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El caso Khashoggi o los malos cálculos del príncipe heredero saudí Mohammed Bin Salmán

El príncipe heredero Mohammed bin Salman de Arabia Saudita ama retratarse como un reformador
El príncipe heredero Mohammed bin Salman de Arabia Saudita ama retratarse como un reformador Oscar del Pozo / AFP

La desaparición sospechosa del periodista saudí Jamal Khashoggi ilumina una vez más los brutales métodos del príncipe heredero Mohammed Bin Salmán, cuya imagen se ve afectada por este escandaloso caso.

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Guerra en Yemen, embargo contra Qatar, campaña de represión interna, verdadera/falsa destitución del primer ministro libanés, Saad Hariri, desaparición de Jamal Khashoggi… A primera vista, el hombre poderoso de Riad, el príncipe heredero saudí Mohammed Bin Salmán (MBS), parece multiplicar los malos cálculos. Descrito como impulsivo e impaciente, este treintañero de voz ronca y estatura imponente, que adora presentarse como un reformador, paga las consecuencias de un método de gobierno brutal y controvertido, según los observadores de la monarquía saudí.

El último ejemplo hasta la fecha es la sospechosa desaparición del célebre periodista saudí Jamal Khashoggi, quien llegó al consulado de su país el 2 de octubre en Estambul sin jamás volver a salir, según su pareja y la policía turca. Una versión desmentida por Riad.

Caso Khashoggi: el consulado de Arabia Saudita en Estambul será registrado

 
En editoriales sin tregua, publicados en la rúbrica de Opinión del ‘Washington Post’, durante los últimos meses, había criticado abiertamente al príncipe heredero y a sus simpatizantes represivos. Mientras que aumenta la tensión entre Ankara y Riad, y que Washington, París, la Unión europea y la ONU exigen que se arroje luz sobre el paradero de Jamal Khashoggi, la imagen del petromonarca wahabita, y por consecuencia la de quien lleva las riendas, se ven afectadas.

Bin Salmán “trata de eliminar (...) a todos aquellos que le ponen obstáculos”

Una imagen que MBS se esforzaría por restaurar y modernizar desde que su padre subió al trono saudí en enero de 2015. Nombrado ministro de Defensa por el rey Salmán, luego príncipe heredero en junio de 2017, conoció un ascenso fulgurante y una cierta notoriedad en Occidente. Sobre todo gracias a su proyecto de transformación de la economía saudí, su compromiso para luchar contra la corrupción y el terrorismo y liberalizar, con suavidad, el reinado riguroso y ultra-conservador.

Pero sus iniciativas fueron rápidamente eclipsadas por una deriva autoritaria latente en el interior del país, donde busca preparar su régimen. En el extranjero, sus encantadoras campañas y su mensaje fueron difuminados por el eco de las diligentes campañas de arrestos que ocurrieron en el reino en contra de militantes de derechos humanos, intelectuales y críticos.

“El príncipe heredero quería presentarse como el príncipe de la modernidad, incluso mostró que podía implementar reformas, pero detuvo ese impulso con varias oleadas de represión”, explicaba recientemente Clarence Rodriguez, periodista especialista sobre Arabia Saudita y antigua corresponsal de France 24 en Riad. Añade: “trata de eliminar, como lo han demostrado sus purgas, a todos aquellos que le ponen obstáculos o que no están de acuerdo con él o con alguien de su círculo político”.

Derivas denunciadas en varias ocasiones por Jamal Khashoggi, que a partir de 2017 se exilia en Estados Unidos, por temor a ser arrestado a causa de su tono crítico. “El caso Khashoggi, incluso si debemos ser prudentes mientras se sabe algo sobre su paradero, de todas maneras le hace perder credibilidad a Mohammed ben Salmane en Occidente, pero por otro lado, en el interior, puede tener un efecto psicológico sobre sus detractores y silenciarlos”, describe Karim Sader, politólogo y consultor especialista sobre los países del Golfo, contactado por France 24.

 
“Este método de gobierno, firme y brutal, le ha permitido consolidar su poder en el interior del reino y asegurar el espacio público", continúa Karim Sader. "Arabia Saudita está tambaleando, en la medida en la que asistimos a una mutación de la naturaleza misma del poder en Riyad, pasando de una monarquía conservadora, basada sobre un consenso entre las distintas ramas de la familia real, a un régimen autoritario personalizado en el cual los poderes se concentran en manos de una sola persona: ‘MBS’”.

La prometida (izquierda) del periodista saudita Jamal Khashoggi y una amiga esperan fuera del consulado de Arabia Saudita en Estambul, Turquía, el 3 de octubre de 2018. Osman Orsal / Reuters

Una política extranjera que resultó ser “un fiasco”

Pero según Karim Sader, aunque este método, “que deja entrever un cierto nerviosismo en el príncipe heredero” ha dado sus frutos en el interior del país, esa manera fuerte de gobernar no le ha servido en el extranjero, donde las desilusiones se acumulan para Riad.

“Es necesario constatar que en el plano diplomático y geopolítico esta política agresiva resultó ser un fiasco. Aunque se trate de un problema yemení que se volvió un Vietnam a las puertas del régimen, que se trate incluso del poderoso embargo destinado a hacer flaquear a Qatar o incluso del fuerte choque contra el Líbano con el caso Saad Hariri… ninguna de sus iniciativas le ha permitido a los saudíes reforzar sus posiciones sobre el tablero de ajedrez regional ante Irán”, opina el experto.

En efecto, es bajo el impulso de MBS que Arabia Saudita optó, desde 2015, por una estrategia más ofensiva en la región, destinada a obstaculizar la potencial subida del rival iraní. En Yemen inicia en marzo de 2015 el combate contra los rebeldes hutíes chiitas, apoyados por Teherán y que controlan la capital, Saná. Estos últimos siguen resistiendo ante la coalición internacional, dirigida por Arabia Saudita y apoyada por los Emiratos, y el conflicto, que dejó alrededor de 10.000 muertos, entre ellos miles de civiles, y fuertemente denunciado por Jamal Khashoggi, provocó lo que la ONU calificó como “la peor crisis humanitaria del mundo”.

“Esta campaña en Yemen fue hecha, en gran medida, para legitimar a MBS, quien en esa época era un joven ministro de Defensa, y sobre todo un ilustre desconocido, explica el politólogo Karim Sader. Una especie de bautizó de fuego que le permitió al rey Salmán poner a su hijo en órbita, con las consecuencias humanitarias que ya conocemos, tres años después de un conflicto que no avanza”.

En junio de 2017, dos semanas después de una sonada visita del presidente norteamericano Donald Trump a Arabia Saudita, Riyad y sus aliados del Golfo anuncian la ruptura de todo vínculo diplomático con Qatar, y un bloqueo contra el pequeño emirato gasero vecino, acusándolo de adoptar movimientos extremistas y de acercarse a Teherán. En vano porque, a pesar de dos años de una profunda crisis, Qatar no cedió. “Sabemos que MBS se inspira mucho en el modelo y la manera de gobernar del príncipe heredero de Abou Dabi Mohammed Ben Zayad Al-Nayan, quien ejerce una cierta influencia sobre él, recuerda Karim Sader. Incluso, se dice que en gran medida está detrás de la iniciativa al embargo contra Qatar, y que animó a los saudíes a atacar a su pequeño vecino, para llegar, una vez más, a los resultados que ya conocemos…”

Siempre en 2017, a principios de noviembre, el Primer ministro libanés Saad Hariri anuncia, para sorpresa general, su renuncia desde el reino wahabita, acusando al movimiento político-militar chiita Hezbollah y a Irán de “controlar” a su país.

MBS, en plena campaña contra su rival iraní, es sospechoso de retener contra su voluntad a Saad Hariri y de haber ordenado su mensaje de renuncia. La salida de la crisis parece imposible, Beirut acusa a Riad de haber secuestrado a su primer ministro y solo una intervención por parte de Francia logra “liberar” a Saad Hariri, quien regresa al Líbano tres semanas después para retomar sus funciones.

Un camuflaje más para el poder saudí, traicionado por un cierto exceso de confianza.

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