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Jerusalén, entre la satisfacción y la resignación

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Jerusalén (AFP)

Resignación por parte palestina y satisfacción contenida en el lado israelí: las reacciones de la gente reflejan este lunes la división en la ciudad santa, que albergará la embajada de Estados Unidos.

El barrio palestino de Jabal Mukaber, fronterizo con el que alberga las instalaciones de la embajada, escenario en el pasado de enfrentamientos entre sus habitantes y las fuerzas del orden israelíes, estaba calmo por la mañana.

Husein Iwesiat, que participa en la gestión del barrio, confía a la AFP que "este traslado no influirá en la vida de los habitantes, pero tendrá un impacto político, ya que reforzará a Israel e incitará a la intolerancia".

"La ocupación (israelí) será animada a volverse más violenta", predice.

Para los palestinos, el traslado de la embajada estadounidense a Jerusalén, decidido por Donald Trump, quien respalda el reconocimiento por parte de Estados Unidos de la ciudad como capital de Israel, es visto como una provocación insoportable.

Sin embargo, la Ciudad Vieja, situada en la parte palestina anexada por Israel, estaba bastante tranquila y la mayoría de las tiendas permanecían abiertas.

Sentado frente a la tienda de antigüedades donde trabaja, Ali Jaber, de 53 años, café en mano, ve pasar turistas despreocupados. "Me siento insultado como árabe, humillado por todo lo que pasa. ¿Hasta dónde llevarán la ocupación? ¿Pero qué podemos hacer?", se pregunta, fatalista, este comerciante que siempre ha vivido en Jerusalén.

Nihad Abu Snaineh, de 32 años, sentada en medio de la colorida ropa de su tienda, en pleno zoco, no cree en las manifestaciones. "Si hubiera una gran manifestación la policía no nos daría ningún regalo, golpearán a los manifestantes, les meterán en la cárcel. ¡Incluso meten a los niños en la cárcel!", se enfada.

Al otro lado de las murallas de la Ciudad Vieja, en la principal arteria del centro de Jerusalén Oeste, ondean banderas estadounidenses e israelíes.

Loai Jalil, de 40 años, también está trabajando. En su tienda de recuerdos, defiende su presencia como "una forma de resistencia". "Mi presencia es mi vínculo con Jerusalén", añade.

Por su parte, Hamed, de 25 años, cuelga telas de colores delante de su tienda. Para él, las celebraciones en realidad reflejan cierta preocupación de los israelíes.

"Cuando tu casa no te pertenece, te sientes obligado a decirles a todos que es tuya", asegura.

- Alegría contenida del lado israelí -

Al otro lado de las murallas de la Ciudad Vieja, en la principal arteria del centro de Jerusalén Oeste, ondean banderas estadounidenses e israelíes.

Para Elisa Rak, de 31 años, madre de dos niños, que vive en Jerusalén desde hace 12 años, "es un día particular pero habría preferido que el traslado de la embajada se hubiera hecho por un tipo que no sea un racista homófobo", en referencia a Trump.

Unos metros más lejos, la gente está sentada en las terrazas de los cafés o de compras.

"Soy escéptico respecto al futuro, pero el apoyo estadounidense a Israel es importante", cree Yaakov Cohen, que inmigró desde Estados Unidos hace 25 años y vive en la región de Jerusalén. "Si las palabras tienen un sentido, los hechos todavía más, por lo que es un día histórico", dice.

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