada, cuando participaba en los trabajos de limpieza alrededor de la central en los años 1980. Una experiencia que fue traumática para él, desalentando a Natalia de viajar a la ciudad de su infancia.

- Viaje en el tiempo -

"No estaba moralmente preparada y también me preguntaba qué impacto tendría (la radiación) en mi salud, porque tenía hijos que criar", explica esta mujer de negocios que vive en Kiev. "Pero este año me di cuenta de que era hora de ir porque los edificios se están cayendo a pedazos".

Para llegar allí, ha pagado una excursión turística de un día a Chernóbil y ha ido con su marido, sin avisar al resto de su familia.

Ha llegado a otro mundo. Convertida en el símbolo internacional del peligro del átomo, la ciudad de sus sueños de su infancia no es más que un vestigio. Los edificios residenciales tienen rotas sus ventanas, las carreteras están cubiertas de musgo y la densa vegetación ha vuelto irreconocibles sus barrios desiertos.

Tras deambular un buen rato y gracias a un GPS, encuentra finalmente la dirección deseada: el número 30 de la calle Lessia Oukrainka.

"¡Es aquí!", se detiene Natalia, jadeando. "¿Creen que puedo entrar?", pregunta con timidez. Las autoridades de la zona prohíben hacerlo debido al riesgo de colapso, pero ella se adentra en la oscuridad.

Dos pasos más y está en su apartamento en la planta baja, cuya puerta está abierta. Una habitación, otra, la sala de estar...

En una biblioteca todavía quedan algunos libros. "Esos de ahí los compró mi madre", continúa, antes de ponerse a llorar. Dice que experimenta una sensación de "culpa" por "la humanidad que ha permitido que eso suceda".

Su marido, un hombre fuerte con el pelo corto y canoso, graba todo para enseñárselo a sus dos hijos. "Ella había soñado mucho tiempo con venir y yo le dije: vamos", dice.

"No esperaba poder entrar al interior, como máximo echar un vistazo por la ventana", explica su esposa. Superadas las primeras emociones, parece casi serena.

"He encontrado lo que perdí, al menos una pequeña parte de mis recuerdos", confía. "Es muy angustioso, al principio ha sido un shock, pero luego he sentido que he cumplido con mi deber respecto a mi ciudad y mi apartamento, que no he olvidado ni olvidaré nunca".