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Brasil: la violencia y la corrupción, las claves en la victoria de Jair Bolsonaro

Jair Bolsonaro durante la segunda vuelta presidencial en Río de Janeiro, Brasil, el 28 de octubre de 2018.
Jair Bolsonaro durante la segunda vuelta presidencial en Río de Janeiro, Brasil, el 28 de octubre de 2018. Pilar Olivares / Reuters

¿Por qué en un país que estuvo gobernado por la izquierda durante más de una década, y que alcanzó a darle el 80% de su apoyo, ahora los ciudadanos prefieren a un presidente de extremaderecha como Jair Bolsonaro?

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El triunfo de Bolsonaro no se puede explicar sin entender el terremoto social, económico y político que ha vivido Brasil en los últimos años, especialmente ligado a escándalos de corrupción de miles de millones de dólares que han manchado el nombre de gran parte de la clase política y afectado la base económica del país.

Antoni Gutiérrez, especialista en asesoría de comunicación, cuenta a France 24 que Bolsonaro “supo aprovechar la desafección política, el hartazgo de una sociedad cansada de corrupción. Querían un cambio, y al no confiar en las fuerzas políticas tradicionales, un 'outsider' como Bolsonaro, populista, pero con una grandísima campaña de comunicación, se convertía en una opción plausible”.

Pero pocos habrían imaginado hace cinco años que un líder de ese perfil sería alguna vez presidente de Brasil. Entonces todavía reinaba en el país el Partido de los Trabajadores encabezado por Luiz Inácio Lula da Silva, y dirigido por Dilma Rousseff y, aunque comenzaba a vislumbrarse la crisis económica, el nombre de Lula aún era sinónimo de progreso y equidad.

Ultraderecha gobernará Brasil en medio de la polarización

De la adoración a Lula al odio al Partido de los Trabajadores

Lula da Silva asumió la presidencia en 2003, siendo el político más votado de la historia democrática de su país, con un apoyo del 61%. Durante sus dos mandatos, el líder de izquierdas consiguió sacar a cerca de 30.000 millones de ciudadanos de la pobreza y aumentó el poder adquisitivo de la clase media. Mediante programas sociales, incentivó áreas marginales y facilitó el acceso de jóvenes de bajos recursos a la educación superior.

Según datos del Banco Mundial, el Producto Interno Bruto presentó en 2003 un crecimiento del 1,1%, y en 2010 del 7,4%, aunque con una fuerte caída en 2009 del -0,12%. En 2011, durante el Gobierno de Rousseff, Brasil fue clasificado como la sexta economía mundial. Al terminar su segundo mandato a finales de 2010, Lula tenía un índice de aprobación del 80%.

Pero el líder, a quien incluso el entonces presidente de Estados Unidos, Barack Obama, llegó a calificar como el “político más popular del planeta”, se encuentra ahora cumpliendo una condena de 12 años y un mes de prisión por corrupción y lavado de dinero. ¿La causa? Su implicación en el caso Lava Jato, que afectó hasta los cimientos a la empresa estatal Petrobras, la más importante del país, mediante una red de corrupción en la que se desviaron más de 2.700 millones de dólares.

La empresa, que llegó a contar con 90.000 trabajadores y una producción de dos millones y medio de barriles de crudo al día, contrataba los servicios de empresas privadas para sus obras y en cada licitación desviaba un 3% del presupuesto asignado. Ese dinero iba a parar cuentas de empresas extranjeras que simulaban prestar servicios de exportación de productos.

En el marco de esa investigación, en 2018 la Justicia brasileña condenó a Lula a prisión por haber recibido beneficios de la constructora OAS a cambio de contratos millonarios. Una vez en la cárcel, la Fiscalía de Brasil presentó una nueva denuncia contra el exmandatario por haber recibido presuntamente sobornos de la constructora Odebrecht. Un año y medio antes, Dilma Rousseff también había sido cesada de su cargo por haber maquillado cuentas fiscales.

Pero la cosa no se queda ahí. A parte de los dos líderes, en el caso Lava Jato se vio afectada buena parte de la clase política. Decenas de integrantes del Partido de los Trabajadores, del Partido Democrático Brasileño y del Partido Social Demócrata Brasileño también respondieron ante la Justicia. Incluso el actual presidente Michel Temer resultó implicado en escándalos por corrupción pero el Congreso logró bloquear las investigaciones.

“La izquierda es la culpable del triunfo de Bolsonaro”

La suma de todos los escándalos de corrupción fue generando un creciente rechazo de la población hacia el Partido de los Trabajadores. Para el consultor político Aldenir Flauzino, esa es sin duda la causa principal del triunfo Bolsonaro “ser un candidato alineado a la expectativa de la población” y centrar su discurso a favor de la lucha contra la corrupción”.

Por su parte, Gustavo Bertoche, profesor de Filosofía de la Universidad de Iguazú y activista político, quien, tras la primera vuelta escribió y publicó en sus redes sociales ¿De dónde surgió el Bolsonaro?, un artículo que se volvió viral por su fuerte crítica a la izquierda brasileña, asegura que “Brasil se volvió a la derecha en parte porque quiere castigar al PT y a la izquierda”.

“Nosotros, del gran campo de la izquierda, somos responsables de la ascensión de Bolsonaro porque en los últimos 16 años nuestras prácticas políticas se han vuelto más hacia la permanencia en el poder que para el progreso social y económico del país”.

A Alexandre Broca, consultor político y especialista en marketing político con más de 30 años de experiencia tampoco le cabe duda. Para él el rechazo al Partido de los Trabajadores provocado, en gran parte por la corrupción, tiene un "100%" que ver con la elección de Bolsonaro. Sin embargo, asegura que su victoria también está sujeta al encarcelamiento del líder: "si el presidente Lula no estuviera preso, sería nuevamente presidente de Brasil. Lula tiene y tendrá siempre el 35% de los votos".

Gutiérrez por su parte, considera que la corrupción ha sido un factor decisivo en los comicios, pero reconoce que no es el único: “la economía va peor, la inseguridad es creciente, la vida de la gente empeora", asegura el experto, quien busca dar una dimensión más amplia al drástico cambio de rumbo político que tomó el país el pasado 28 de octubre.

Las armas como solución a la violencia

Otro de esos factores y quizás el segundo más influyente en el triunfo del ultraderechista es la ola de violencia que azota al país, causada principalmente por la operación de redes de narcotráfico, y que en 2017 mató a unas 63.000 personas en Brasil. Esta cifra podría traducirse en unos siete homicidios por hora, de la que la mayoría de las víctimas son jóvenes de entre 15 y 19 años de raza negra y de escasos recursos.

De 1996 a 2015 la cantidad de asesinatos aumentó de 35.000 a 54.000 a pesar de que en el mismo lapso de tiempo el Gobierno invirtió un total de 1937 billones de dólares en seguridad pública. Ante ese panorama, Bolsonaro mantuvo durante su campaña la promesa de modificar la ley 10826 de 2003, conocida como "Estatuto de Desarme" con el objetivo de flexibilizar el porte de armas.

“El proyecto propuesto por él (Bolsonaro), el 7282/14, expone que el brasileño que pruebe la necesidad de defensa legítima de su persona o de su patrimonio debe tener derecho al porte de armas”, explica desde Sao Paulo Gustavo Florentino, abogado de 31 años, quien apoya la propuesta.
“Actualmente Brasil está siendo rehén de bandidos, grupos de personas muy bien armadas, que causan la muerte de innumerables personas inocentes. Todos tienen el derecho de defenderse, y el Estado Brasileño se mostró ineficaz en su tarea de llevar seguridad al pueblo”, agrega Florentino.

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‘Combatir la violencia con armas es como apagar un incendio con gasolina’

Sin embargo, para muchos otros esto representa un grave peligro y temen que la situación se salga de control: “la idea de facilitar el acceso a armas es como querer apagar un incendio con gasolina. (...) Para tener un arma es necesario entrenamiento de uso y principalmente equilibrio mental, sin estos dos factores se vuelve un riesgo la vida de las otras personas”, asegura el psicólogo Hugo Fagundes, quien sostiene que la solución a la violencia debe ser estructural: “mejorar las condiciones de vida de la población, inversión y salud pública, saneamiento básico, educación de calidad”.

Lourdes Marostegan, artista feriante y madre de dos jóvenes de 29 y 25 años dice a France 24 que su principal temor “son las peleas. “Por cualquier motivo cualquiera tendrá el derecho de sacar su arma y querer hacer justicia con las propias manos, la población no está preparada para eso”, afirma.

Para Alexandre Brocca, quien rechaza la medida por considerar que esta no da solución al problema de los asesinatos, considera que Brasil tiene “problemas más importantes que la violencia”. Para él la prioridad es la inversión en salud, educación, e infraestructura, así como encontrar una solución a la guerra contra las drogas, principal causa de la violencia.

Por el momento, el nuevo presidente deberá comenzar a poner en práctica todas las promesas hechas durante su campaña. "[Bolsonaro] ha creado una expectativa de resultados inmediatos y contundentes. Ha estimulado acciones y no razones o argumentos, y eso tiene un tiempo de caducidad muy rápido", apunta Gutiérrez.

Y si bien el rechazo a la clase política que ha gobernado el país las últimas décadas llevó a los ciudadanos a elegir a Jair Bolsonaro, también las expectativas de cambio abundan entre la población. Es posible que, por ello, ahora el principal reto del nuevo mandatario sea justamente evitar perder la confianza de sus electores.

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