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Vida en las tinieblas de un 'picadero de drogas' en Ciudad Juárez

Adán, de 39 años, frente a un ‘picadero de drogas’ en Ciudad Juárez, México, el 18 de agosto de 2018.
Adán, de 39 años, frente a un ‘picadero de drogas’ en Ciudad Juárez, México, el 18 de agosto de 2018. Favia Lomeli / EFE

En esta ciudad mexicana, decenas de historias esconden el drama de quienes caen en las redes de los cárteles de narcotráfico que producen, distribuyen y fomentan el consumo de sustancias psicoactivas en la frontera con Estados Unidos.

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A Adán la tristeza se le escurre por los ojos. Tiene poco cabello y el cuero pegado a los huesos. Sobre sus brazos hay muchas marquitas que parecen pequeñas picadas de sancudo, pero son solo las huellas que le dejan las agujas con las que se inyecta drogas.

Su piel está tan marcada como su historia, la misma que sobresale en este popular 'picadero' de Ciudad Juárez. Aquí, la guerra contra las sustancias alucinógenas está prácticamente perdida, como la vida de quienes murieron por una sobredosis.

Pero, pese al remolino de dolor que envuelve a los que consumen, la tragedia sigue. Adán dice que ya no le quedan venas, que se le “acabaron” de tanto inyectarse. Aunque tiene 39 años, luce mayor.

Sus dientes están tan desgastados como las cerdas de un cepillo viejo. Su mirada es ruda y sonríe poco. Su debilidad es la heroína. A “falta” de venas, se inyecta en la ingle. Lo hace cada día, lo suyo es como una especie de ritual del que, en su casa, en un barrio de la periferia, todos conocen.

El rol del "encargado" de un 'picadero'

En este 'picadero' Adán es el eje. Lo conocen como el “encargado”. Hasta aquí llegan, semanalmente, representantes de una ONG llamada Programa Compañeros. Ellos se internan en las tinieblas de este micromundo de consumo y tráfico para prevenir el brote de tuberculosis y el contagio del sida.

Le dicen justamente así, 'picadero', porque aquí el verbo inyectar es sinónimo de eso, de picarse la carne con el vicio. Entre sus muros, se esconden quienes buscan un sitio apartado y secreto para consumir. Aquí compran las dosis y, a los más novatos, Adán los ayuda a aprender a inyectarse.

Su adicción comenzó cuando apenas había cumplido los 13 años y, aunque tiene cuatro hijos, la presión familiar aún no logra sacarlo de allí. Se gana su dosis gota a gota. Pide monedas, limpia y pinta lo que le toque solo para completar cada “ración”.

Afirma que se gana la vida de manera honesta. Que no roba ni hace “tonterías”. Pero bajo el techo de su casa hay otro drama, el de María del Rosario, su hermana. Ella, quien también consumió, pero lo dejó hace 15 años, dice tener miedo de que los niños sigan ese camino, no quiere que caigan en la misma adicción.

Los reflejos de la influencia de los cárteles de droga en Ciudad Juárez

Ni el de Adán ni el de María son casos aislados. En esta ciudad, el consumo de drogas es ampliamente mayor que en el resto de México. Se debe a que son el centro de la maquilla de estas sustancias, panorama que los expertos identifican como el reflejo de la cercanía a la frontera en la que el narcotráfico se convirtió en paisaje.

La labor del Programa Compañeros tampoco es reciente. Sus miembros ya completan más de 30 años en la zona en la que las jeringas son como objetos del deseo y la droga un elixir muchas veces inalcanzable.

Son cerca de 2.000 los mexicanos los que anualmente son atendidos por los misioneros de este programa que trabaja en 59 ‘picaderos’ más. Julián Rojas, el coordinador de las labores en campo, explica que, en otros puntos, el consumo se suma a la oferta de servicios sexuales.

No solo los hombres ceden ante la heroína. En la penumbra también está Zulema Ramírez, a quien la droga la sedujo en la adolescencia. Ella ahora es promotora del programa. Pero denuncia que, en muchos casos, incluso policías llegaron a ofrecerle una dosis a cambio de sexo.

Hasta la Unidad de Hospitalización de Centros de Integración Juvenil de esta ciudad llegan muchos que, como Adán, alguna vez buscaron salida. Pero, de acuerdo con las cifras oficiales, solo el 1% de los consumidores evita recaer en las tinieblas de este infierno plagado de drogas, sexo y dolor.

Con EFE

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