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Trabajo en negro y ocupaciones: el día a día de dos migrantes en Barcelona

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Barcelona (AFP)

Francis Kashamba trabajó durante 14 horas diarias por diez euros, Lamine Sarr sobrevive como vendedor ambulante. Como miles de migrantes en España, estos dos sin papeles comprendieron que Europa es más un purgatorio que un paraíso.

Dormir, comer, esperar y rezar: así resume Francis su nueva vida en Barcelona, donde acaba de desembarcar este miércoles el buque de la oenegé Proactiva Open Arms con 60 migrantes rescatados frente a Libia.

"Me siento como un bebé, no puedo hacer nada, no puedo decidir mi futuro. Si tuviera papeles podría encontrar algo que hacer, un trabajo y bastarme por mí mismo, pero ahora solo puedo rezar", dice con fastidio.

Este ugandés de 32 años llegó a Barcelona en diciembre con visado de turista. En su país dejó a su mujer, sus dos hijos y un pequeño negocio de extracción de oro para el que esperaba encontrar inversores en Europa.

Pero rápidamente se desencantó: "me siento engañado", asegura. "Me dijeron que Europa era el paraíso. Pero la vida real en España, por lo que he visto en estos siete meses, no es buena, no es buena en absoluto".

Durante dos meses trabajó para un hombre en un taller de carpintería que le ofrecía alojamiento a cambio de jornadas de 14 horas por diez euros diarios, de los que le quitaban casi la mitad por los gastos de comida.

Después se dedicó a acudir cada mañana a un solar donde decenas de migrantes se reúnen con la esperanza de ser seleccionados por empleadores que ofrecen pequeños trabajos en la construcción o la carga y descarga de material, habitualmente muy mal pagados.

Ahora vive con una treintena de migrantes en una escuela abandonada en el centro de Barcelona que ocuparon a mediados de abril para visibilizar su situación en una España que con el nuevo gobierno del socialista Pedro Sánchez parece abrir la puerta a la migración.

En apenas un mes acogieron el buque humanitario "Aquarius" que había sido rechazado por Italia y Malta con 630 migrantes y retiraron una ley que restringía la atención sanitaria a los sin papeles, pero todavía queda mucho por mejorar según las asociaciones de activistas.

"El no tener papeles condena a miles de migrantes a la precariedad, a la inseguridad y a la economía sumergida", denuncia Norma Falconi, una ecuatoriana regularizada que tras 25 años en España ayuda a los migrantes encerrados en la Escuela Massana.

Allí les dan cama, comida que se preparan entre ellos, asesoramiento legal y laboral e incluso clases de español para los recién llegados.

Pero su principal reivindicación es la regularización de los migrantes irregulares del país que, según los cálculos de SOS Racismo, son alrededor de un 10% de los 4,5 millones de extranjeros que viven en España.

- 'Mi vida está aquí' -

Con la ley actual, estos pueden regularizar su situación tras tres años de residencia pero sólo si presentan un contrato laboral a jornada completa con duración mínima de un año, algo muy complicado incluso para los jóvenes españoles recién salidos de la universidad.

Lo sabe bien Lamine Sarr que sobrevive como vendedor ambulante. "Llevo aquí doce años, mi vida está aquí, yo no me voy a ir pero no me permiten vivir aquí con normalidad", lamenta este senegalés de 35 años.

Conocidos como manteros, decenas de migrantes, la mayoría subsaharianos, ocupan las zonas turísticas de Barcelona ofertando gafas de sol, bolsos o cinturones sobre sus mantas que recogen rápidamente si ven llegar a la policía.

"Estamos perseguidos como criminales", denuncia.

"Estoy en una situación ilegal, pero no voy a robar ni a vender droga. Sólo tengo la manta y si no quieren darme papeles, esta es mi única manera de sobrevivir".

A pesar de las inclemencias, Francis Kashamba todavía mantiene la esperanza. "Nunca sabes qué pasará en el futuro. No tengo trabajo pero estoy conociendo gente y aprendiendo para estar preparado".

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