La vida de refugiado en un "gulag del Pacífico"

Anuncios

Yaren (Nauru) (AFP)

La esposa del somalí Jadar Hrisi trató de suicidarse varias veces y una iraní de 12 años intentó prenderse fuego. Los refugiados retenidos por Australia en Nauru, un islote del Pacífico, viven sin esperanza ni cuidados médicos.

Nauru, el país insular más pequeño del mundo, acogió el Foro de las Islas del Pacífico (Fip) pero prohibió a la prensa el acceso a los campamentos donde Canberra relega a los clandestinos que intentan llegar a Australia por mar.

La AFP logró entrar y hablar con algunos de ellos. Casi todos han pedido permanecer en el anonimato por motivos de seguridad.

En Nauru, casi 1.000 migrantes, entre ellos un centenar de niños, de un total de 11.000 habitantes, viven en ocho campos de retención financiados por Canberra. Algunos afirman llevar allí cinco años.

En el campamento número 5, el somalí Hrisi quiere hablar a cara descubierta. Ya no tiene miedo. Su mujer ha dejado de hablar, sufre depresión. Él intenta no dejarla sola -dice- porque en los últimos días intentó suicidarse varias veces.

"Cuando me desperté, estaba rompiendo esto", cuenta señalando las cuchillas de afeitar. "Se las iba a tragar con agua".

- Problemas psicológicos -

Hrisi asegura que fueron varias veces al hospital de Nauru financiado por Australia pero les niegan atención médica. La otra noche "llamaron a la policía y nos pusieron fuera".

El campamento número 1 trata a los enfermos, explican los refugiados. Sólo acoge a unas 50 personas porque están desbordados. Muchos de los migrantes sufren problemas psicológicos debido a su aislamiento en la isla.

Según ellos, las evacuaciones sanitarias hacia Australia son contadas.

Las oenegés denuncian la política migratoria de Australia. Desde 2013, Canberra, que desmiente malos tratos, impide el ingreso de barcos llenos de clandestinos, muchos de ellos de Afganistán, Sri Lanka y Oriente Medio.

Los que consiguen llegar acaban siendo expulsados a islas del Pacífico, y eso aunque la demanda de asilo se considere legítima.

Australia alega que está salvando vidas porque de esta forma disuade a otros de emprender el peligroso viaje. Antes las llegadas en barco eran casi diarias, ahora son rarísimas.

El Consejo de Refugiados de Australia y el Centro de Recursos para Solicitantes de Asilo denunciaron recientemente los estragos psicológicos de la detención indefinida, en particular en los niños.

"Quienes han visto estos sufrimientos dicen que es peor que todo lo que han visto, incluso en las zonas de guerra. Niños de siete y 12 años intentaron suicidarse varias veces rociandose gasolina y se vuelven catatónicos", escriben.

R, una iraní de 12 años con la habló un reportero de la AFP, intentó inmolarse. Lleva cinco años viviendo en Nauru con sus padres y su hermano de 13 años. Los niños se pasan el día en cama. La madre sufre una erupción cutánea para la que, según dice, no recibe tratamiento.

- Gasolina y mechero -

El padre ha sorprendido recientemente a su hija rociándose de gasolina. "Cogió un mechero y gritó ¡Déjame sola! ¡Déjame sola! ¡Quiero suicidarme! ¡Quiero morir!".

Su hijo se levanta despacio de la cama y dice: "No tengo colegio, no tengo futuro, no tengo vida".

Cerca de allí hay un contenedor con una pintada: una cruz gamada y la sigla ABF. La Australian Border Force es el servicio australiano de control fronterizo, odiado por los refugiados.

Estos últimos se desplazan libremente por la isla, porque la cárcel son sus 21 km2. Un lugar tachado de "gulag del Pacífico" por las oenegés.

Jadar recibe a un amigo, un exfutbolista profesional camerunés que afirma haber socorrido a un vecino que iba a ahorcarse. Su mejor amigo apareció muerto, con los ojos y la nariz llenos de sangre, sin que se conozca la causa.

Ahmd Anmesharif es un birmano al que le lloran los ojos constantemente. Dice que también padece del corazón. Se pasa los días sentado en un sillón de espuma enmohecida mirando la carretera.

Los defensores de los derechos humanos denuncian las condiciones espantosas de los refugiados, expuestos además a agresiones sexuales y abusos físicos.

Las autoridades de la isla lo desmienten. Los refugiados "viven normalmente, como los otros nauruanos (...) estamos muy felices de vivir juntos", aseguró en el Fip el presidente de Nauru, Baron Waqa.

Los refugiados aseguran, por el contrario, que las relaciones se han deteriorado. "Todavía nos pegan, nos lanzan piedras", acusa el adolescente iraní.

Otro iraní, un mecánico que ha conseguido montar un negocio, está furioso. Le han robado el dinero, las motos, las herramientas. "La policía nunca encuentra nada cuando son los nauruanos quienes roban a los refugiados", se queja.

Pese a que las condiciones en estos campos son terribles, muchos habitantes de Nauru parecen vivir en una situación todavía peor.

Muchos malviven en cabañas y las playas están llenas de desechos. No entienden -dicen- de qué se quejan los migrantes.

Entre tanto, los campamentos son cruciales para la economía de la isla tras el agotamiento de las reservas de fosfato que contribuyeron a la opulencia del siglo pasado.

Según cifras australianas, los ingresos públicos pasaron de 20 a 115 millones de dólares australianos (14 a 83 millones de dólares) entre 2010-2011 y 2015-2016, esencialmente gracias a las subvenciones por estos campamentos.

"Si quitan a los refugiados Nauru está muerta: por eso el presidente quiere que nos quedemos", estima el camerunés.

Todos los refugiados consultados por la AFP quieren irse, algunos de ellos a donde sea.

"El gobierno australiano ha robado cinco años de nuestra vida? ¿a quién le importa?", lamenta el padre de la adolescente iraní.