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Esperanza, amor y valores: historias de la inmigración japonesa en Brasil

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Sao Paulo (AFP)

Eiki Shimabukuro tenía 8 años cuando partió en barco de Japón hacia Brasil, con sus padres y cinco hermanos. Los que estaban a bordo sujetaban cintas sostenidas por el otro extremo por quienes quedaban en tierra. Aguantaban hasta que el enjambre de hilos se rasgaba, mientras el barco se alejaba.

"Era el último vínculo, era muy emocionante", recuerda Shimabukuro, ahora de 67 años, al evocar el viaje que en 1959 cambió su vida.

En décadas anteriores, miles de japoneses realizaron una travesía similar, que duraba casi dos meses, formando la mayor comunidad de nikkei (japoneses emigrados y descendientes) fuera del archipiélago.

En su mayoría eran campesinos arrojados de sus tierras por la industrialización y las deudas o por las crisis de posguerra. En Brasil progresaron y proliferaron y hoy son alrededor de 1,9 millones.

El flujo empezó en junio de 1908, cuando el barco "Kasato Maru" atracó en el puerto de Santos, en Sao Paulo, con 781 migrantes que fueron a trabajar en los cafetales.

Los 110 años de esa primera epopeya se conmemoran esta semana con una programación especial coronada con la visita a Brasil de la princesa Mako, nieta del emperador Akihito, que recorrerá varias ciudades donde los nikkei dejaron una huella económica y cultural que se amalgamó con la cultura local.

- Esperanzas -

"Después de la guerra [en 1945], Japón estaba en una situación difícil (...). Vine solo, con 19 años, lleno de esperanzas", cuenta Yoshiharu Kikuchi, oriundo de Iwate, en el norte del archipiélago.

Kikuchi, que trabajó en agricultura durante sus primeros años en Brasil, sonríe hasta cuando relata los momentos difíciles. "Aquí luchamos y conseguimos algo, aprendí muchas cosas", asegura.

La integración de los nikkei fue exitosa, pero el camino fue áspero y enfrentó prejuicios, como las campañas contra un supuesto 'peligro amarillo' durante los años 30.

Kikuchi vive desde 1965 en Sao Paulo y participa como voluntario en varios proyectos, especialmente en el área de la salud, desarrollando un trabajo novedoso para pacientes con autismo. "La vida se abre cuando ayudamos a otros", comenta.

Casado, con dos hijos y cinco nietos, descarta volver a Japón. "Aquí hay alegría, mi familia y mis grandes amigos, todo lo que ha valorizado mi vida".

- Amor -

La madre de Rumi Kusumoto llegó a Brasil con su familia en la década de 1910. Al terminar sus estudios, fue a visitar a su abuela en Japón. Tenía la intención de volver, pero estalló la guerra y tuvo que quedarse. Se casó y tuvo cuatro hijos en la sureña ciudad de Fukuoka, sin perder las 'saudades' del país de las antípodas, cuenta su hija.

"Mamá nos hacía a veces desayunos y comidas diferentes", con influencia brasileña, rememora.

Finalmente, la mujer volvió a Brasil en 1962, con su nueva familia. "Para mí, desde el barco hasta la llegada, no fue una migración, sino un viaje de diversión", dice sonriendo Kusumoto, que evita hablar de su edad.

"Nací para vivir fuera de Japón, no pensaba en volver o en que sería mejor estar allá, conseguí llevar el cambio con normalidad", explica.

Sin embargo, volvió a su tierra por amor, en los años 70.

Graduada en Bellas Artes, Kusumoto fue contratada como traductora de un japonés en viaje de negocios. "El último día, me invitó a cenar y me pidió matrimonio. Nos escribimos durante un tiempo, hasta que fui a Tokio y nos casamos".

Allí sí hubo un choque cultural. "Extrañaba a mi familia y a los amigos. Llegaba un carta de Brasil y mi marido buscaba un pañuelo para que yo pudiera llorar. Mamá me enviaba salchichas y carne, cocinaba feijoada para matar nostalgias", ríe.

Aunque ahora su vida transcurre entre Japón, Brasil y Estados Unidos, donde viven sus dos hijos, Kusumoto está anclada en Brasil. "Me identifico con este lugar, fue Brasil que abrió mis puertas".

- Valores -

"Cuando llegué a Brasil todo era curiosidad, nunca había visto tantos extranjeros", ríe Eiki Shimabukuro, recordando su arribo en 1959.

Después de años en la agricultura, estudió ingeniería y trabajó en la estatal Petrobras hasta jubilarse.

En 1984 ganó una beca para estudiar tres meses en Japón. "A pesar de haber nacido allá, fue un choque muy grande. Allá todo es organizado, con planificación, diferente de aquí".

Tiempo después volvió a Japón para trabajar, un año en Tokio y dos en su Okinawa natal. Pero acabó por regresar a Brasil. Su esposa, también japonesa pero que emigró con apenas un año, "no veía la hora de volver", cuenta Shimabukuro.

Ahora no piensa en irse. "Sería muy difícil dejar a familiares y amigos", afirma, aunque admite que su estadía en su tierra natal le permitió incorporar "cosas mejores".

"Es mucho lo que necesitamos aprender [en Brasil] sobre honestidad, ética y moral (...). Hay valores muy positivos que podríamos incorporar aquí".

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