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Amargo ramadán en el norte sirio para los desplazados

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Maaret Masrin (Syrie) (AFP)

Tras sobrevivir durante años en Guta Oriental, región sitiada por el régimen sirio, Um Samer puede finalmente preparar una verdadera comida para la ruptura del ramadán, pero lejos de su ciudad natal, el mes sagrado musulmán tiene un sabor amargo.

Arrodillada cerca de un pequeño calentador en una casa de tierra en el noroeste de Siria, esta mujer de 51 años prepara el iftar, la comida de ruptura del ramadán.

"Hay muchos alimentos aquí pero lejos de casa es realmente difícil", dice, recordando a Zamalka, una ciudad de Guta Oriental, región cerca de Damasco en donde había un importante bastión rebelde que el régimen reconquistó en abril luego de varias semanas de ofensiva.

Um Samer, su marido y sus cinco hijos --dos de ellos minusválidos-- llegaron hace dos meses a un campamento cerca de Maaret Masrin, en la provincia de Idlib. Como decenas de miles de personas, huyeron de la ofensiva del régimen contra el bastión sitiado desde 2013.

Para ellos los recuerdos de ese periodo siguen latentes: diluvio de bombas, malnutrición, escasez de medicamentos y alimentos, inflación.

- Precariedad -

En aquel entonces, Um Samer hacía lo posible para paliar el hambre de sus niños con sorbos de agua, rábanos, espinacas o perejil.

Los mejores días, la familia comía una ínfima porción de bulgur o un pedazo de pan de cebada.

Las noches de ramadán no diferían de los otros días del año. La familia comía rábanos y hojas comestibles para romper el ayuno.

"A veces esperábamos incluso dos días antes de romper el ayuno porque no había nada que comer", cuenta Um Samer.

"No podíamos siquiera obtener galletas para los niños", recuerda.

En el mundo musulmán, el mes de ramadán es un momento de oración y empatía hacia los pobres, pero también de reunión familiar.

En Guta Oriental los bombardeos del régimen mataron a 1.700 civiles, según una ONG, e hicieron esa tradición imposible, dice Um Samer.

"Cuando preparábamos el iftar comenzaban los bombardeos", cuenta.

"Este año en Idlib es muy diferente", afirma.

Los siete miembros de la familia comparten una cena con arroz, carne, ensalada y verduras salteadas.

Pero esta cena no hace olvidar la dureza de sus vidas, dominada por la precariedad, luego de años de sufrimientos.

- 'Nuestra tierra' -

Para Um Samer, volver a comenzar una nueva vida lejos de su hogar y encima sin ingresos, es difícil. "Allá nos sentíamos bien porque era nuestra ciudad, nuestra casa, nuestra tierra", dice.

Aquí "no hay trabajo", lamenta.

La familia cuenta con las ayudas, en particular de asociaciones caritativas que distribuyen a diario para los desplazados decenas de comidas durante el ramadán.

Um Mohamad llegó a Maaret Masrin hace poco más de un mes con sus cuatro hijos y su marido. Dice que finalmente puede comer a gusto, gracias a las ayudas.

En Guta Oriental "pasamos once días sin poner ni una sola cacerola al fuego", cuenta. Con su familia sufrió los bombardeos del régimen. "Antes de la guerra nadie cocinaba un plato utilizando sólo rábanos".

"Pero estábamos sitiados y todo lo que teníamos bajo la mano servía" para la cocina, dice.

Hoy está contenta de poder ofrecerse un iftar como se debe, aunque lo celebre sin dos de sus hijos, muertos en los combates.

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