Hace 75 años los judíos daneses huyeron por mar

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Copenhague (AFP)

Freddy Vainer tenía cuatro años cuando él y su familia se vieron obligados a huir de Copenhague para evitar ser deportados a un campo de concentración nazi, pero lo recuerda como si fuera ayer.

"En la sinagoga, el 1 de octubre de 1943, mi abuelo se enteró de que había que huir", dice. En aquellos días, más del 90% de los aproximadamente 7.000 judíos partieron en barco a Suecia, país neutral.

Dinamarca fue invadida por Alemania en abril de 1940, pero conservó sus instituciones hasta el verano de 1943. Los judíos estaban relativamente a salvo y no se les obligaba a llevar una estrella amarilla cosida en la ropa. Pero esto cambió.

"En septiembre, llegaron órdenes de Berlín para resolver la llamada cuestión judía", explica Cecilie Banke, investigadora del Instituto danés de Estudios Internacionales.

Fue una filtración -dice- de la administración alemana y se pudo advertir a la población judía. "Pudieron huir (...) y los daneses pudieron ayudarlos", afirma.

La resistencia y la gente en general se movilizaron para evitarles la deportación. "Es la excepción en la historia de los judíos durante la Segunda Guerra Mundial", resume la esposa de Freddy, Silja Vainer.

Más de 6.500 judíos, muchos de ellos residentes en Copenhague, abandonaron sus casas y se escondieron cerca de la costa, al norte de la capital, antes de huir por mar, principalmente a través de Gilleleje y Snekkersten. Al menos 197 fueron detenidos cuando huían.

Freddy y su familia es escondieron en una casa de Hellebaeck hasta que consiguieron cruzar.

- Escondido en un orfanato -

Un pescador sólo aceptó a cinco de los ocho miembros de la familia. Freddy se quedó con su madre y su abuela antes de poder irse. El coste del pasaje por persona era de 1.000 coronas, el equivalente a 2.700 euros actuales (3.100 dólares).

"Mi abuelo también pagó por otros que no tenían dinero. Todo el mundo tenía que poder irse", recuerda Freddy Vainer, un exmédico casi octogenario.

Silja tenía tres años y medio. El hombre encontrado por unos amigos de la familia para realizar la travesía no aceptaba que niños y adultos navegaran juntos. Ella se quedó unos días con su hermano y un primo en un orfanato. "De pronto un día, vinieron unas personas, nos dieron un baño en una gran bañera de madera y después nos fuimos".

"Llegamos a la playa, me acuerdo de las piedras, del ruido de nuestros pasos sobre las piedras, de pronto alguien me levantó y me metió en un bote. Me escondieron debajo de las redes del pescador", cuenta en su apartamento luminoso, rodeada de fotos de familia.

Después subieron a un barco con destino a Suecia. Allí la esperaban sus familiares, con la excepción de sus abuelos paternos que se negaron a marcharse. Fueron deportados a Theresienstadt como otros 500 judíos daneses (de los que murieron unos 50) y volvieron al final de la guerra.

- Ni una palabra -

Desde el final de septiembre de aquel año, Suecia propuso asilo a los judíos daneses y se encargó de la acogida.

"Nos fuimos con casi nada, cuando llegamos a Suecia nos dieron ropa", recuerda.

Freddy y su familia, con oficio de sastres, se instalaron en Borås, una ciudad con industria textil cercana a la costa oeste.

Silja y los suyos vivían en Vingåker, en el centro del país. Guarda unas fotografías de aquella época, en las que se ve a una niña sonriente y de cabello largo jugando con su hermano y unos vecinos.

Los refugiados judíos volvieron después de la liberación de Dinamarca el 5 de mayo de 1945. Ni Silja ni Freddy recuperaron sus viviendas, en las que había otros inquilinos. Pero obtuvieron una.

"El ayuntamiento de Copenhague se aseguró de que todos los enseres de los judíos que tuvieron que huir se conservaran en buen estado y lo recuperamos todo", explica esta exprofesora.

A su vuelta al colegio judío de Copenhague, los niños no hablaban de la experiencia vivida. En casa de Freddy tampoco se mencionaba la huida a Suecia. En la de Silja era distinto: "No podíamos evitar hablar de ello".

"Tuve pesadillas toda la vida y me cuesta mucho no llorar", dice entre sollozos. "Siempre nos sentiremos refugiados".