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Junto a la zona desmilitarizada, los surcoreanos confían en la paz

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Yeoncheon (Corea del Sur) (AFP)

Ya no prestan atención ni a los disparos de entrenamiento ni a los altavoces norcoreanos que difunden propaganda. Los surcoreanos que viven junto a la zona desmilitarizada confían sin embargo en que la cumbre entre Kim y Trump conduzca a la paz.

Para llegar a su arrozal, Choi Ki-joong debe cruzar un retén del ejército surcoreano a apenas cuatro kilómetros del vecino rival.

A sus 75 años, este agricultor solo puede acceder a sus tierras con la luz del día. Y en periodo de tensión, ni eso.

La Zona Desmilitarizada, o DMZ, es la muestra más visible de la Guerra de Corea que terminó en 1953 con un armisticio. Lograr un tratado de paz podría formar parte de las discusiones del martes en Singapur durante la histórica cumbre entre el líder norcoreano Kim Jong Un y el presidente estadounidense Donald Trump.

Pero en 65 años de paz armada, Choi y los otros habitantes de Yeoncheon, unos 60 km al norte de Seúl, se han acostumbrado a este interminable estado de guerra.

"Vivimos con ello y seguimos con nuestras vidas", afirma. "Podemos seguir viviendo así (...) o si ambas partes lo quieren podemos darnos la mano y vivir juntos como coreanos y pasar de un lado al otro", agrega.

Las huellas de la guerra, particularmente sangrienta en este sector entre soldados chinos y estadounidenses, están omnipresentes.

Una patrulla militar cruza el pueblo donde un viejo cartel de madera proclama: "Si quieres la paz, prepara la guerra".

En los últimos años, los habitantes fueron evacuados en dos ocasiones debido a los disparos procedentes de Corea del Norte en represalia por acciones de propaganda del Sur. Los impactos que en 2014 dejó la artillería de Kim Jong Un se pueden ver cerca del ayuntamiento con un cartel que dice: "La guerra no ha terminado, es una tregua".

"Estamos acostumbrados a los disparos de cañón y los tiros de artillería", asegura a la AFP un hombre que carga sacos de pepinos en su camión.

- "Me siento más segura" -

Su indiferencia es compartida por muchos otros surcoreanos a lo largo de la frontera entre los dos países.

En Myungpari, otro pueblo fronterizo, Lee Kyung-ae, propietaria de un pequeño restaurante, dice que la presencia militar la "tranquiliza". "De hecho, me siento más segura", afirma. "Ya no presto atención" al ruido de los ejercicios del ejército surcoreano que se han vuelto tan frecuentes.

Su pueblo se encuentra en una vía de acceso al monte Kumgang, un lugar turístico de Corea del Norte que antes frecuentaban los visitantes del Sur. Seúl puso fin al programa de excursiones hace diez años, tras la muerte de una turista surcoreana por una bala del ejército norcoreano.

El reciente deshielo entre las dos Coreas podría hacer que los turistas vuelvan a Myungpari, confía Lee.

Pero un hipotético fin del conflicto intercoreano reduciría también el número de soldados desplegados cerca de la zona desmilitarizada, lo que penalizaría a la economía local.

Esta perspectiva preocupa a Heo Beom-koo, de 63 años, que vende mochilas y otro equipamiento militar desde hace cuatro décadas en Yanggu.

"Este es mi problema particular. Pero como surcoreano (...) creo que es necesaria una mejoría de relaciones entre Estados Unidos y Corea del Norte", admite.

Si las cosas mejoran de verdad, piensa deslocalizar su pequeña empresa al norte, "porque el ejército es vital para defender la península coreana".

Pero si un día vuelve a estallar la guerra, Heo también se adaptaría: "Llevaré todo mi material al ejército y lucharé con ellos".

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