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Hasta en el Palacio del Elíseo, Francia celebró la música

DJ Kiddy Smile y bailarines celebran la 'Fiesta de la Música´ en el patio del Palacio presidencial del Elíseo, en París, el 21 de junio de 2018.
DJ Kiddy Smile y bailarines celebran la 'Fiesta de la Música´ en el patio del Palacio presidencial del Elíseo, en París, el 21 de junio de 2018. Christophe Petit Tesson / Reuters

Como cada 21 de junio desde 1982, Francia celebró la fiesta de la música. Tres mil conciertos tuvieron lugar a lo largo del país para honrar este arte. Ya son 120 naciones del mundo entero las que se inspiran de la celebración gala.

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Decenas de personas haciendo cola para entrar en el Palacio presidencial francés del Elíseo. Controles policiales tres veces más férreos a los ya duros que tiene la casa del mandatario francés. Y es que Emmanuel Macron quiso marcar la diferencia este 21 de junio, día de la Fiesta de la Música, y organizó una rave en el patio de palacio: los primeros 1500 en inscribirse en un sorteo público disfrutaron del talento nacional de artistas de música tecno como Kavinsky, Busy P, Chloé y Kiddy Smile.

Jack Lang no necesitaba invitación, que se paseaba por la calle de Faubourg Saint Honoré como verificando que todo estuviera en orden afuera del Palacio. El actual director del Instituto del Mundo Árabe fue quien en 1982 como Ministro de cultura inventó esta locura que se llama Fête de la Musique: "Como creador estoy muy feliz de que esté presente en el Elíseo y más este año porque yo siempre he luchado por el reconocimiento de la música tecno que encontró muchas dificultades para desarrollarse en Francia. Este ingreso al Elíseo es una suerte de reconocimiento".

Tres mil conciertos en la noche más larga del año

Este 2018, tres mil conciertos fueron organizados en toda Francia. Según la encuesta realizada en el 82, cinco millones de franceses, un 11% de la población en esos años, reconoció tocar un instrumento. El ministro y sus asesores decidieron entonces que el 21 de junio, día del solsticio de verano y el día más largo del año, todo el mundo saliera a las calles a invadirlas con música, en una fiesta en la que todo estaría permitido.

“Estoy por las dos cosas, estamos para divertirnos”, decía Benoit en los jardines del Ministerio del Ultramar donde, como parte de la fiesta, se presentaron artistas de los territorios de ultramar franceses: Martinica, Guadalupe, la Guyana, San Pierre y Miquelón y La Reunión, entre otros. Con las dos cosas Benoit se refería a la música que pudo descubrir en una jornada como ésta pero también al partido de fútbol entre Perú y Francia por el mundial Rusia 2018.

Los organizadores del Ministerio de Ultramar instalaron una pantalla gigante para que nadie se perdiera un detalle del encuentro. “Estoy por el fútbol y la fiesta” reconocía también Marie Gerard, una martiniquesa que llevaba una corona tricolor de flores en la cabeza, la camiseta del equipo de fútbol de Francia y una corneta para hacer ruido. “Intenté desmarcarme con mi camiseta, mi estrella, y mi bocina para crear ambiente. Yo espero un 2 a 1”, decía entusiasta pegada a la pantalla.

Más callado estaba Roberto Córdoba, el único peruano entre todos los franceses. “Vamos a ganar”, decía en voz baja para no despertar sospechas, “soy el único peruano aquí”.

En parques, bares, iglesias y balcones y esquinas: la fiesta de la música invade todas las calles

La fiesta se fue extendiendo por todos lados. Cruzando el Sena, a un costado del Museo del Louvre, un grupo de sesenteros que desempolvó sus chaquetas de cuero, cantaba los hits de los Rolling Stones. Dos damas vestidas de diseñador de nombre bailaban en frente rock and roll desenfadadas.

No lejos de allí, en el barrio gay de Le Marais, una batucada irrumpía en plena calle de la Verrerie, añadiendo un ruido más a la mezcla de música dance, jazz y latina que se oía por allí. Un niño se sumó al baile así como algunas chicas que no perdían de vista al profesor que dirigía al grupo. Los bares estaban a reventar, porque a esa hora también había quienes miraban el partido entre Argentina y Croacia.

Una iglesia tenía cola pues en su interior no había misa sino un concierto clásico. Mientras en otra esquina, un grupo de amigos abría la ventana de su departamento y mezclaba discos para quien quisiera y pudiera escucharles. Sin querer, su música se transformó en la banda sonora de dos artistas de calle que botaban fuego por la boca. Es la prueba de que en Francia, un 21 de junio, uno se puede topar con cualquier cosa.
 

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