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A pesar de los obstáculos, cientos de mujeres se postulan como candidatas en las elecciones legislativas en Afganistán

La candidata parlamentaria Dewa Niazai, frente a su afiche de campaña. 3 de octubre de 2018.
La candidata parlamentaria Dewa Niazai, frente a su afiche de campaña. 3 de octubre de 2018. Parwiz / Reuters

Entre los 2.500 candidatos compitiendo por las legislativas afganas el sábado 20 de octubre, 16% son mujeres. Una cifra excepcional que, sin embargo, encubre el difícil recorrido de las mujeres candidatas e incluso de las elegidas.

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A lo largo de la campaña, su bufanda amarilla se ha vuelto el símbolo de su candidatura. Zakia Wardak, ingeniera de profesión, es una de las 417 mujeres que aspiran obtener el sábado 20 de octubre un curul en la Wolesi Jirga, la cámara baja del Parlamento afgano.

Una cifra excepcional: en 2005 eran 328 candidatas para las legislativas y 406 en 2010. Mientras que se disputan 249 curules, este año las mujeres representan el 16% de las candidaturas.

Aun cuando la campaña electoral oficialmente se acabó el miércoles en la noche, la cuenta Twitter de la candidata refleja la violencia de estas últimas semanas: los llamados para votar por la “bufanda amarilla” o por la “canasta de cintas”(su emblema en las papeletas de voto para los votantes analfabetas) están acompañados de mensajes de condolencias para las familias de los candidatos asesinados durante la campaña.

El último de la fecha se remonta al miércoles. Zakia Wardak rendía homenaje a Abdul Jabar Qahraman, asesinado ese mismo día por la explosión de una bomba escondida bajo el sofá de su oficina, en la provincia de Helmand, al sur del país.

Los talibanes, quienes condenan un escrutinio destinado a reforzar “la invasión norteamericana en Afganistán” y han ordenado a los candidatos retirarse de la carrera, reivindicaron la responsabilidad de este atentado. Qahraman es el décimo candidato asesinado en el transcurso de los últimos dos meses.

Otros dos fueron secuestrados y cuatro fueron heridos por islamistas. La Organización Estado Islámico (EI) también llevó a cabo varios atentados de asesinato durante las reuniones electorales, acabando con la vida de decenas de personas.

Las candidatas mujeres, objetivos como cualquier otro

Ser candidata en Afganistán es correr el riesgo de ser secuestrada, herida, asesinada y las mujeres son objetivos como cualquier otro. Entre los diez candidatos asesinados durante la campaña, hay una mujer. La semana pasada, tras una reunión electoral organizada por una candidata, Nazifa Yousuf Bek, en la provincia de Takhar en el noreste de Afganistán, 22 personas murieron y 35 quedaron heridas en un ataque no reivindicado.

“La organización de los talibanes anunció que tenía como objetivo a varias candidatas porque eran antiguas comunistas pero, según lo que sé, no se hizo referencia a ninguna de las mujeres”, explica Romain Malejacq, especialista sobre Afganistán, profesor de la Universidad de Radboud en los Países Bajos.

En un comunicado que se difundió el lunes, la Misión de asistencia de las Naciones Unidas en Afganistán declaró ser “consciente de los riesgos personales importantes que muchas candidatas y militantes por los derechos de las mujeres corren con frecuencia, por promover la plena integración de las mujeres en tanto candidatas, votantes, miembros del personal electoral y observadoras”.

En teoría, la nueva Constitución, adoptada en enero de 2004, dos años después de la caída de los talibanes, está a favor de la representación de las mujeres en política: prevé que se les reserve un mínimo de 68 curules, entre los 249 en juego.

Efectivamente, al concluir las legislativas de 2014, el porcentaje de mujeres presidiendo en la cámara baja llegaba al 28%. Un porcentaje más elevado del que hay en muchos países occidentales, empezando por Estados Unidos, donde la Cámara de representantes, por ejemplo, nunca superó el 20% de mujeres electas.

Sin embargo, en los hechos, en una sociedad patriarcal, donde las mujeres siguen estando menos escolarizadas que los hombres, ser una mujer candidata sigue siendo un reto.

Farzana Elham Kuchai, de 26 años, y aspirando a un curul del parlamento, sabe algo al respecto: “Como mujer que nació y creció en Afganistán, evidentemente tuve que enfrentar la violencia de mi familia, de la sociedad, del gobierno. (…) Mi hermano me dijo: “No deberías aparecer en los medios de comunicación, las personas hablan mal de nuestra familia”, le explicó a “Amy Poehler’s Smart Girls”, una organización cuyo objetivo es publicitar a las mujeres jóvenes.

“Es imposible ser una mujer que trabaja en Afganistán sin enfrentar la violencia. Pero como mujeres afganas no tenemos más opción que ser fuertes, no renunciar y continuar”, prosigue. Antes de concluir, dice, llena de esperanza: “Todos aquellos que están en contra mía, un día estarán detrás”.

Al igual que otras mujeres candidatas, Farzana Elham Kuchai compartió en sus redes sociales fotografías de sus encuentros durante la campaña con “los mayores” de su etnia, los Kuchis. Una joven mujer discutiendo de política con un grupo de hombres mayores no es una imagen que se vea con mucha frecuencia.

Ser elegida no significa ser escuchada

No sorprende que los temas tocados por las candidatas con frecuencia estén relacionados con los derechos de las mujeres. Pero con un empleo garantizado por cinco años y un salario mensual de 200.000 afganis (más de 2.600 dólares), alrededor de 15 veces el salario promedio en el país, los motivos altruistas destacados esconden a veces candidatos “comprados” por los señores de la guerra.

Un fenómeno que afecta tanto a mujeres como a hombres y que explica los más de 2.500 candidatos para tan solo 249 plazas. La ONG Transparency International clasifica a Afganistán entre los países más corruptos del mundo, en el puesto 177 entre 180.

Mientras que para muchos afganos la cámara baja del Parlamento es ante todo un lugar de pequeños acuerdos entre amigos, conseguir un curul parlamentario ni siquiera le garantiza a una mujer poder tener influencia política.

“El sistema, que no tiene mayoría real, favorece a los electos con poder, entonces es difícil para las mujeres y las jóvenes hacerse escuchar. Nunca se han aprobado leyes hechas por mujeres sobre los derechos de las mujeres en las legislaturas precedentes”, subraya Romain Malejacq.

A seis meses de la elección presidencial prevista para el próximo abril, el reto principal del escrutinio ampliamente financiado por la comunidad internacional tiene otro objetivo: “En caso de fraude masivo o de inseguridad masiva, el presidente afgano Ashraf Ghani se juega su credibilidad”, estima Romain Malejacq.

Bajo este contexto, el reto de la renovación política con jóvenes y mujeres es secundario, sobre todo porque, a causa de las amenazas, las observadoras esperan una participación mucho más baja que los 8.9 millones de inscritos en las listas.

Es más, según Romain Malejacq: “Hay pocas posibilidades de que el número de mujeres electas sea superior a los 68 curules previstos para ellas por la Constitución”.

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