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Los médicos sirios olvidan el éxodo en "el Hospital de la Esperanza"

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AL GHANDURA (Syrie) (AFP)

Con las manos cubiertas por unos guantes desechables que ocultan sus cicatrices, Malake Harbaliyya saca a un bebé de una incubadora antes de darle el biberón. En territorio rebelde, médicos y enfermeros sirios desplazados por la guerra trabajan en el "el Hospital de la Esperanza" para olvidar el éxodo.

Hace aproximadamente dos años, la enfermera de 31 años y sus compañeros salvaban a recién nacidos prematuros de los bombardeos del régimen sirio, en el último centro pediátrico del sector rebelde de Alepo, la segunda ciudad de Siria.

Pero esta zona fue reconquistada a finales de 2016 por el ejército de Bashar al Asad, y el equipo tuvo que huir hacia otras zonas insurgentes en el norte de la provincia del mismo nombre.

Gracias a las donaciones, médicos y enfermeros inauguraron en abril de 2017 un centro hospitalario, bautizado como "el hospital de la Esperanza", que atiende ahora a niños y mujeres en un edificio de la localidad de Al Ghandura.

"Pienso primero en los niños, ya que sus vidas están en nuestras manos", suspira Malake, que se desplaza de una habitación a otra. "Sus pequeñas almas no hicieron nada para merecer esta guerra", lamenta.

En un país arrasado desde 2011 por un conflicto devastador, esta enfermera se salvo por poco de la muerte.

En noviembre de 2016, el hospital de Alepo fue el blanco de un ataque que obligó al personal a evacuar a los pacientes en medio del pánico generalizado. En un video grabado se veía como la enfermera envolvía en una manta apresuradamente a un recién nacido antes de romper a llorar.

Menos de ocho meses después, Malake se salvó de un atentado con coche bomba en la ciudad rebelde de Azaz, en el norte de la provincia de Alepo. Fue curada de sus heridas por quemaduras graves en Turquía. Sus manos llevan aún las cicatrices.

"Mi situación era difícil. Mis compañeros en el hospital me dieron esperanza para continuar", contó, con su cabello cubierto por un pañuelo rosa.

- Miles de pacientes -

En el vestíbulo principal del hospital, se erige un imponente retrato de Mohammad Wassim Maaz, un pediatra muerto durante un ataque en Alepo en abril de 2016.

No muy lejos de ahí, el doctor Hatem, vestido con una camisa azul y guantes blancos, ausculta a una niña que se retuerce tumbada en una cama por los dolores de tripa.

Cada mes, el centro acoge a entre 8.500 y 9.500 pacientes que vienen de la región y sus alrededores.

"Cuando creamos este hospital, no había ni un solo ambulatorio, ninguna instalación médica en toda la región", cuenta con orgullo el doctor Hatem, de 32 años, que prefiere no dar su apellido.

Después de huir de Alepo, el equipo médico tuvo que empezar de cero.

Con la ayuda de una oenegé siria con sede en Turquía, Independent Doctors Association, y de la organización caritativa británica CanDo, lograron recaudar en menos de un mes, mediante una campaña de financiación colectiva, donaciones llegadas del mundo entero, con lo que establecer y hacer funcionar un hospital durante un año.

"Nunca hubiéramos imaginado poder recaudar el dinero necesario en solo tres semanas", celebra el médico. "Esto permitió al personal de Alepo sentir que aún hay un poco de humanidad en este mundo".

Los equipos médicos llegaron desde Reino Unido a través de la vecina Turquía. Poco a poco, el centro instaló nueve incubadoras, una clínica en caso de desnutrición, un laboratorio totalmente equipado y servicios de urgencias.

Para hacer frente a la afluencia de pacientes, finalmente se inauguró un servicio de obstetricia y de ginecología.

En la actualidad, el equipo está compuesto por unas treinta personas. "El personal es prácticamente el mismo que el de Alepo, pero tuvimos que aumentar los efectivos debido a la gran carga de trabajo", afirma Hatem.

El hospital continúa recibiendo donaciones de oenegés, y esperan contar con el apoyo del Fondo de la ONU para la Infancia (Unicef) para continuar con su misión.

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