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Colombia: ¿el voto en blanco será protagonista en la segunda vuelta presidencial?

Vista general de una mesa de votación en Cali, departamento del Valle del Cauca, tomada durante la primera vuelta de las elecciones presidenciales en Colombia el 27 de mayo de 2018.
Vista general de una mesa de votación en Cali, departamento del Valle del Cauca, tomada durante la primera vuelta de las elecciones presidenciales en Colombia el 27 de mayo de 2018. Luis Robayo / AFP

A pocos días de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, Colombia se debate en la lucha multicolor de Iván Duque y Gustavo Petro por captar la atención de los electores que respaldan el voto en blanco.

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El voto en blanco en Colombia es como una carga explosiva de larga mecha que solo ha logrado estallar cinco veces. Desde 1979, el año en el que la normatividad de ese país le abrió un espacio a esta alternativa electoral a través de la Ley 28, la apuesta por la independencia de los sufragantes empezó a hacer parte de los tarjetones en todos los comicios, pero nunca antes cobró tanta fuerza de cara a una elección presidencial.

A días de la segunda vuelta, que se celebrará el 17 de junio, Colombia sigue dividida en una puja política en la que miles de electores contemplan el voto en blanco como una posibilidad entre las dos opciones para suceder en el poder al presidente Juan Manuel Santos: Iván Duque y Gustavo Petro.

Mientras que Duque y la marea azul de su campaña por el frente político Centro Democrático no descansan en el afán contrarreloj por captar los votos que le garanticen la entrada al Palacio de Nariño, las alianzas de Petro y su propuesta violeta de construir una Colombia Humana buscan salir a flote en medio de un panorama en el que buena parte de los colombianos que respaldaron las candidaturas de Sergio Fajardo y Humberto de la Calle permanecen indecisos.

El valor del voto en blanco solo tiene consecuencias prácticas en primera vuelta: si gana esa opción se tendrían que repetir las elecciones con candidatos diferentes que propongan los mismo partidos en contienda. Pero si el voto en blanco llega a ganar en la segunda vuelta no tendría incidencia alguna, por lo que la victoria la Presidencia la obtendría el candidato con mayor votación.

La puja multicolor por captar el posible electorado blanco

El 27 de mayo, de los 36.783.940 colombianos habilitados para votar en la primera vuelta presidencial, solo 19.636.714 acudieron a las urnas. Cifra que, según las estadísticas de la Registraduría Nacional, equivale al 53,38% de la participación total.

De ese 53,38% de ciudadanos que votó, el 23,73% lo hizo por Sergio Fajardo, el 2,06% le apostó a Humberto de la Calle y el 0,31% respaldó a los promotores del voto en blanco por el Partido de Reivindicación Étnica, los cuales saltaron a la arena política tras la aprobación de la Ley 1475 que, desde el 2011, permite que los movimientos promuevan esta opción con posibilidad de financiación.

Entre los electores de Fajardo, De la Calle y los que originalmente votaron en blanco, suman 5.049.188 votantes que, en la carrera por el poder se convierten en un potencial decisivo. De ellos, 4.589.696 son del primer candidato y su Alianza Verde, 399.180 del segundo y su postulación por el Partido Liberal y, finalmente, 60.312 naturalmente blancos.

Ante los dos bandos, el azul de Duque y el violeta de Petro, el mensaje blanco se alza como tema de controversia. Para unos, es una muestra de silencio con la que se da vía libre a que los demás decidan el futuro del país y, para otros, representa el temor a crear coaliciones que puedan ser reprochadas.

Fajardo y De la Calle dejaron “libres” a sus electores al no respaldar ni a Duque ni a Petro, posiciones con las que abonaron el terreno para el fortalecimiento de una tendencia política en la que la independencia también lleva un mensaje: el de un pueblo hastiado de gobiernos tradicionales.

Aunque los números dejan ver que, esta vez, el voto en blanco no cobrará la fuerza que, tal como lo reseña la Misión de Observación Electoral (MOE), alcanzó la victoria en las elecciones para la Alcaldía de Susa (Cundinamarca) en 2003 y que tampoco repetirá las hazañas de 2007, 2010, 2011 y 2013, cuando los electores eligieron el blanco en los comicios a la Alcaldía de Maní (Casanare), las elecciones al Parlamento Andino, las de la Alcaldía de Bello (Antioquia) y las atípicas a  la Gobernación del Huila, respectivamente, al menos sí mantiene en incertidumbre a los candidatos.

La incertidumbre política ante el desespero por las alianzas

Este es un escenario atípico. En un país en el que los frentes tradicionales lograban ubicar al electorado en orillas distantes sin asomo de dudas, el potencial votante de Fajardo y De la Calle tienen en sus manos la alternativa de decidir entre el regreso al mando de un candidato que representa la extensión de los postulados del expresidente Álvaro Uribe y la opción de renovación política ofrecida por Petro, pese a la estela de señalamientos que se cierne sobre su campaña por su pasado en las filas del grupo M-19.

Para la abogada y especialista en Derechos Humanos Tatiana Dangond, el voto en blanco representa una manifestación de la ciudadanía que no está satisfecha con los candidatos que pasaron a segunda vuelta.

“Este voto, si bien no tendrá ninguna valoración o validez por parte del sistema electoral colombiano, por tratarse de la segunda vuelta, es una manifestación simbólica de un país que le apuesta a un cambio en la agenda política”, explica Dangond.

El temor a las reformas del Acuerdo de Paz, que fue firmado con la guerrilla de las FARC el 24 de noviembre de 2016, se dibuja como una arista clave para quienes siguieron el proceso que terminó con el fin de un conflicto de 52 años que, de acuerdo con el Alto Comisionado de Paz, dejó cerca de ocho millones de víctimas.

Aún nada está dicho. Pero, ante el cese de los fusiles, Colombia se encuentra frente a unas elecciones históricas en las que el voto el blanco se erige como un posible protagonista y eleva la voz de quienes todavía no se casan con ningún bando.

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