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Una fiesta flamenca a la francesa, en Mont de Marsan

El espectáculo 'Una oda al tiempo', de la sevillana María Pagés abrió la edición 30 del festival de Mont de Marsan
El espectáculo 'Una oda al tiempo', de la sevillana María Pagés abrió la edición 30 del festival de Mont de Marsan Erika Olavarría / France24

Es un pueblito de apenas de 30.000 habitantes ubicado al sudoeste de Burdeos, en Francia. Sin embargo, desde hace 30 años celebra durante una semana su herencia española.

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Tiene fama de serio, estricto y durante sus clases exige el máximo a sus alumnas. Que “muevan esos brazos”, que “pongan actitud”, que "lo den todo". Antonio Canales, el célebre bailarín de flamenco es una de las estrellas de la edición número 30 del reconocido Festival de Mont de Marsan que cada año tiene lugar en el sudoeste de Francia, a una hora de Burdeos y su ‘máster class’ es de las más esperadas este 2018.

Sin embargo, cuando se queda solo en la sala, el bailaor, vestido de pantalón floreado, sandalias y camisa negra, responde con paciencia cada pregunta en una mezcla de español y francés y hasta imita a un toro cuando se le pide una foto. Un toro como el de su conocido espectáculo Torero que le hizo mundialmente famoso hace 24 años: “desde que soy muy jovencito siempre me ha gustado enseñar. Por mi mano han pasado casi todos los que ahora están en el panorama. Yo siempre digo que no hago bailarines. Yo hago estrellas", dice orgulloso.

Canales es uno de los habituales de Mont de Marsan, es la sexta vez que viene y no necesita que otros digan que hizo historia hace cuatro años en un mano a mano con Manuela Carrasco, exponente del baile perteneciente a otra de las grandes dinastías gitanas: "fue impresionante, el café cantante ardió en llamas. Esta vez me siento el padrino del festival porque la organizadora Sandrine me dijo que cumplimos "treinte années", treinta años, de "anniversaire", así que haz algo especial para nosotros con invitados, un "cadeau", un regalo para el festival".

La herencia española del sur francés

Mont de Marsan, una pequeña ciudad de 30.000 habitantes y con herencia española, cuenta hasta con una plaza de toros y respira flamenco durante una semana cada año. En el bar de la plaza del teatro, por ejemplo, han puesto una tarima y un grupo interpreta temas propios y covers. De repente dos amigas comienzan a bailar unas sevillanas, sin complejos. La mirada de los paseantes y las cámaras de video no les incomodan. Luego otro par se anima y la fiesta se va armando.

Para los menos conocedores, en otra plaza se ha instalado una bodega. Así se llaman los bares andaluces,y en este se sirven los mejores tragos de flamenco amateur: las escuelas de danza de la región se producen de manera profesional para ofrecer flamenco gratis. A unas cuadras de allí, en la casa de la cultura, el fotógrafo Jean-Louis Douzert que hace tres décadas cubre esta fiesta, realiza una exposición de esos 30 años del festival recordando a los grandes que pasaron por allí como Camarón de la Isla o Paco de Lucía, ya fallecidos.

Hacia una renovación de la tradición flamenca

El festival de flamenco de Mont de Marsan abrió este lunes 2 de julio con el espectáculo de otra grande: Maria Pagés, la sevillana con 30 años de carrera que presentó su última obra, ‘Una oda al tiempo’, vista solo en Madrid. Aunque ella es la protagonista, la acompañan en escena 4 bailarines y 4 bailarinas, en una obra que reflexiona justamente sobre el paso inexorable de la vida y que está llena de simbolismos.

“La vida es un continuo aprendizaje y precisamente ‘Una oda al tiempo’ nos ha ayudado a reflexionar, a mí y a mi coautor sobre esta idea del tiempo que ha preocupado siempre a la humanidad. Ese tiempo que no puedes agarrar, que se te escapa, que cuando naces estás destinado a morir. Esa paradoja entre la alegría y la tristeza es un continuo círculo la vida. Llega una primavera pero desembocamos entre otoño verano e invierno a otra. Un círculo que hay que asumir y con el que hay que convivir. Cuando tienes 54 -años- se piensa el tiempo de otra manera, la vida, el devenir", explica la andaluza.

Pagés es considerada una vanguardista del flamenco, de las primeras que introdujo guiños a la danza contemporánea en sus coreografías. De hecho en ‘Una oda al tiempo’ los bailarines llevan el pulso con un palo de madera, como si fuera un accesorio más entre los chales, el abanico o las catañuelas: "el bastón acompaña al compás desde chicos, lo vemos con nuestros maestros, o los de danza clásica. Pero en la obra representa la tiranía que el tiempo tiene sobre todos nosotros, es él el que nos manda. Es un reflejo simbólico. Ese bastón que marca el tiempo y que tu sigues como un soldado. ‘Una oda al tiempo’ está llena de simbología".

Pero si María Pagés es considerada vanguardista, la propuesta de la cordobesa Olga Pericet dejó a más de uno reflexionando la noche del martes 3 de julio. Después de unos minutos de un clásico español interpretado de manera genuina, la bailarina comenzó a zapatear con los zapatos en las manos. Se mete varios en su pantalón y con movimientos sensuales ironiza el papel de la mujer y de la técnica en la rama más tradicional del baile español. Alguien del público le grita que vaya al psicólogo, y ella responde "tienes razón".

En su espectáculo hay más símbolos: una guitarrista mujer, vestida muy masculina, y otro guitarrista ‘hipster’, de tupida barba y más calvo que la imagen tradicional del gitano. Al final aplausos de pie para una apuesta que podía molestar a los puristas, pero que los enamoró y los hizo reír o sorprenderse de la calidad técnica de la artista: "no ha sido fácil porque este festival es una plaza con un público acostumbrado a un flamenco tradicional", reconoció a France 24 la bailarina.

"Este espectáculo juega con eso, la tradición y las costumbres. Visualmente es muy pintoresco pero también juega y dialoga con una teatralidad que no era fácil para un público educado a otra cosa; pero son sensibles y captan la energía. Sentí que iba a ser un antes y un después y sabía lo arriesgado de mi propuesta. Pero la dirección confió en mi trabajo, es decir que querían que se viera aquí y yo quería ser transmisora de ese cambio que está ocurriendo en el flamenco, respetándolo al máximo porque me encanta y creo que soy una creadora que parte de la raíz, de lo que entendemos como flamenco de siempre. Creo que el público lo ha entendido perfectamente. Y esas reacciones de respeto, silencio y después esa ovación del final, lo he agradecido mucho", explica.

Olga Pericet forma parte de una dinastía flamenca y reconoce que su familia "me entiende porque una cosa es destruir las cosas sin conocimiento, pero yo sé por qué las hago y saben que hago un trabajo de autor, no voy de invasora, lo puro es la verdad y el respeto", concluye.

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