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En Polonia, la historia de la Segunda Guerra Mundial nunca termina de escribirse

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Varsovia (AFP)

Setenta y tres años después de la Segunda Guerra Mundial, muchos polacos creen que quedan cuentas que saldar tras un conflicto que dejó un país destruido, seis millones de muertos, episodios sombríos del Holocausto y décadas de mentiras del régimen comunista.

El partido conservador Derecho y Justicia (PiS) logró sacar rédito electoral a ese sentimiento. Desde que llegó al poder a finales de 2015, inició un espectacular activismo por la memoria, defendiendo su manera de leer la historia del país y llevando a cabo varias iniciativas que han conseguido reabrir viejas heridas.

Con nuevos museos y monumentos en honor a héroes considerados en parte por los conservadores como "vetados" hasta entonces en la historia nacional, exposiciones y programas de enseñanza modificados, el Estado ha atizado varias iniciativas denominadas "patrióticas", desde películas y espectáculos a celebraciones que ensalzan el heroísmo y el martirologio de los polacos.

Sería el caso de la historia ejemplar de Witold Pilecki, un oficial de reserva polaco que dejó atrapar por los alemanes, que lo internaron en Auschwitz, para tejer allí una red de resistencia, antes de huir y escribir un informe excepcional. Tras la guerra, fue detenido, torturado y finalmente ejecutado por sus compatriotas comunistas en 1948.

Varsovia se prepara para reclamar a Alemania reparaciones de guerra evaluadas en unos 850.000 millones de euros, al tiempo que echa abajo todo monumento dedicado al Ejército Rojo, que expulsó a los nazis de Polonia en 1945, aunque importó el régimen comunista en su lugar.

Una reciente ley polaca sobre el Holocausto está pensada para atacar a todo aquel, incluidos los extranjeros, que acuse "contrariamente a los hechos", según el texto, a la nación o al Estado polaco de participar en los crímenes de la Alemania nazi.

El texto provocó tensiones con Israel, Estados Unidos y Ucrania.

Israel y la diáspora judía temen que las fórmulas legales aprobadas impidan a los supervivientes del Holocausto dar testimonio de los crímenes cometidos por los polacos a sus familiares.

- Medio siglo desastroso -

"Tenemos mucho trabajo por delante para recordarle al mundo la historia de Polonia. La actitud de Israel y de otros países procede del desconocimiento de nuestra historia", declaró a la AFP Karol Nawrocki, el nuevo director del museo de la Segunda Guerra Mundial de Gdansk (norte).

Parece que los actos de heroísmo de los polacos que arriesgaron su vida para salvar a los judíos, muchos de los cuales murieron por culpa de sus conciudadanos polacos, son menos conocidos en el extranjero.

El inmenso museo de Gdansk, abierto en 2017 para presentar un panorama del conflicto mundial, centrado en la suerte de los civiles, fue criticado por los conservadores por no dedicar suficiente espacio al heroísmo de los polacos. Su nuevo director está modificando su mensaje para remediarlo.

La historia moderna de Polonia está marcada por la desaparición de este otrora poderoso reino del mapa político de Europa en 1795, un breve periodo de recobrada independencia en 1918, caracterizada por su deriva autoritaria, y que terminó en 1939 con la invasión alemana y soviética.

A esto le siguió "una segunda mitad de siglo desastrosa, una particularidad que hay que subrayar en el diálogo con Europa occidental", insiste Nawrocki.

Seis millones de ciudadanos polacos, incluidos tres millones de judíos, fueron abatidos durante la Segunda Guerra Mundial y "el año 1945 no fue el de la liberación sino el de una nueva sumisión, pues nos convertimos en una nueva colonia de un Estado totalitario (soviético) durante los 45 años que siguieron. Ese trauma sigue ahí", recalca.

Hasta la caída del sistema comunista en 1989, el discurso oficial sobre la historia moderna de Polonia no pudo estar completo. Páginas enteras -crímenes estalinistas, el Holocausto, la potente resistencia no comunista- de la época de la guerra fueron cortadas, arrancadas o reescritas.

Sin embargo, el trabajo de memoria dista mucho de haber terminado pues, por ejemplo, si bien ahora se exalta la resistencia no comunista y anticomunista, el papel del ejército polaco que combatió junto a los soviéticos está, por su parte, prácticamente olvidado.

- Jesucristo entre las naciones -

Según Janusz Czapinski, psicólogo social de la Universidad de Varsovia, los 200 años de dependencia perturbaron la formación de la identidad de los polacos, lo que habría suscitado esta fijación por la historia pero "una historia mítica de la nación, basada en dos elementos: la grandeza de antaño y la traición por los otros", es decir, por los aliados occidentales, tanto en 1939 como después de la guerra.

Asimismo, los polacos que creyeron en el comunismo son tachados por los nacionalistas, a menudo en bloque, de traidores.

Para el historiador Andrezj Paczkowski, muchos polacos tienen "un problema" con la historia de su país, un complejo propio de países que perdieron su estatus de potencia, "una Polonia 'Jesucristo entre las naciones', un mesías crucificado al final".

Un concepto simple y al alcance, mientras "el PiS se sirve de la historia para movilizar a la gente, jugando con los sentimientos, para decir 'estamos trabajando para que Polonia se vuelva grande', como Trump, que promete que Estados Unidos será grande de nuevo aunque nunca haya dejado de serlo", subraya Paczkowski.

Pero "¡ellos también lo creen! Y se sorprenden de que su país, del que creían que era el más valiente de todos y que salvó a tantos judíos, haya pasado a ser objeto de acusaciones", añade.

Y, sin embargo, minimizan el hecho de que muchos judíos murieran por culpa de sus conciudadanos católicos, si bien el gobierno polaco en el exilio y la resistencia nunca aprobaron el antisemitismo y lo combatieron.

Los polacos ven esta historia "a través de unas gafas de color rosa y eso no tiene prácticamente nada que ver con el pasado" de la Polonia ocupada, lamenta por su parte Jan Grabowski, un historiador polaco-canadiense especializado en el Holocausto a través de los destinos individuales y las relaciones polaco-judías.

Los conservadores están decididos a apostar por el tema de la identidad nacional, incitando a la gente, sobre todo a los jóvenes, a plantearse cuestiones que no "tienen nada que ver con las decisiones que tocará tomar en la vida real... Es una enfermedad infantil de la democracia en Polonia", según Czapinski.

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