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REPORTEROS

Venezuela, un país que huye

Miles de migrantes venezolanos intentan escapar a diario de la crisis social, económica y política de su país, emprendiendo una travesía hacia el sur donde Colombia, Ecuador y Perú se convierten en los principales destinos para ir en busca de lo que no hay: comida, medicamentos y empleo.

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Geilly Mendoza dejó el corazón en Venezuela. Dentro de la casa en la que aprendieron a gatear sus hijos en San Francisco de Yare, abandonó juguetes, platos, sábanas y recuerdos de lo que fue una vida feliz lejos de la crisis.

Cuando empezó a estudiar enfermería jamás imaginó que tanto su población como la mayor parte del país se convertirían en los ejes de un éxodo obligado por el hambre, el desempleo y la escasez de medicamentos.

Meses antes de que los alimentos comenzaran a faltar en las góndolas de los supermercados en los que acostumbraban a hacer sus compras mensuales, su esposo decidió emprender una travesía rumbo a Perú, con el fin de evitar que sus hijos padecieran la incertidumbre de la falta de comida y se enfrentaran a la realidad de encontrar sus escuelas vacías por falta de maestros.

Con apenas una maleta, Edgardo llegó a Lima y, durante varias semanas, trabajó sin descanso para reunir lo necesario para poder abrazar de nuevo tanto a Geilly como a Illied, Deilyn y Carlos.

Los cuatro partieron meses después en compañía de Jackson, su tío materno, para encontrar un mejor futuro en Ate, un distrito cercano a la capital peruana. Una mañana de domingo consiguieron boletos para ir a Caracas y de ahí a la frontera con Colombia, en Cúcuta.

Con la primera victoria a favor, el sello migratorio de la entrada colombiana, avanzaron a Rumichaca para legalizar la salida y pasar a Ecuador. Ocho horas bajo el sol los separaron temporalmente del siguiente sello en el pasaporte.

Aceptada la entrada en Ecuador, continuaron hacia Quito y de allí salieron con destino a Huaquillas, la franja limítrofe entre el territorio ecuatoriano y el peruano. Ahí, la espera ya sabía a júbilo, solo restaban un par de días para volverse a encontrar con Edgardo, que estaba siguiendo cada etapa de su viaje ansiosamente.

Pasada la zona costera de Tumbes, un panorama desértico invadió el horizonte antes de que cayera la noche aún lejos de su nueva casa.

Finalizada la osadía en la que las lágrimas corrieron sobre sus rostros como seña de melancolía, dejaron atrás los más de 4.000 kilómetros que transitaron a bordo de una decena de autobuses para arribar a su destino, Ate, una comunidad en la que hay la colonia de paisanos refleja cómo Venezuela es hoy un país que huye.

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