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Rusia espera una sorpresa en Helsinki

Cajas de cerillas con imágenes de Donald Trump y Vladimir Putin en venta en Helsinki, Finlandia, el 14 de julio 2018.
Cajas de cerillas con imágenes de Donald Trump y Vladimir Putin en venta en Helsinki, Finlandia, el 14 de julio 2018. Leonhard Foeger / Reuters

El 16 de julio se celebra la cumbre entre el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el de Rusia, Vladimir Putin, en Helsinki. Dos hombres de talante muy distinto, pero con visiones similares en algunos puntos.

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El ruso es analítico y reservado, el norteamericano es explosivo, pero ambos prefieren un mundo dictado por los intereses propios de cada nación, en el que las más poderosas dicten normas a su zona de influencia.

Los dos se encontrarán en medio de fuertes tensiones entre Moscú y Washington. El objetivo es reanimar unas relaciones que están bajo mínimos por culpa de las sanciones y el clima de desconfianza mutuo. Y también por la creciente actividad de Rusia fuera de sus fronteras.

Moscú espera que en Helsinki "se muestren, al menos, algunos retazos de voluntad política para alcanzar una normalización de las relaciones", ha dicho el portavoz presidencial ruso, Dimitri Peskov.

Trump, tal y como quería, tendrá una reunión a solas con Putin. Una charla uno contra uno sin nadie más presente y sin un registro ni grabación formal de la conversación es algo difícil de calibrar, sobre todo con Trump. Después habrá un encuentro más amplio y una cena de trabajo.

¿Qué se puede esperar?

Trump ha dicho que su cumbre con el presidente Vladímir Putin será "laxa" y comentó que Rusia y EE. UU. son "competidores": "Nos llevaremos bien, pero en última instancia es un competidor. Representa a Rusia y yo represento a EE. UU. Así, en un sentido somos competidores, no es una cuestión de amigos o enemigos. No es mi enemigo".

Hablarán de Crimea y de la supuesta injerencia de Moscú en las elecciones norteamericanas. También de la guerra en Siria, la situación en Corea del Norte y el acuerdo nuclear con Irán. Trump podría abordar con Putin el retorno de Moscú al G7, pero Estados Unidos ha dicho que no va a poner sobre la mesa la retirada de las sanciones a Moscú. El Tratado de Reducción de Armas Estratégicas (START) y el Tratado sobre Misiles de Alcance Medio y Corto también estarán en la lista de asuntos de la cumbre.

En realidad, no hay agenda clara para el encuentro. Será determinada sobre la marcha por los propios jefes de Estado, ha dicho el Kremlin, que por cierto ha negado las informaciones de algunos medios sobre una posible disposición de Moscú para extraditar a Edward Snowden a EE. UU.

El miedo en el flanco atlantista ha sido expresado mejor que nadie por Susan Rice, exasesora de Seguridad Nacional de Barack Obama: podría suceder que Trump, a petición de sus socios foráneos favoritos (Israel, los Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita) opte por reconocer la anexión de Crimea por Rusia y ponga fin a las sanciones impuestas a Rusia después de su invasión de Ucrania, "a cambio de la promesa de Moscú de limitar la influencia iraní en Siria y en la región".

Pero no todos los analistas están tan seguros de que Rusia tenga tanta influencia en la zona como para prometer esas cosas.

Las expectativas de Rusia

Aunque Trump ha rebajado las expectativas, Rusia espera alguna sorpresa en Helsinki. Y eso es precisamente lo que temen todos los demás. El problema para los europeos es que respecto a Ucrania Trump ha hablado poco, señalando los problemas ocurridos ahí como algo sucedido durante el mandato de Obama. Lo único claro a priori es que Trump tiene una inclinación natural de admiración hacia Putin. Y que sus enemigos en el Congreso tienen precisamente la postura contraria, y ambas tienden así a reforzarse, como muy bien sabe Moscú.

Ésta será la primera cumbre bilateral que celebran los mandatarios. Las anteriores ocasiones fueron aprovechando otras cumbres más amplias como la del G20 en Hamburgo en julio del año pasado o la cumbre de la APEC en noviembre.

Rusiagate, la cumbre tiene lugar en medio de fuertes tensiones

En mayo de 2017, Robert Mueller fue designado fiscal especial de la trama rusa a espaldas del presidente estadounidense. Los frutos de la investigación llegan en el peor momento para el presidente de EE. UU.

Trump, hasta la fecha, ha sido muy cauto a la hora de plantear el asunto de la intromisión electoral rusa en las eleciones, en primer lugar porque éstas le dieron la victoria de una manera muy ajustada. Pero la acusación contra doce agentes de inteligencia rusos por ‘hackear’ los comicios norteamericanos de 2016 ha hecho que ese enfoque sea mucho más difícil de vender de cara a una opinión pública que ha leído estos días titulares de gran calibre sobre el tema.

Los imputados, que en teoría residen en Rusia, están acusados de delitos informáticos, robo de identidad y lavado de dinero. Lograron sustraer información personal de 500.000 votantes, pero no hay pruebas de que sus acciones influyeran en el resultado.

Con esta tormenta, varios representantes estadounidenses, entre ellos el demócrata Chuck Schumer, han pedido cancelar el encuentro.

Trump lleva meses tratando de descalificar la investigación del fiscal especial. Pero por fin ésta es la primera imputación de Mueller que implica directamente al Gobierno ruso. El jueves, Trump insinuó que el líder ruso tenía todo el derecho de negar la intromisión electoral.

La división entre los aliados son bienvenidas en Rusia

La prensa rusa ve con satisfacción cómo Trump le ha hecho saber a Alemania que la protección que aporta frente a Rusia tiene un precio, por lo que no puede aspirar a ser una superpotencia en lo económico sin plegarse a los dictados comerciales de EE. UU. Rusia se considera traicionada por la ampliación de la OTAN al este, así que las grietas entre los aliados son bienvenidas. Lo mismo ha pasado con sus palabras criticando a la primera ministra británica Theresa May.

Hay muchas cosas en el aire. Pero una muestra del signo de los tiempos es que los atlantistas prefieren que no suceda nada, y Moscú está deseando ver qué ocurre el lunes.

 

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