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Nicaragua y la impotencia de sus abuelos resignados

Andrea López con la foto de Carlos Manuel López, asesinado durante la protesta contra el gobierno en Masaya, Nicaragua, el 29 de junio de 2018.
Andrea López con la foto de Carlos Manuel López, asesinado durante la protesta contra el gobierno en Masaya, Nicaragua, el 29 de junio de 2018. Jorge Cabrera / Reuters

Decenas de abuelos nicaragüenses lloran la muerte de sus nietos, aquellos jóvenes a los que los reclamos de justicia les cobraron la vida en los enfrentamientos con las fuerzas del Gobierno del presidente Daniel Ortega.

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En Nicaragua los abuelos lloran de impotencia. Auxiliadora Cuéllar, Manuel Mendo y Marta Uceda son tres de esos abuelos. Pasean su rabia entre los féretros de sus nietos muertos. Le fruncen el ceño al recuerdo de las que eran sus familias antes de que se desatara la ola de enfrentamientos entre las fuerzas del Gobierno del presidente Daniel Ortega y quienes, desde las calles, reclaman un futuro mejor.

Están dispuestos a morir a cambio de que ellos vivan. Las lágrimas que se les escurren por los pómulos mojan el dolor de perderlos. Les empapan el alma de esa agonía marchita que solo sufren quienes no encuentran consuelo. Y es que no lo encuentran, no. Ni en las marchas. Ni en las súplicas. Ni en el cementerio. Se convirtieron en guardianes de una esperanza que se esfumó con los golpes, con las piedras, con las balas.

Marta es de las más resignadas. Su tristeza se volvió densa y seca. Se siente incompleta, vacía sin sus hijos y nietos. Asegura que ya no le importa nada y, ante la lucha de la su generación posterior, susurra: “yo ya estoy vieja, que me maten”.

Su pena tiene fecha de inicio, pero no de fin. Comenzó el 18 de abril, cuando el presidente Ortega decidió reformar la seguridad social. Las medidas que encendieron el más candente repudio contra él y su mandato impactaron a Marta, a Manuel y Auxiliadora como disparos de goma justo en el centro del pecho.

Pero hoy Nicaragua está llena de Martas y de Auxiliadoras. Está colmada de lágrimas y sangre. Está salpicada de la rabia oscura de aquellos abuelos que aún no comprender por qué la desigualdad los obligó a enterrar a sus nietos primero.

Ana Rosa Campos con una foto de Yeiner Campos, asesinado durante la protesta antigubernamental del 29 de junio de 2018 en Masaya, Nicaragua.
Ana Rosa Campos con una foto de Yeiner Campos, asesinado durante la protesta antigubernamental del 29 de junio de 2018 en Masaya, Nicaragua. Jorge Cabrera / Reuters

Perdieron el pudor. Ya no le temen a ofrecer sus vidas, a plantársele sin miedo a un oficial sediento de venganza. Sus cuerpos ya no son tan fuertes, pero ellos insisten en exponerlos como escudo, en transformar sus dorsos en caparazones de carne con los que defienden el soplo de vida que les queda.

Con 70 años, muchos de experiencia y sufrimiento, Marta dice que lo que el presidente Ortega quiere es destruir a Nicaragua. “Si lo tengo adelante se lo digo. Le digo que es un asesino. Que sacó a Somoza porque era un dictador y ahora el dictador es él”, apunta esta abuela adolorida desde las entrañas de Monimbó, su barrio indígena en Masaya.

Ella es testigo del que describe como un “exterminio”. Un plan sin tregua, una masacre sin pena. Apenas sabe leer, pero es sabia y lo entiende todo. Entiende que, de las cinco vidas que sacó a adelante con su trabajo como artesana, pronto le quedarán menos si la situación sigue así.

Manuel piensa lo mismo que Marta. Él es diez años más joven que ella. Lo suficiente como para insistir con sus propias manos en una lucha por la libertad, por la paz. Se pregunta por qué no los matan a ellos, a los abuelos. Avanza rápido y comenta que se niega a que su impotencia se transforme en resignación.

Como Marta y Manuel, Auxiliadora también tiene un pedido. Con arrugas y sin asco dice “mátenme a mí, que estoy vieja…dejen vivir a mis nietos”, una cruenta proclamación casi tan dura como los fusiles que no cesan sus ráfagas desde hace dos meses, cuando Nicaragua empezó a sentir la impotencia de sus abuelos resignados.

Con EFE

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