Saltar al contenido principal

El campo base del Everest, "gentifricación" a más de 5.000 metros de altura

Anuncios

Campo base del Everest (Népal) (AFP)

El campo base del Everest se transforma cada año en una pequeña ciudad en la que se puede encontrar de todo, desde una panadería a duchas calientes o verdura fresca, un remanso de confort a 5.364 m de altitud en medio de montañas hostiles y heladas.

Más de 2.500 yaks y un baile de helicópteros son necesarios para hacer llegar todo el equipo de este vivac de tiendas levantado frente a las aterradoras crestas y grietas del glaciar de Khumbu.

Casi 1.500 personas pueblan la ciudad más elevada del planeta en abril y mayo, entre alpinistas, cargadores, guías y médicos.

"Lo primero que pregunta la gente al llegar es dónde está el wifi. Luego, dónde están las duchas de agua caliente", cuenta Russell Brice, propietario del operador Himalayan Experience, que tiene fama de tener el mejor campamento de la montaña.

La rudeza y la camaradería montañesa del campo base, donde todo alpinista que aspire a llegar a coronar el Everest pasa casi dos meses para acostumbrar su cuerpo a la altitud extrema, han dado paso a una minúscula metrópolis "gentrificada".

El internet inalámbrico ha sustituido a los caros teléfonos satelitales, que en su día ya remplazaron a los mensajeros a pie. Y las duchas calientes a base de energía solar están a la orden del día.

Los helicópteros efectúan un enlace diario de ida y vuelta con la civilización, aportando provisiones frescas y transportando clientes. Los deportistas más adinerados incluso pueden disfrutar de unos días en un hotel de lujo de Katmandú antes de volver a la montaña para iniciar el ascenso.

- Bienestar -

Para Russell Brice, esas pequeñas comodidades son esenciales para mantener el físico y la moral de los alpinistas que se disponen a escalar a una altura casi equivalente a la altitud de crucero de un avión de línea: "cómo se siente la gente influye en su rendimiento en la montaña", señaló.

El campo base se estructura como una aglomeración de varios campamentos-barrios. Cada agencia de alpinismo cuenta con su propio vivac.

En el campamento de Alpine Ascents, el desayuno incluye café turco, pues "las máquinas de capuccino no funcionan en altitud", indica su director, Gordon Janow.

En la zona de Seven Summit Treks, una panadería despide un apetitoso olor a bollería caliente.

En Adventure Consultants, el jefe bermudeño James Perry prepara el desayuno en una tienda con dos placas de cocción a gas y un horno que funciona cuando quiere como único equipo.

"Cocinamos muchos platos sencillos. A la gente parece que la gusta la comida simple. Estar aquí tan lejos de las ciudades y de la vida normal hace que todo el mundo esté feliz con una ensalada básica y verduras frescas", explica este cocinero, que en el pasado trabajó en casa del embajador en Bruselas y en un restaurante con tres estrellas Michelin.

- Una "colina" de... 8.848 m -

Greg Vernovage, de International Mountain Guides, no ve en estos pequeños lujos más que el curso normal de "la evolución de los campamentos base". Pero para otros son síntomas del cambio de mentalidad en el Everest, donde en el último cuarto de siglo el número de alpinistas aumentó de forma vertiginosa.

Hace solo quince años, los efímeros residentes de "la Colina" -apodo que le han dado los iniciados al Everest- se conocían todos. Las agencias intercambiaban partes meteorológicos, las frecuencias de radio de cada equipo eran de notoriedad pública y el grog de whiskey caliente en el campamento vecino al caer la tarde era un ritual casi obligatorio.

Pero, ahora, una brecha social parece separar a los diferentes campamentos en función del precio que hay que pagar por la expedición. Los operadores baratos proponen tarifas en torno a "a penas" 20.000 dólares, mientras que las más reputadas facturan unos 70.000.

A esto se suma la brecha que hay entre los operadores nepalíes y los internacionales.

Algunas empresas extranjeras, que operan de vez en cuando en el Everest desde que Nepal liberalizara su ascensión en los años 1990, culpan a sus competidoras locales de sacrificar la seguridad de sus clientes en una feroz guerra de precios. En cambio, los locales acusan a las compañías extranjeras de considerar la montaña como un puesto de avanzadilla colonial.

Página no encontrada

El contenido que solicitó no existe o ya no está disponible.