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Makamaba, un maliense desilusionado entre campos de tomates del sur de Italia

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Foggia (Italia) (AFP)

Dejó Malí cuando tenía 15 años, intentó ganarse la vida en Libia y luego atravesó el Mediterráneo para acabar deslomándose en los campos de tomates del sur de Italia. Ahora, Makamaba Kamara, ya de 22 años, sueña con volver a su tierra.

En el campamento improvisado de Rignano (Pullas, sur), descansa en una silla plegable, delante de la vieja caravana que compró con un amigo.

El joven de ojos oscuros, que luce una gorra azul, es oriundo de la región de Kayes, en el oeste de Malí, y habla de la época en la que dejó la escuela y su país en busca de una vida mejor.

Tenía 15 años cuando se fue a buscar trabajo a Libia, el país petrolero vecino, pese al caos que reinaba allí desde la caída de Muamar Gadafi en 2011.

"Allí no tuvimos nada, solo problemas. Intenté trabajar en casas de gente, pero no me pagaban. Eso no era vida", cuenta.

Se quedó allí dos años, hasta que una noche, como cientos de miles de personas hicieron en los últimos años, se subió a una precaria embarcación para cruzar el Mediterráneo.

"Tuve suerte: al día siguiente por la mañana nos cruzamos con los guardacostas italianos, que nos salvaron", recuerda.

En un primer momento, desembarcó en la isla italiana de Lampedusa, pero luego pasó dos años en un centro de solicitantes de asilo de Brescia, en el norte de la península.

"Intenté pedir mis papeles pero no lo conseguí", explica parcamente. En los últimos años, las comisiones de asilo italianas rechazaron, de media, el 60% de las demandas.

Así, Makamaba Kamara emprendió camino hacia el Sur para alternar entre los campos de tomates de Pullas durante el verano y la cosecha del limón a partir de octubre en Calabria.

- Volver en un año -

"Cuando no tienes papeles no puedes hacer gran cosa", dice, deambulando entre las cabañas de madera carcomida por el calor y la lluvia de los campos de Rignano.

En medio del polvo y bajo un sol abrasador, con las manos hinchadas, trabaja de 8 a 10 horas diarias por 30 euros, de los que tiene que descontar cinco por la camioneta que lo acerca entre el campamento y los campos.

"Aquí, las condiciones de trabajo no son posibles", zanja el joven maliense, mirando al vacío. En Italia también tuvo que enfrentar el racismo y el odio. "Un día se negaron a curarme en el hospital porque no tenía papeles".

En torno a él, la mayor parte de los temporeros extranjeros -africanos, pero también búlgaros, rumanos o polacos-, están en situación regular, con un permiso de residencia o una solicitud de asilo en curso.

Sin embargo, son pocos los que reciben una nómina con todo en regla.

En los últimos años, hubo jornaleros que murieron de agotamiento en los campos, pero este año fue la carretera lo que los mató: 16 muertos en dos días en choques entre furgonetas de temporeros africanos y camiones de tomates.

El miércoles, Makamaba Kamara participó en una huelga y en una manifestación organizada para denunciar las condiciones de trabajo de los recolectores de tomates. "Espero que esto cambie las cosas", comenta.

Pero no se hace ilusiones. Europa ya no es Eldorado que se había imaginado.

Si bien ha hecho amistades, dejó a su familia atrás y ahora no pide más que volver con ellos.

Por ello, contactó con un abogado con la esperanza de poder ir a trabajar un poco a Francia y ahorrar suficiente dinero para volver con sus dos hermanas y su madre. "Me gustaría llegar allí dentro de un año, y luego construir una familia".

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